
Bailando En Un Mar Legendario
Capítulo 259
Capítulo 259 Kira respiraba con dificultad. La punzada en su palma era mucho más real que la mirada fulminante de Loxias. La concha, que había estado enterrada cientos de años en la piedra, tenía aristas lo bastante afiladas, y quizá por haberla apretado con tanta fuerza, le había dejado en la mano una herida ardiente. Pero ese dolor valía el precio. Kira se tocó la nuca, libre por primera vez en un año. La piel desnuda ni siquiera le parecía real. Aquella parte de Loxias, que se le había pegado como una lapa, por fin había desaparecido. Ahora ya no podría volver a atarla a su antojo. ¡Todo se había terminado! —Sólo mira, Loxias, ¡he ganado! —gritó Kira mirando hacia abajo. Los mechones dorados, arrancados del nudo, yacían esparcidos en el suelo. Y si desviaba un poco la vista desde allí… Podía contemplar la isla interior de Atlantis y, a lo lejos, las luces nocturnas de la isla exterior de Acrotiri. Kira lanzó su mirada a aquel paisaje apenas salpicado de lámparas y declaró: —Aunque vuelvas a utilizar tu cabello, no podrás atarme otra vez. Voy a ir con Orión. Saber si él ha vuelto sano y salvo del mar me importa mucho más que tú… ¿Sería aquel grupo de luces en el mar interior la flota atlante? Parecía que habían regresado atravesando las compuertas destrozadas. Con el sol ya puesto, la armada ateniense debía haberse retirado hace rato. La batalla total no había beneficiado realmente a ninguno de los bandos. Ojalá Orión hubiera logrado unirse sano y salvo a las fuerzas de Atlantis. Que no hubiera sido arrastrado sin querer en un barco ateniense hasta perderse lejos. Por muy invencible que fuera contra las tropas atenienses, estaba solo en territorio enemigo. Pensar que, agotado, pudiera estar luchando por encontrarla le desgarraba el corazón. Rezaba para que no fuera así. Si algo salía mal, estaba dispuesta a usar su poder sola para ir a buscarlo. Dio un paso con esa determinación. No podía perder tiempo bajando la montaña. Estaba a punto de lanzarse desde el borde del acantilado y teletransportarse directamente al muelle cuando, de pronto, un montón de tierra se alzó y se desplomó sobre ella. —¿A dónde crees que vas…? Una voz murmuró detrás de ella. Kira, que se había echado atrás para esquivar el montón de tierra, giró bruscamente. Loxias estaba de rodillas, con una mano apoyada en el suelo. —No puedes irte, Kira. Y mucho menos con ese hombre. ¿Crees que voy a permitirlo ante mis propios ojos? Loxias se incorporó lentamente, tambaleándose hacia el altar. Kira ya solo sentía una insoportable molestia hacia él. Ni siquiera respondió; estaba a punto de volver a concentrarse cuando, de pronto, el suelo bajo sus pies se resquebrajó y cedió. A punto estuvo de caer, pero logró mantener el equilibrio mientras gritaba: —¿Así que ahora te conformas con torpes interrupciones? ¡Si crees que con esto me vas a distraer, estás muy equivocado! Ya había roto el collar de sujeción en la nuca, así que él no podía manipularla cuando quisiera. Y si llegaban a enfrentarse directamente en un duelo de poderes, Loxias estaría en desventaja. Sus dolencias le provocaban jaquecas que abrían vacíos en su capacidad, mientras que Kira, con sus cuernos, tenía una ventaja abrumadora. Sin embargo, Loxias solo rió. Su tono sombrío tenía algo inquietante, tanto que Kira no pudo ignorarlo y detuvo sus pasos un instante. Las miradas de ambos se cruzaron. Loxias levantó el mentón lentamente. —Por eso digo que eres ingenua, Kira. ¿De verdad pensaste que con cortar ese collar podrías librarte de mí? —Me da igual, lo único que tengo que hacer es dejarte atrás e irme ahora mismo. Kira estaba ya dispuesta a ignorarlo por completo y a concentrarse una vez más, cuando justo en ese instante, el suelo volvió a alterarse. Un retumbo sacudió la tierra. Era un sonido extraño, como si un trueno estuviera atrapado bajo el suelo. Kira levantó el pie, sobresaltada, preguntándose si era solo una ilusión. Pero el retumbar no cesó. Otra sacudida recorrió el terreno, como si algo gigantesco se retorciera en las profundidades. Ahora estaba claro que no era ninguna ilusión. Con la vibración recorriendo el suelo, incluso el santuario cambió: las tejas, que estaban tranquilamente colocadas, se desprendieron de repente y se hicieron añicos, aunque no hubiera viento alguno. —Piénsalo, Kira. ¿Por qué crees que vine hasta esta montaña en plena noche? ¿Por qué crees que me he quedado escuchando cada una de esas palabras impuras que me has soltado sin saber lo que dices? En realidad, hace tiempo podría haberte llevado a la fuerza a Delfos o a cualquier otro lugar. El corazón de Kira se endureció con la tensión. Ya no cabía duda: lo que estaba ocurriendo era demasiado evidente. El suelo temblaba, la tierra, la montaña misma se estremecían y retorcían… —¡Loxias, no me digas que…! —No me gusta que me llames así. No importa. Cuando todo esto termine, aunque tenga que obligarte, haré que vuelvas a llamarme como antes. Como si solo la idea lo emocionara, Loxias soltó una carcajada. Saltó de un brinco sobre el altar, que en su origen estaba consagrado a Poseidón, protector de Atlantis, y extendió los brazos como si fuera su dueño absoluto. —Vamos, Kira. Ahora entiendo bien cuánto te has contaminado viviendo en estas tierras fuera. ¿De verdad piensas quedarte aquí a vivir con ese ridículo gigante? Detrás de él, la pendiente descendía como un precipicio hacia la llanura. Kira recordó vagamente la vez, hacía mucho, que había observado aquel lugar junto a Orión. El cráter estaba cubierto por un espeso bosque. Según la leyenda, el monte Tira había estallado alguna vez por la cólera de Poseidón. A veces, el cazador Orión decía que había que asegurarse de que no quedaran brasas encendidas en ese lugar. Era una tierra que, decían, conservaba un calor tan alto que podía fundir Oriharukon. Nadie sabía en qué milenio había explotado ni cuándo volvería a hacerlo… ¡¡RUUUUGGG!! —Deja de decir tonterías. Kira, este no es el lugar donde deberíamos estar. ¡¡CRACKKKK!! —Ya te lo advertí. Si no era con palabras, lo haría a la fuerza. Ahora abre bien los ojos: ¡es el castigo divino que recibe un reino arrogante cuando se atreve a encerrar a una bestia sagrada en su interior! ¡¡BOOOM!! Aunque era de noche, de pronto la vista se iluminó. Un resplandor rojo surgió desde el fondo del cráter, tan alto y con un estruendo tan ensordecedor que Kira estuvo a punto de gritar y taparse los oídos. Pero aquello era solo el comienzo. La erupción apenas estaba empezando. Una nube gris de ceniza ascendía sin cesar, y columnas de fuego rojo brotaban arrojando chispas. Al instante, el aire ardiente barrió la cima de la montaña con el viento. Kira contemplaba la escena atónita, con la mente en blanco. Por ahora, las llamaradas solo se agitaban en lo profundo del cráter. Pero el temblor de la tierra no se detenía, y ya le resultaba difícil siquiera mantenerse en pie. Inconscientemente apretó en su mano la concha que sostenía, y la visión del cataclismo primordial que una vez había visto a través de ella volvió a su mente con absoluta claridad. En poco tiempo, el fuego desbordado arrasaría la montaña. Se deslizaría pendiente abajo, convertido en un río de fuego que avanzaría hacia el valle. El palacio de Atlantis se levantaba a los pies del monte Tira. Más abajo estaban las aldeas de la isla interior, y si las chispas se esparcían con el viento, pronto alcanzarían la isla exterior, ¡Acrotiris…! ¡Todo ardería! —¡Loxiaaaaas! —¡Nunca debiste pensar en vivir sin mí! Kira, mírame. ¡Mírame aquí! ¡Mira qué hazañas logra la encarnación del Dios de la luz que tú misma resucitaste! Loxias reía a carcajadas como un muchacho mientras flotaba en el aire. Su cabello dorado se teñía de rojo bajo el fulgor del fuego. —Hasta aquella mujer de Atenas solo pudo abrir una compuerta, y tú, como insistes en quedarte aquí, no me diste otra opción. Tendré que encargarme yo mismo de limpiar todo esto. Las chispas volaban en todas direcciones como nieve incandescente. Caían sobre los árboles, sobre la capilla de oración. Un fragmento en llamas golpeó de lleno una columna y la envolvió en fuego. La tierra misma parecía arder, y aunque era invierno, el aire estaba sofocantemente caliente. Kira quedó paralizada en un instante, contemplando atónita la escena frente a sus ojos. Loxias había provocado la erupción, avivando con su energía espiritual el fuego que dormía bajo tierra. Igual que no se puede contener el agua que se escapa de un cántaro roto, tampoco había forma de detener las llamaradas que brotaban de las grietas del suelo. Entonces, ¿qué pasaría con la gente de Atlántida que vivía al pie del volcán? ¿Qué debía hacer ella? ¿Cómo evitar está tragedia? —Desde el principio, quienes vinieron a cazar a la bestia divina fueron unos necios. Claro que podría decirse que era simplemente el límite de los humanos… —murmuró él. Pero en ese momento, Kira no podía considerar por completo cómo salvar a nadie. Loxias seguía ahí, intacto, frente a ella. —Kira. Si hay una presa que quiero cazar, yo no perdería fuerzas persiguiéndola ni disparándole flechas. ¿Para qué gastar energía? Basta con incendiar todo el bosque en el que habita —dijo, abriendo los brazos. Al mismo tiempo, una oleada de energía salió disparada hacia ella. Kira rodó por el suelo y logró esquivarla por muy poco. Apenas pudo apoyarse en la palma de la mano para incorporarse cuando, de pronto, una bola de fuego vino hacia ella; se defendió rechazándola con su propia energía espiritual. Entonces, echó a correr hacia el bosque. Si Loxias la atrapaba, no sabía a qué tierra le arrastraría por la fuerza. Tampoco podía usar su poder para descender de la montaña: si dejaba a Loxias solo en la cima y él provocaba una erupción mayor, toda la isla podía volar por los aires. El recuerdo del cataclismo grabado en la concha marina la mantenía en tensión y alimentaba su instinto de peligro. No le quedaba más que un camino: Escapar lo más lejos posible mientras dispersaba el poder de Loxias… Al fin y al cabo, él cargaba con una enfermedad, un cuerpo con fecha de caducidad. Igual que Partegita, un simple humano, había sabido aprovechar un descuido, en algún momento él tendría que alcanzar su límite. —Está bien, Kira. Corre, corre todo lo que quieras —dijo Loxias sonriendo con el fuego ardiendo a sus espaldas. Con un gesto de la mano apartó sin esfuerzo las tejas que ella le había lanzado con su energía. —Esta es la última cacería de la bestia divina. Pero no pienses ni por un momento que soy como los otros cazadores. Una nueva descarga suya derribó los árboles del camino. Kira lo miró con los ojos bien abiertos, decidida. A pesar del sudor que le resbalaba por la piel por el calor ardiente, lo enfrentaba con una sola convicción: no dejarse atrapar jamás. *** Sin esperar siquiera el procedimiento adecuado para el atraque del barco en el muelle, Orión se aferró a la borda y saltó de un impulso. Apenas aterrizó con dificultad en el suelo, este retumbó bajo sus pies. Por un instante pensó que era solo una ilusión, pero enseguida otra leve vibración recorrió el suelo. Aquel vaivén no se parecía al movimiento familiar de las olas: era un temblor desigual que agitaba la tierra. Cruzaba el muelle con gesto impaciente, cuando la extraña sensación lo obligó a detenerse y mirar hacia abajo. Sin embargo, comprendiendo que no había tiempo que perder, echó a correr cuesta arriba. —¿Un terremoto…? ¿Justo ahora? En Tira, la isla con su volcán, los sismos no eran un fenómeno del todo inusual. A veces, en la temporada en que el monte escupía chispas, también la tierra solía sacudirse un poco. Orión solía pensar que aquello se debía a la energía ígnea que se agitaba bajo el suelo, aunque en el palacio y entre el pueblo lo atribuían al enojo de Poseidón y respondían con sacrificios y plegarias. Que esas anomalías se manifestaran justo en ese momento le parecía de muy mal augurio. ¿O sería que su mente estaba demasiado ocupada con Lokira? Recordaba con claridad el momento en que la conoció: cuando, sin saber nada, jaló del velo que cubrirá sus cuernos. Sobrecogida, había roto a llorar, y sin querer desató su poder. Su miedo y agitación hicieron que las cavernas de la costa se estremecieran con un temblor que aún guardaba fresco en la memoria. El sacudón que acababa de sentir no se parecía a un simple terremoto, sino a aquel temblor de entonces. ¿Sería solo imaginación suya? ¿Producto del deseo de encontrar a Lokira con todas sus fuerzas? «¡Ojalá no sea una búsqueda en vano!» Aunque le costara la vida, debía haber tomado esa mano. Aunque su cuerpo se desgarrara bajo el misterio de aquel poder, no debió soltarla. En la nave capitana de Atenas, aquel que se proclamaba encarnación de Apolo había puesto en marcha su artimaña. De los hilos dorados brotó una onda espiritual que envolvió a Kira. Orión, viendo cómo ella sufría, extendió la mano para atraerla a su pecho, pero Kira lo apartó casi por reflejo. Todo ocurrió en un parpadeo. Cuando recuperó la noción, ambos habían desaparecido de la cubierta. Sin duda habían sido arrastrados en un instante por ese maldito poder a algún lugar lejano. Si fuera solo Kira, tal vez aún habría esperanza, pero Loxias tenía la habilidad de desplazarse a voluntad por todo el Egeo, apareciendo y desapareciendo como un espectro. Y ahora se había desvanecido sin revelar destino alguno. La idea de perder a Kira para siempre estuvo a punto de hacerlo perder la cabeza. En ese momento, Partegta de Atenas alzó con esfuerzo la cabeza. Aun con el pecho atravesado, apenas respirando, le reveló una pista que había escuchado directamente de Loxias. ‘—Ese niño… dijo que iría al palacio real de Atlantis…’ Cuando Orión la presionó exigiendo pruebas, Partegita frunció el ceño con fastidio, pero aún así aportó sus razones: —Allí, dijo, hay un prisionero… lo llama su aliado… y que lo liberaría si era necesario… Incluso entre la pérdida de sangre y la confusión, parecía haber terminado ya sus cálculos políticos, pues lanzó a Orión una propuesta: —Con lo que te he contado ya te he sido de ayuda, ¿no? Comandante supremo de Atlantis, te dejaré marchar… A cambio, dame mi propia salida. Déjame retirarme… En una situación en la que no sabía qué habría sido de Lokira, Orión no tenía tiempo para deliberar. El sol caía, y enfrentarse a toda la flota ateniense antes de regresar a Atlantis era una misión imposible. Así, el pacto se selló apresuradamente. Orión recibió una pequeña embarcación desde la nave incendiada y regresó al escuadrón atlante. Allí transbordó a una nave mayor y zarpó de inmediato hacia las aguas interiores. A su espalda, la flota ateniense se retiraba hacia la isla desierta más cercana, pero eso ahora carecía de importancia. Ellos también habían sido manipulados por esa anomalía llamada Loxias. Tras una expedición que no les dejó ni un palmo de tierra conquistada, el futuro de Partegita no podía ser otro que un sendero de espinas. Por muy hábil que fuese como estratega nata, resultaba incierto si lograría sobrevivir políticamente después de semejante desastre. En otras palabras, el futuro de Atenas significaba un largo desgaste: la pérdida de fuerzas por la guerra, divisiones internas y el tiempo que consumiría reparar todo aquello. El resultado de codiciar en grande y ambicionar las islas del sur había vuelto contra ellos de esta manera. Para Orión, aquello no dejaba de ser asunto de una nación lejana, algo que no le importaba demasiado. Si Loxias se había dirigido realmente al palacio real, tal como Partegita había dicho, a estas alturas podía haber ocurrido cualquier desastre. Mientras cruzaba el camino a una velocidad mayor que la de un burro común y corriente, de pronto distinguió a alguien conocido. Alguien que se dirigía con prisa hacia el puerto. En plena oscuridad de la noche, sus rasgos extranjeros no podían pasar inadvertidos. Orión lo embistió casi de golpe, agarrándole del cuello de la túnica. Exclamó de manera brusca: —¡Hijo de Egipto! ¡¿Qué demonios haces andando por aquí?! Asclepios, sobresaltado, forcejeó aterrado para librarse de aquel agarre. Con gran esfuerzo, logró decir entrecortadamente: —¡Suélteme! Yo ya no tengo más asuntos con ustedes… —¡Quizás tú no, pero yo sí! ¡Loxias! ¿Ese mocoso que se hace llamar Apolo te soltó? Al sacudirlo con violencia, de atrás hacia adelante, Asclepios terminó tosiendo con dificultad. —¿Quién más si no él? Esta tierra me trataba como a un prisionero, nunca pensaban dejarme libre, y… ¡agh! —¡¿Y Lokira?! ¿Acaso estaba con ella? ¡¿Dónde demonios está ahora ese bastardo?! En el preciso instante en que Orión lo presionaba, un estruendo resonó en el aire. Al principio creyó que era un trueno fuera de temporada y levantó la vista. Pero lo que vio lo dejó boquiabierto: La montaña de Tira. La montaña de fuego. La misma que, en tiempos remotos, había desatado una explosión terrible. Se decía que, si Poseidón volvía a encolerizarse, el volcán arrojaría fuego de nuevo para castigar a Atlántida. Era una leyenda que había escuchado desde niño y que siempre había considerado absurda. Y ahora. Ante sus propios ojos. —¿Dónde más cree? Allí mismo. —respondió el egipcio con sorna. Aprovechando que la presión de las manos de Orión aflojaba, se zafó con rapidez y añadió mientras retrocedía: —Él mismo, en persona, ha venido a traer el castigo divino sobre esta tierra. Traducción: Claire ◈❖◈ Si te gustó, Puedes apoyarnos aquí ~ [http://www.paypal.com/paypalme/MangoNovelas ] Tambien contamos con página de facebook ~ [https://www.facebook.com/MangoNovelas ] Tambien visítanos en TikTok ~ [https://www.tiktok.com/@mangonovelas ]