
Bailando En Un Mar Legendario
Capítulo 260
Capítulo 260 Orión alzó la vista, atónito. El cielo nocturno se había teñido de rojo por el aliento ígneo. Una nube grisácea, iluminada por el calor, cubría la silueta de la montaña. Mientras en la llanura reinaba la noche invernal, la cima parecía un mediodía en llamas. Y el estruendo intempestivo no solo lo había oído Orión. Las ventanas altas de las casas que daban al camino se abrieron; algunos asomaron la cabeza y otros salieron corriendo. Pronto los gritos de asombro y el murmullo alarmado se propagaron. Sacudido por lo que veía, Orión reaccionó con rapidez: no era momento para quedarse embobado. Sujetó con dureza por detrás al egipcio que intentaba huir y le espetó: —¿Castigo divino? ¿Entonces eso lo ha hecho ese mocoso? Asclepios, aún aturdido, se retorció y respondió con fastidio: —¿Acaso no lo ve con sus propios ojos? ¿Quién si no él podría conseguir algo así? —¿Y Lokira está en la cima también? ¿La llevó él? —¿Si te contesto dejarás de sujetarme? Me ordenaron que abandonara esta isla por parte de esa persona. —¡Pues haz lo que quieras, pero contéstame en este instante! No me interesan tipos insignificantes como tú. —Si es la muchacha con cuernos, fue él quien se la llevó. Quizá piense mostrarle de primera mano el castigo divino como lección… —dijo Asclepios, y en ese instante Orión, enfurecido, le propinó un fuerte golpe en la mandíbula. Con un ruido sordo, Asclepios cayó al suelo, rodando y maldiciendo, sujetándose la cara. Orión lo dejó ahí sin miramientos y respondió: —Te suelto como acordamos, así que lárgate a donde quieras. Atravesó el camino de un salto. Mientras corría, la isla interior se llenó de confusión; los habitantes, al percibir la anomalía en el monte Tira, corrían a contarlo; los soldados que acababan de volver del combate se vieron sobrepasados por el desorden. Alguien que había salido a la calle lo reconoció y gritó algo: preguntaba si Orión había visto la montaña, qué estaba sucediendo, y Orión, sin volverse, gritó: —¡Voy al palacio! ¡Esperen órdenes! ¡Lo resolveré como sea! ¿Con qué iba a enfrentarse a una montaña en erupción? Él mismo no lo tenía claro, pero era lo que debía decir: era el mayor guerrero de la isla y el cazador que mejor conocía el monte Tira. Y Lokira estaba en esa cumbre. Primero debía pasar por el palacio. La ruta más rápida para subir al Tira era atravesar el palacio; así se encontraría con George y Saphira. Tenía que explicarles qué haría. Maldita sea, maldito bastardo, ¿qué es eso de llamarse Apolo…? En su interior afloraron las maldiciones. Debería haberle volado la cabeza mucho antes. Le enfurecía que, ante el poder que aquel joven exhibía con desvergüenza, la reputación de Orión como mejor cazador del Egeo se sintiera reducida a la insignificancia. Tampoco era un buen momento. Aunque habían repelido a las fuerzas de Atenas en la batalla naval de la tarde, las pérdidas de Atlántis también habían sido considerables. El sacrificio de soldados inocentes había sido significativo, y el Senado, que había intentado vender el país, había sido completamente destituido. En realidad, durante la guerra, bastaba con enfocarse en el enemigo externo: Atenas. Pero ahora que eso había terminado, era tiempo de ocuparse del tedioso y complicado trabajo posterior: asegurar la estabilidad interna del país y mejorar por completo su estructura. En circunstancias normales, al menos hoy, los soldados que regresaban de la batalla deberían haber recibido reconocimiento por defender con éxito Atlántis. Las familias de los nobles que habían perdido sus posiciones habrían enfrentado castigos y medidas de conciliación. Habría que investigar a fondo los actos de traición del antiguo Senado, juzgarlos repetidamente y debatir cómo organizar un nuevo sistema político. Y todo eso recaía sobre Orión. Debía gestionarlo junto con George y Saphira. Lokira, hasta ese momento, había hecho lo suficiente. Esta noche, solo debía descansar. Debía ser reconocida y elogiada por todo el esfuerzo que había hecho. Si el tiempo se lo permitiera, Orión quería abrazarla. Quería decirle que había sido extraordinaria por salir al frente. Que, aunque él había nacido con estatura y fuerza, ella era mucho más grandiosa que él: pequeña, frágil, y aún así había mostrado un valor inimaginable en su actuación. Tal vez, pensó, su orden de quedarse atrás había sido simplemente la arrogancia ridícula de un hombre… Había estado esperando el momento para decírselo. Pero el autoproclamado Apolo, aquel maniático, siempre se burlaba de él, trastocando y pisoteando todas las situaciones. Ese bastardo ya había aparecido antes para perturbar el corazón de Lokira, aunque solo de manera indirecta, usando sus poderes. Pero esta vez no. Una vez que se cumplió el plazo que él mismo había establecido para la caza de la bestia divina, se presentó en persona. Y lo que hace es esto. Justo antes de que estallara la guerra, Orión patrullaba el monte Tira personalmente. Desde niño, había recorrido cada rincón de la montaña y, en ocasiones, había visto chispas y humo cerca de la caldera. Pero siempre había sido un fenómeno temporal. Incluso entonces, y más aún ahora, no era normal. Si la montaña hubiera mostrado señales de una erupción como en las antiguas leyendas, él habría sido el primero en notarlo. Y, de repente, ¡una erupción! Este fenómeno antinatural indicaba claramente la intervención de Loxias. Orión apretó los dientes. En cierto sentido, ese bastardo merece llamarse una encarnación. Llevaba a la práctica ideas que ningún humano común siquiera imaginaría. Claro que, si no fuera por ese maniático, ¿quién más podría hacer semejante despropósito? Ya fuera que el ejército de Atlántis hubiera detenido a Atenas o no, desde el principio, eso no le importaba a ese hijo de puta. Si Atenas no lo lograba, él mismo tenía previsto arruinar a Atlantis… —¡George, Saphira! Al llegar al palacio, Orión gritó de inmediato los nombres de sus amigos. Atravesó el corredor y, al asomarse al patio central, se encontró con un panorama devastado. Por un instante temió que aquel bastardo hubiera arrasado todo con su poder, pero al oír sus pasos, figuras conocidas emergieron de las sombras. —¡Orionis! George y Saphita parecían haber rodado por el suelo: maltrechos y aturdidos. Las doncellas y criados que los rodeaban, y los pocos guardias que quedaban, mostraban la misma confusión: habían presenciado el estrépito y el aliento ígneo en la cumbre y estaban completamente desconcertados. —¿Qué demonios está pasando? ¡Lokira vino aquí; dijo que quizá seguías en el mar…! —¿Como si yo fuese a perderme en el mar? —gruñó Orión—. Cuando oyó el nombre de Lokira, a Orión le dio una sensación de hundimiento; era una tonta por preocuparse por él mientras decían que Loxias se la había llevado. No había tiempo para lamentaciones. Recorrió el lugar con la mirada, ocupándose. —Atenas se ha retirado. Para los detalles, hablen con Quidna. Por ahora, saquen a todo el mundo que quede en el palacio y bajen al muelle. Llévenlos lo más lejos posible… —dió órdenes precipitadas—. ¡Rápido! Aunque hablaba con decisión, no estaba seguro de cuánto significaba “lo más lejos posible”. Nadie allí había visto una erupción del monte Tira. ¿Se detendría en esta expulsión de fuego? ¿O ocurriría algo peor? ¿Hasta dónde volarían las brasas: la isla interior? ¿la isla exterior? El momento era terrible no solo por la política interna. Como el egipcio parecía decidido a abandonar la isla, también debía considerarse la evacuación hacia aguas abiertas. Pero todos los grandes navíos de Atlantis habían sido requisados para la batalla; estaban empapados por todo un día en el mar. Aun dejando de lado la fatiga de los remeros, no había tiempo ni material para secar y preparar embarcaciones. Aun así, había que hacer lo que se pudiera. No podían quedarse de brazos cruzados y esperar a morir por la locura de ese maniático. Orión dio instrucciones con urgencia: —¡Evacuen a la gente de la isla interior hacia la cercana Acrotiris! Si las llamas bajan de la montaña, el fuego se convertirá en un mar en poco tiempo. George y Saphira asintieron con rapidez. Ordenaron tocar las campanas y soltar todo el ganado de los establos. Mientras tanto Orión no vaciló: se lanzó por la senda trasera del patio. Alguien gritó, alarmado, desde atrás: —¡Espera, Orionis! ¿A dónde vas? —¡A la cima de la montaña! —¿¡Vas a subir ahí ahora!? —¡Voy a traer a Lokira! —¡Oye, Orionis! ¡Al menos lleva un caballo! ¿Cómo vas a… recién llegado del mar… Orionis! Orión ignoró los gritos y siguió corriendo. No había tiempo para escuchar más. Sería más rápido subir corriendo con sus propios pies que intentar llevar un caballo por la montaña, calmando a la bestia entre la oscuridad y el fuego. Claro que su cuerpo, agotado y dolorido tras la larga batalla naval, lo resentía. Pero eso no importaba en absoluto. Lokira estaba en la cima de la montaña. Estaba atrapada por aquel maniático que se hacía pasar por un dios, obsesionado por su hermana. Ella habría visto de cerca cómo el fuego surgía del suelo de la montaña. Si su cuerpo sufría daños por el calor, esta vez no se lo dejaría pasar a ese enfermo. —No. Orión apretó los puños. De cualquier forma, él sería quien debía dar un final a esto. Para Lokira, ese bastardo era como de su propia sangre. Incluso si ella lograba deshacerse de ese maniático con sus propias manos, nunca sería un final verdaderamente positivo. Si no quedaba como una maldición ominosa hasta el futuro, sería un milagro. No permitiría que eso sucediera. Salido del pasaje trasero del palacio, Orión pronto se encontró frente a la entrada ardiente del bosque. La entrada del monte Tira. La ruta de ascenso que atravesaba la isla interior tenía varios caminos según la dirección, pero esta, conectada directamente con el palacio a los pies de la montaña, era el atajo más rápido hacia la cima. Estaban cerca de la medianoche. En condiciones normales, la entrada del sendero sería tan oscura que muchos dudarían antes de entrar. Pero no hoy. La cima brillaba más que nunca. Y, con las brasas volando por el viento desde la montaña, el bosque más allá de los pilares ya comenzaba a chispear y arder. Orión torció los labios. El sudor de su frente le goteaba a la barbilla. No era sudor por miedo: era una reacción fisiológica al calor que emanaba desde la entrada. —Es un castigo divino. Un juicio de los dioses. Sacó su machete de caza del cinturón. Una herramienta para cortar ramas que bloqueaban su camino, usada durante la guerra, pero que recuperaba ahora su función original. —¡No me hagan reír! He recorrido el monte Tira durante más de diez años. ¿Creen que un incendio de esta magnitud puede detenerme…? Observando el patrón del fuego, se lanzó de inmediato hacia adentro. Encontró restos del camino pavimentado y corrió siguiendo su trayectoria. Al hallar la pendiente adecuada, giró y comenzó a subir por ella. El camino estaba cubierto de arbustos y maleza, transitado sólo por bestias, pero a Orión no le importaba. Seguir la carretera curva que permitía pasar cómodamente en carro tardaría demasiado. El suelo cedió bajo sus zapatos de cuero. Subía lo más rápido posible. Las brasas y la ceniza que volaban a su alrededor no le distraían. Rompía ramas que le golpeaban la cara y cortaba enredaderas que le envolvían los tobillos, avanzando solo hacia la cima. —¡Lokira! Gritó su nombre al aire, pensando que tal vez ella se perdiera en la montaña tras escapar de las manos de ese maniático. No hubo respuesta, pero volvió a gritar más fuerte. —¡¡Lokiraaa!! De reojo, Orión notó el cielo nocturno; parecía que la constelación de Orión flotaba entre la luz de la luna. En ese instante pensó lo increíble que era que la luna permaneciera tan brillante y suspendida alrededor de la cima. *** A lo lejos, en algún lugar, Kira tuvo la sensación de que Orión estaba allí. Sobresaltada, miró hacia abajo, hacia las laderas de la montaña. ¿Sería solo una ilusión? Sin embargo, su mente, ahora hiperagudizada por el uso del poder, sin duda había respondido a algún pensamiento. Un pensamiento profundo y vasto como el mar. Si sus sentidos no le engañaban, aquel pensamiento evocaba inevitablemente los ojos azules de Orión. —Parece que tienes tiempo para distraerte, ¿eh? Una voz sarcástica llegó hasta Kira, que se había quedado un instante absorta. En el momento en que reaccionó al sonido del viento cortado, una gran estatua de piedra salió volando por el aire como si hubiera sido golpeada por un tifón. Kira levantó instintivamente las manos: al recibir su onda psíquica, la estatua se partió en pedazos y cayó al suelo. El polvo de piedra desprendido de la estatua se alzó en el aire como una nube. Era el triste final de la estatua de Poseidón, venerada en aquel santuario, pero Kira no tenía ni un segundo para rememorar viejos recuerdos. Tosiendo, se frotó los ojos. La cima de la montaña estaba iluminada como si fuera de día por el fuego que emergía de la caldera, pero al mismo tiempo el humo blanco y la ceniza que flotaban en el aire dificultaban cada vez más la visibilidad. Si se dejaba distraer, Loxias la atraparía. No quería volver a ser teletransportada a la fuerza sin saber dónde se encontraba, así que abrió bien los ojos y miró a Loxias. Le gritó al ver que él estaba posado en las ruinas del santuario ya destruido: —¿Y tú… todavía te das el lujo de jugar? ¡Deja de hacer esto ahora que aún puedes terminarlo bien! ¡Cuanto más alargues esto, más ventaja tendré yo! En realidad, Kira ya estaba calculando fríamente el tiempo mientras usaba su onda psíquica. El cerebro de Loxias ya estaba sobrecargado por la enfermedad. En cambio, ella con sus cuernos tenía poder ilimitado. Si exprimía su energía física y mental, no sería difícil aprovechar una brecha de Loxias, como había hecho Partegita. Aunque era un consejo sincero, Loxias solo esbozó una risa burlona y apartó con el pie un fragmento de teja. —¿De verdad? ¿Crees que alargarlo te dará ventaja, Kira? Desde el fondo de aquella caldera que bullía a lo lejos, volvió a brotar hervor. Loxias habló con calma: —Esta montaña ya está fuera de mi control. Yo fui quien reunió el fuego bajo el monte, pero una vez abierta la brecha, ya no hay poder capaz de revertirlo. Y, mientras tanto, tú sigues jugando al escondite conmigo. Un calor abrasador le golpeó la piel desnuda. Era un calor increíble para ser invierno. Kira vio cómo salía vapor de la fuente de agua detrás del santuario derruido. Loxias estaba tranquilo. Sus ojos plateados tenían una calma extraña. —La montaña apenas está calentándose. Kira, si sigues jugando conmigo así, podrías acabar compartiendo el destino de esta isla. —Tú… —Si no quieres morir, ven aquí sin resistirte. Vámonos ya. Te lo digo por tu bien. Traducción: Claire ◈❖◈ Si te gustó, Puedes apoyarnos aquí ~ [http://www.paypal.com/paypalme/MangoNovelas ] Tambien contamos con página de facebook ~ [https://www.facebook.com/MangoNovelas ] Tambien visítanos en TikTok ~ [https://www.tiktok.com/@mangonovelas ]