Bailando En Un Mar Legendario

Capítulo 262

Capítulo 262 Incluso con el reflejo rojo danzando caóticamente en sus iris azules, el cabello largo y castaño de Lokira se grabó nítidamente en los ojos de Orión. En un pequeño espacio en la cumbre, al final de la pendiente, erosionado por el tiempo hasta quedar relativamente plano, se encontraba la figura que tanto había extrañado. Con los cuernos que le habían brotado en la cabeza y su delgado cuerpo, estaba más allá del fuego. No estaba a más de un centenar de pasos de Orión. Orión inhaló profundamente. Luego, sin vacilar, impulsó sus pies contra el suelo y corrió. La pendiente que había tomado en lugar del camino pavimentado estaba cubierta de hierba baja y rocas. No había arbustos ni ramas que lo estorbaran, pero su ansiedad hacía que la distancia pareciera interminable. Al esquivar la pendiente empinada por donde caía la lava, se vio obligado a tomar un camino más suave y lento. El terreno seguía siendo arduo. La corta hierba de la montaña estaba completamente consumida por el calor. Incluso las áreas que no recibían directamente las chispas se inflamaban por combustión espontánea, crepitando mientras ardían. Debajo de sus pies, las corrientes de fuego golpeaban como olas. No le quedaba más remedio que correr sobre rocas y piedras abrasadas. Pero el calor que penetraba sus zapatos de cuero no le importaba. Orión abrió la boca de nuevo y gritó sin cesar el nombre de ella. Reuniendo toda su fuerza para que su voz no se perdiera entre el estruendo de la erupción y los temblores: —¡Lokira…! Y en ese momento. Kira escuchó su llamado. Una voz tan anhelada que hizo que las lágrimas brotaran estrepitosamente resonó desde allá. Casi simultáneamente, ella y Loxias percibieron a Orión, y apenas pasó un instante. Kira abrió la boca con asombro. Su amado se acercaba cada vez más. Incluso sus pensamientos se volvieron más nítidos. Orión no venía por el camino pavimentado que ella había estado vigilando, sino por una dirección totalmente distinta. Al darse cuenta de la verdad, un terror aún mayor la invadió. —¡Orión! Ella lanzó un grito desgarrador y se lanzó hacia él. Como burlándose de su reflejo impulsivo, el suelo bajo sus pies cedió de nuevo, haciéndola caer de bruces. Su tobillo se torció y todo su cuerpo chocó contra la áspera tierra. Kira, tras rodar por el suelo, apretó los dientes en lugar de gemir. Sacó el pie medio atrapado y se reincorporó con esfuerzo. Levantó la cabeza y miró con furia a Loxias. —¡Aléjate, Loxias…! ¡No me detengas! —¿Quién te lo permite? Loxias ya se acercaba a ella con paso firme. Se arrodilló en una pierna, como ofreciendo ayudarla a levantarse con la mano. Kira lo rechazó con una mirada feroz y empujó su brazo. Él, en lugar de actuar precipitadamente, retrocedió un poco y habló desde la distancia: —¿Por qué? ¿Vas a ir con ese gigante? ¿Qué podrás hacer tras el emotivo reencuentro? ¿Escapar y dejarme a mí y a esta montaña atrás? Loxias soltó una carcajada involuntaria. Al hacerlo, se frotó la frente como si el dolor de cabeza le punzara aún más. —¡Jamás! Puede que Kira diga que no sé nada, pero ni hablar. ¿Acaso crees que entre quienes leemos los corazones puede haber secretos? No te vas a ir así. No eres de las que, fingiendo no ver todo lo que he causado, se quedan con las vidas que caen en sus manos y se largan. Kira no objetó. En realidad no tenía tiempo para replicar: Loxias hablaba y ella no podía perder segundos en responderle. Además lo comprendía: él estaba ganando tiempo deliberadamente. Ese momento era justamente la oportunidad —el vacío en su poder— causado por la jaqueca que siempre le seguía después de usar su don. Pero la esperanza de que, como con Partegita, se abriese una brecha y ella asestara un golpe certero resultó ser un engaño doloroso. A diferencia de la ateniense, Kira no tenía tropas ni armas poderosas. Solo tenía su propio cuerpo. Hacía días que se consumía en una concentración agotadora; su energía física y mental estaba drenada. Intentó incorporarse tirando de las fuerzas que le quedaban, pero su tobillo torcido no se lo permitió; su mente, además, estaba alterada por la presencia que se acercaba desde abajo. La boca se le secó. Fijó la mirada en la masa ígnea que rugía más abajo. Allí estaba Orión. Estaba allí. Venía decidido a encontrarla, abriéndose paso con el cuerpo por la montaña en llamas. Ella había deseado que se quedara en el mar, que descansara en alguna isla sin saber nada de lo sucedido. Kira quería asumir toda la desgracia sobre sí misma; después de todo, todo aquello había ocurrido debido a ella, y ella juró resolverlo. Que Orión permaneciera dormido en un lugar seguro, y al despertar todo hubiera terminado: eso era lo único que ella había deseado con todas sus fuerzas. No someter al hombre que la saco de esa habitación a más penalidades… con ese único anhelo había estado peleando. Entonces… ¿por qué? ¿Por qué venías, Orión? ¿Por qué, idiota, por qué…? —¿Por qué vienes hasta aquí…? Kira soltó la frase como si quebrara en llanto. ¿Qué pensabas conseguir viniendo hasta aquí? La montaña ya era un infierno de fuego y cenizas. En breve incluso la cumbre sería insostenible. El terreno, constantemente temblando, podía desplomarse en cualquier momento; el vapor que brotaba de lo que fue la fuente de la capilla podía convertirse en lava en cualquier instante. Ella podía salvarse. Había nacido con cuernos y con un poder propio: si llegaba el peligro verdadero, podía teletransportarse a otro lugar. Aunque tenía poca práctica en la teletransportación, Atlantis era un terreno que conocía bien; escapar por la ladera habría sido posible. Aun así se quedaba. Como decía Loxias, por orgullo propio: no podía permitir que el causante de la catástrofe huyera sin pagar; tenía la responsabilidad de encargarse tanto de Loxias como de Atlantis. Prefirió quedarse sola y cargar con ello. “Tú quédate fuera, Orión: quiero que estés a salvo.” Así había endurecido su voluntad. Y Orión vino de frente y la rompió de un solo envite: entró voluntariamente en el mar de fuego que ningún humano común podría atravesar. —Qué tontería —se burló Loxias—. No sabes distinguir dónde vivir y dónde morir. Con una sonrisa sardónica, y como si la jaqueca que le siguió a su último uso del poder hubiera cedido, estiró la mano hacia delante. Una onda suya hizo que las llamas en las hierbas crecieran con rapidez. Un viento que cambió de dirección le bloqueó el paso a Orión, que dio un paso atrás sorprendido. —¿Qué harás, Kira? Si ese gigante sigue así morirá. Ha subido hasta aquí y va a morir por tu culpa. En la voz de Loxias se advertía un gozo evidente. Con fuerza clavó las palabras en la cabeza de Kira, como martillando: —Si eso ocurre, será un espectáculo digno de ver. ¡Resultará que fuiste tú quien lo mató! ¡Qué proeza más propia de una bestia sagrada que trae calamidades, la maldita carga de Artemisa! Se mofó con todas sus fuerzas, y después la miró con calma para añadir: —Menos mal que me entretuve alargando esto, ¿no? Así puedo ver con mis propios ojos a ese tipo subiendo solo hacia su muerte. Kira, ¿no te parece precioso? ¿Que un hombre pierda la razón y muera por su locura? Orión estaba buscando otro camino para evitar las llamas. Kira, que hasta ahora había dejado pasar las insolencias de Loxias mientras observaba a su amante, no podía ignorar lo que acababa de decir. Apretó con fuerza las manos que apoyaba en el suelo y, de repente, se giró hacia él. —Loxias. ¿Acaso desde el principio sabías que esto iba a pasar…? —Bueno, sí. No puedo entenderlo ni aceptarlo del todo, pero es cierto que los sentimientos de ese hombre aferrándose a ti te tiene cierto efecto. Quizá sea simplemente un deseo animal, quién sabe… —¡No pienses por un momento que Orión es como tú!. ¡El único con un deseo animal eras tú y lo descargaste con la princesa Merope! —Deja ya. ¿Hasta cuándo vas a seguir dando vueltas sobre una mujer pecadora de la que ya me deshice? …Aun así, no pensé que esto realmente sucedería. Creí que ese tipo huiría del fuego por miedo. Loxias levantó los brazos y encogió los hombros, sonriendo con malicia como un niño travieso. —Pero mira, realmente ha venido. Kira se mordió los labios hasta sangrar. Loxias continuaba parloteando. —Para mí, cualquiera de los dos resultados es perfecto. Que se queme como una polilla en el fuego… o que seas tú quien se deshaga directamente de él. Loxias habló con cierta suavidad y, ante la falta de respuesta de Kira, se inclinó, como dispuesto a explicárselo mejor. —Kira, tú quieres salvar a ese hombre, ¿verdad? No quieres que se lance a este horno peligroso, ¿O sí? Loxias susurraba descaradamente, continuando su provocación: —Es simple. Apunta tu energía espiritual a ese hombre. Puedes golpearle los tobillos, darle en la cabeza… Cuando se acerque, derríbalo y deja que pierda el conocimiento, luego envíalo lejos. Que su heroísmo no lo haga tirar su vida inútilmente. Envíalo muy, muy lejos. Aunque alrededor todo estaba iluminado por las llamas, Kira sentía que el entorno se había vuelto negro. Solo la voz de Loxias golpeaba su mente, incitándola. —Con la Kira de ahora, ¿no podrías deshacerte de ese hombre? Enviarlo lejos tampoco sería difícil. Las palabras de Loxias retumbaban en su cabeza. Kira, paralizada, miró hacia la pendiente abajo. Todo era un mar de fuego. Kira comprendió de repente que no solo el océano estaba hecho de agua salada. Cada vez que el viento movía la hierba, las llamas también se agitaban como olas. El humo y la ceniza brillaban como reflejos sobre la superficie del fuego. Las rocas y guijarros se veían mucho más negros de lo habitual. Orión estaba justo en medio de todo eso. Saltaba y atravesaba las llamas que bloqueaban su camino, luchando contra el viento ardiente que lo rodeaba, avanzando hacia ella. Por eso, sus pasos eran más pesados de lo habitual. La respiración se le entrecortaba, con tos constante, sin siquiera tiempo de pronunciar su nombre correctamente. —Lo…. Chispas volaban alrededor de su cabeza. Tal vez por eso, su cabello negro, nadando a través del mar de fuego, parecía brillar por un instante. —¡Ki, ra—…! Incluso si no fuera un espejismo, no habría sido difícil para Kira encontrar a Orión en medio de ese océano de llamas. Incluso si estuvieran en medio del Egeo, ella lo habría localizado de todos modos, y él, aunque a paso lento, se acercaba poco a poco a la cima, hacia ella. —Dispara. Ya no quedaban más de diez pasos. —Kira, dispara. Aléjalo lo más que puedas. Y terminemos de una vez por todas esta caza. Loxias susurraba desde atrás. Al mismo tiempo, un recuerdo surgió en la mente de Kira: aquel día en que había comenzado a practicar su poder de manera torpe, intentando usarlo correctamente. Sostenía una nuez y apuntaba a los círculos dibujados en el suelo a cierta distancia. Orión había estado a su lado observando pacientemente. Ese recuerdo se deslizó suavemente por su mente. Comparado con aquel objetivo de práctica, Orión ahora era mucho más grande. Para Kira, acertar no sería difícil. Las emociones se arremolinaron como un tsunami. Orión, que había venido hasta aquí por ella. Orión, que traicionó su propio deseo de permanecer a salvo. Orión, que se adentraba directamente en un mar de fuego. ¿Cómo podría siquiera medir la magnitud de su corazón? Probablemente más vasto y profundo que cualquier océano. Su bondad, tan constante desde el principio hasta el final, era tan inmensa que Kira dudaba si merecía recibirla. Desde que él había salvado a la chica con cuernos, hasta el momento en que, por compasión hacia su situación, se había enfrentado a todo el santuario y huido con ella, su corazón había permanecido recto y fiel. Kira amaba a ese Orión. Se había enamorado perdidamente de él. Con un nudo en la garganta, murmuró como un hechizo para sí misma: Lo protegeré. Lo protegeré sin falta. Protegeré a Orión… Y entonces… Kira apretó los puños y se levantó tambaleante. Su tobillo torcido apenas podía sostenerla, pero lo logró. Enderezó su postura y levantó lentamente ambas manos. Aunque no sostenía nada, para ella, que disparaba flechas mentales, sus manos vacías eran suficientes. Extendió una mano apuntando y la otra la envolvió alrededor, lista. Orión pareció notar el cambio. Se estremeció un instante y luego, con todas sus fuerzas, corrió hacia ella. Entre el caos de los sonidos y sus gritos, el suelo volvió a temblar. Delante de él no había camino seguro; solo un mar de fuego. Pero no dudó. En lugar de gemidos o gritos, de su garganta emergió otra cosa: —¡Lokira! ¿Estás bien?! En ese momento, Kira tomó su decisión. Giró rápidamente y disparó su poder. El blanco estaba justo frente a ella. Incluso en medio de ese infierno ardiente, brillaba dorado: ¡la cabeza de Loxias! Traducción: Claire ◈❖◈ Si te gustó, Puedes apoyarnos aquí ~ [http://www.paypal.com/paypalme/MangoNovelas ] Tambien contamos con página de facebook ~ [https://www.facebook.com/MangoNovelas ] Tambien visítanos en TikTok ~ [https://www.tiktok.com/@mangonovelas ]