Cien años como extra

Capítulo 43

Capítulo 43 Para ellos era una extraña a la que temer porque sabía sus secretos. Aunque fueron ellos quienes, con unos tragos, me los contaron. Un día era muy corto para relacionarse con la gente. Había renunciado a toda esperanza de reunirme con la gente y que me recordaran. Así que me encerré en mi mansión. “Exactamente… ¿cuándo vendrás? ¿Cuándo me vas a rescatar? Me echaba a llorar, arrojaba botellas y me abrazaba sola. Incluso si corría por el jardín cubierto de maleza y gritaba como loca a todo pulmón , nadie llegaba. Ciertamente nadie se preocupaba por la Condesa borracha. Para ellos, no era solo una ebria, también una lunática que de vez en cuando gritaba en la mansión. Porque para ellos no fueron unos meses, sino solo un día. El mismo día en repetición. "¡Jajaja! ¡Jajajaja!” Me reí histéricamente. Las lágrimas me brotaban de los ojos, pero me reí. Reí y lloré, y señalé al cielo la luna creciente, que no había cambiado durante meses. Y así perdí la cabeza. * * * Cuando desperté, el recuerdo que me vino a la mente fue infernal. Era la misma mañana con el mismo paisaje, pero hoy estaba tranquilo. La gente me saludó hoy, otra vez. Acrab estaba en paz. La habitación era la misma, pero la botella de vino que rodaba por el suelo no me resultaba familiar. Hoy todo lucía desconocido. "¡No, no, no!" Me agarré la cabeza y grité. No sé cuánto tiempo ha pasado. El recuerdo, que pensé que era una bendición, me hizo pensar en el período en que perdí la cordura. ¿Cuántas noches han sido? ¿Qué tan loca me volví? ¿Qué diablos hice? Me sentía horrible. El temblor en mis manos no era causado por la abstinencia. Hoy no. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y comencé a rascarme los brazos. La sangre apareció en mi piel, pero no me dolía. Mis manos temblorosas estaban empapadas de sangre. Salí corriendo de la mansión gritando que mis recuerdos no eran reales. El cielo despejado sin una sola nube. Podía ver a la gente sonriendo y pasando el día de la misma manera que de costumbre. Eran los mismos de siempre. El mismo día. Pero no lucían iguales ante mis ojos. Me arrodillé y sollocé. Sentí sus miradas sobre mí. Debieron pensar que estaba intoxicada desde la mañana. “Lo siento… lo siento… lo siento…” murmuré y grité. No importaba cuánto me disculpara, mis recuerdos no desaparecerían. Era cierto. Los maté. Los maté innumerables veces. Siempre estaban bien al día siguiente. El mismo día volvía a repetirse. Pero yo no estaba bien. Lágrimas corrían por mis mejillas. Había perdido la cabeza y ahora estaba aquí. Era muy difícil soportarlo. ¿Por qué hice tales cosas? ¿Un demonio se apoderó de mi corazón? ¿Deseaba tratarlos así? No quería creerlo. Porque sabía que lo hacía. Lo sabía y lo sentía. Temblé. La gente a mi alrededor susurraba preocupada. Era como si no pudieran ignorar mi dolor. ¿Lo merecía siquiera? Me envolví con mis propios brazos. Me goteaba sangre de las manos. Tal vez creían que no era un comportamiento común de los borrachos. Sus murmullos crecieron a mi alrededor. Dalia... Dalia... Dalia... No mereces mirarlos. Escuché un grito. Ya no caían lágrimas de mis ojos, era sangre. Me los había sacado. Un alivio se extendió por mi corazón. No pude ver nada. No necesitaba ver el mismo paisaje, la misma gente otra vez. Todo se convirtió en oscuridad. Pensé que me iba a desmayar por el dolor. Escuché mis gritos. Pero estaría bien. Ellos habían sufrido más que yo. Sufrieron por mis acciones. Aunque no lo recordaran, yo sí. Nunca podré olvidar lo que sé. No era un pecado que pudiera borrar sacándome los ojos. Mientras mi memoria permaneciera, siempre me ahogaría en la vergüenza y la culpa. Después de ese día, no volví a enloquecer. Después de poseer el cuerpo de Dalia, pasé treinta aburridos años. Los otros diez estuve fuera de juicio. Los siguientes sesenta, estuve agobiada por la culpa y anhelaba que Kaichen viniera y pusiera fin a esto, ya que yo no podía. Lo había intentado todo. También me acostumbré a sacarme los ojos. Para recordarme las cosas terribles que había hecho. Fue mi castigo infligido, por voluntad propia. Pero cada vez mi cuerpo mejoraba y al día siguiente recuperaba los ojos. Viví en esta locura durante diez años, intentando suicidarme una y otra vez. Después de innumerables muertes y tanta locura, mi mente quedó devastada, pero mi cuerpo era el mismo, congelado en el mismo día. Finalmente me di cuenta de que sacarme los ojos no ayudaba. Ni siquiera pude disminuir la culpa un poco. El dolor y la culpa eran el castigo más brutal para mí y tenía que vivir con ello. Para no olvidar. * * * Apenas me había quedado dormida cuando las pesadillas empezaron. Me sentía débil y cansada. No me había olvidado del tiempo en Acrab. Sin embargo, trataba de no pensar en ellos tanto como fuera posible porque no había nada que hacer al respecto. No hay nada bueno para recordar excepto el dolor y la culpa. Fruncí el ceño. El pijama estaba empapado en sudor frío. Tal vez pueda tomar un baño tibio para calmarme, pensé. Tenía suerte de tener una bañera. Me quité la ropa y suspiré. Cuando agarré la manija para abrir la puerta del baño adjunto, escuché la puerta de la habitación abriéndose. Cuando giré la cabeza con sorpresa, pude ver a Kaichen congelado. ¡Mierda! ¡Estoy condenada! Solté la manija de la puerta del baño y me cubrí el pecho. Traducción: Railyn