
El desenlace de un divorcio inconcluso
Capítulo 10
Capítulo 10. Una consideración nada amable Edgar desvió la mirada perezosamente hacia la ventana de la izquierda, sacando un cigarrillo de su estuche y llevándoselo a los labios. Entre los edificios altos y bajos del hotel, se veía el Hotel Leopold, en las etapas finales de su construcción. Ya casi abre. El edificio, que se alzaba majestuoso hacia el cielo, era la viva imagen de Johann Leopold. Arrogante hasta el extremo. Con una risa breve, Edgar estaba a punto de abrir la tapa del encendedor cuando la puerta, que antes se había cerrado de manera descortés, se abrió ahora con cautela, apenas una rendija. Edgar se giró. *** Como si intentara compensar su error anterior, la mujer llevaba una blusa abotonada hasta el cuello y una falda acampanada, luciendo como una dama estricta. "Por favor, olvida mi rudeza de antes. Estaba esperando a una invitada." Su voz, desesperada por evitar malentendidos, resultaba más bien cómica. A estas alturas, ¿no habían visto ya más de la mitad de lo que había que ver? "Debe ser una invitada muy especial." Edgar preguntó con una sonrisa despreocupada. "Es una dama que conocí aquí." Enfatizando la palabra "dama", la mujer se sonrojó hasta las orejas y lo miró con ojos encendidos. "¿A qué has venido?" No parecía que tuviera intención de dejarlo entrar. Su postura, aferrándose a la rendija de la puerta como si tuviera una misión sagrada de protegerla, lo dejaba claro. "Hagámoslo dentro." Con una sonrisa suave, Edgar deslizó la punta de su reluciente zapato negro por la abertura. El zapato tocó la punta de la zapatilla de la mujer. Ella retrocedió, sobresaltada. ¿Tanto por tan poco? ¿Dónde estaba la mujer que momentos antes había mostrado una imagen tan audaz? Edgar contuvo una risa y levantó la mirada de sus pequeños pies, encontrándose con unos ojos azules llenos de cautela. "Háblame aquí." Olivia, recuperando rápidamente la mirada que había evadido, habló con firmeza. Sin embargo, parecía nerviosa, preocupada de que alguien, especialmente ese grupo de damas, pudiera presenciar esta situación absurda. Edgar fingió una expresión de incomodidad. "Es un asunto interno del hotel." Bajando la voz como si fuera un tema importante, hizo que la mujer dudara. Sus ojos, claros como cuentas azules, se volvieron serios, evaluando la veracidad de sus palabras. Sus pestañas se movieron lentamente varias veces antes de que finalmente hablara. "Si es así, ¿podrías volver más tarde? Mi sirvienta no está ahora..." Mientras pedía disculpas cortésmente, Olivia se sobresaltó al escuchar el sonido del ascensor resonando en el pasillo. Voces familiares recorrieron el largo corredor. Eran las amigas de Elaine. "E-entra." En un impulso, Olivia agarró el brazo de Edgar y tiró de él. No era consciente de lo que estaba haciendo; solo pensaba en el escándalo que esas mujeres podrían difundir si presenciaban esta escena. Edgar, con la muñeca sujetada, contuvo una risa. Había levantado un muro impenetrable, y ahora... "¿Estás segura de que está bien?" No quería dejarse arrastrar tan fácilmente. Puso fuerza en sus piernas, resistiendo. Un escándalo con la exesposa de Johann... Las comisuras de los labios de Edgar se curvaron con picardía mientras el ruido de las charlas se acercaba. "Sí, está bien." Los ojos azules, temblando de confusión y tensión, eran un espectáculo encantador. "Date prisa." Con el ceño ligeramente fruncido, la mujer tiró de su muñeca con más fuerza. Por supuesto, su fuerza era insuficiente para mover a Edgar, pero él decidió fingir que cedía y se dejó arrastrar. ¡Bam! La puerta se cerró. Por un margen de segundos, su corazón latía con fuerza. El ruido pasó frente a la habitación y se desvaneció. Aún sosteniendo el pomo, Olivia apoyó la frente contra la puerta cerrada y suspiró aliviada. Calmándose, se giró lentamente. El hombre, que por un momento había desaparecido de su atención, estaba frente a ella. Solos en una habitación sin Anne. De repente, sintió que le faltaba el aire. No estaba haciendo nada indebido, pero la presencia del hombre la hacía sentir como si se hubieran reunido en secreto para algo ilícito. La tensión y la incomodidad de estar con un extraño la pusieron en alerta. Con pasos cuidadosos, Olivia se colocó detrás del sofá, apoyando las manos en el respaldo, como si el mueble pudiera protegerla o como si estuviera lista para levantarlo y arrojarlo en caso de emergencia. Edgar encontraba su actitud divertida y absurda a la vez. ¿Dónde estaba la seductora? Recordó la foto de ella enredada con Johan en el sofá de una sala de descanso en un banquete, y una duda cruzó su mente. "Habla." No hubo invitación a sentarse. Claro, con ella actuando así. "Me enteré de que despediste a nuestro personal. ¿Acaso fue descortés con la señorita Blanchet?" "No, en absoluto. De hecho, soy yo quien debería disculparse. Agradezco la amabilidad del Hotel Lancelot, pero estoy bien así. Es suficiente." Era el típico agradecimiento formal que esperaba. "Al parecer, la empleada está impactada. Dicen que lloró frente al gerente general." Era mentira. "¿Qué?" Pero los ojos de la mujer se abrieron de par en par, sorprendida. Mordiendo los labios antes de soltarlos, preguntó: "¿Lloró?" Su rostro, más serio que cuando estaba en guardia, era tan cómico que Edgar lamentó no poder reír. "Es una veterana con treinta años en este lugar. Una mujer muy orgullosa de su profesión. No pudo contener sus emociones ante algo que nunca le había pasado." "No era mi intención." "No hay evaluación más precisa que el rechazo de un cliente." "No estaba evaluándola." La mujer, visiblemente avergonzada y apenada, mostraba incomodidad. "Dijo que renunciará. Que no puede enfrentar a sus colegas. Para nuestro hotel, perder a una empleada tan competente es una gran pérdida." "¿Renunciar?" La mujer, que claramente no lo había considerado, repitió la palabra. Si la presionaba más, probablemente cambiaría de opinión. Mirándola, Edgar recordó las palabras de Gerald: "No hubo nada inusual. Solo que el fondo de su maleta tiene un compartimento doble, y no pudimos revisarlo. No hubo tiempo." ¿Qué habría ahí? ¿Documentos confidenciales de la compañía Leopold, quizás? Edgar no era de los que reprimían su curiosidad. Además, quería colocar a una sirvienta para obtener lo que deseaba, disfrazando intenciones poco amables como consideración. Pero quién diría que plantar un espía sería más difícil que lidiar con una empresa rival. "Ella fue perfecta." "¿De verdad? Entonces, ¿por qué...?" Con una expresión fingidamente seria, Edgar ladeó la cabeza. "Solo me incomoda que un extraño entre y salga. Así que, si alguien tiene que dejar este hotel por esto, seré yo." La conclusión de la mujer, escondida tras el respaldo del sofá, era clara. Edgar se sintió como un idiota ante su astucia. Estaba intentando manipularla gentilmente, apelando a su culpa, sugiriendo que una sirvienta inocente podría perder su empleo si no aceptaba el servicio en silencio. Y ahora, de alguna manera, era él quien estaba siendo manipulado. "No parece una solución inteligente. ¿Una sirvienta que expulsa a los huéspedes? Sería lo peor." A pesar de su actitud tranquila, los ojos azules de la mujer estaban llenos de conflicto. "¿Qué crees que pasaría si esto se supiera?" Edgar la miró con interés. Bajo su frente redonda y pálida, las pestañas castañas, densas bajo cejas perfectamente alineadas, parpadeaban lentamente. Cada aleteo parecía intensificar el aroma a rosas. "¿Habría algún lugar que la aceptara?" Edgar se apoyó en la bondad de la mujer. Olivia Blanchet era amable, gentil. Lo suficiente como para dormir en la misma cama que su sirvienta. "Por favor, déjame hablar con ella. Quiero aclarar el malentendido." Tras un largo silencio, la mujer habló con calma. La comisura de los labios de Edgar se alzó ligeramente. "Eres verdaderamente amable, señorita Blanchet. Es un honor que te alojes en nuestro hotel." Con una sonrisa cortés, Edgar hizo una reverencia y extendió la mano. Tras una breve vacilación, la mujer tomó su mano lentamente. Sin perder el momento, Edgar presionó sus labios contra el dorso de su mano. El gesto fue rápido y preciso. La sensación en su mano era suave y fresca. De repente, los recuerdos de Olivia irrumpieron en su mente. El momento en que conoció a su esposo. Desde algún punto, incluso en instantes inesperados, los recuerdos de Olivia invadían la mente de Jian. Algunos eran vívidos, otros borrosos. El instante en que se enamoró a primera vista de Johann Leopold era particularmente claro. Como si hubiera sucedido ayer. Olivia Blanchet debutó en sociedad a los dieciocho años. La familia del conde Blanchet, que una vez dominó la política de Rondos, cayó en desgracia tras el escándalo de infidelidad de Elena Blanchet. Tras sucesivos fracasos comerciales, la familia no tenía nada más que vender; solo quedaba una cáscara vacía. Lo único que les quedaba era la nieta bastarda, la vergüenza de la familia, nacida de Elena antes de su muerte. Olivia Blanchet. Así fue arrojada al mercado matrimonial. Y cuando estuvo a punto de quedar atrapada en un escándalo con el príncipe heredero por las maquinaciones del conde, su salvador apareció, Johann Leopold. Johann le propuso matrimonio, y sus labios tocaron el dorso de su mano. En ese momento, su corazón tembló. Olivia creyó firmemente que eso era amor. Porque, de lo contrario, no tenía ninguna esperanza para seguir viviendo. Tenía que ser amor. El hombre, que le recordaba a su esposo, se enderezó tras inclinarse, y sus miradas se encontraron de cerca. "Realmente... Se parece." Algo en esa conclusión clara y concisa la incomodaba. ¿Era porque los ojos grises del hombre le recordaban a Johann? Aunque sus apariencias eran claramente diferentes, y solo ese pequeño detalle coincidía, ¿por qué sentía esto? "Por cierto, vi por casualidad cómo jugabas al tenis." El hombre, que estaba a punto de girarse, se volvió como si se le hubiera ocurrido algo, y Olivia, sumida en sus pensamientos, lo miró sobresaltada. "Parece que llevas mucho tiempo jugando." "No tanto. Solo de vez en cuando." Olivia miró hacia la puerta, deseando que este hombre se fuera. Ojalá Anne regresara pronto. "¿Quieres jugar un partido?" "No tengo ese nivel." Sin pensarlo dos veces, Olivia rechazó la propuesta con firmeza. "Lo haces bien." "No estoy a tu nivel." "Qué lástima." Si la conversación continuaba, estaba a punto de pedirle cortésmente que se fuera. En ese momento, afortunadamente, la puerta se abrió. Era Anne. Capítulo 10. Una consideración nada amable ────────✧✦✧──────── Traducción y Corrección: Snow Snow