
El desenlace de un divorcio inconcluso
Capítulo 15
Capítulo 15. El retrato de Olivia Blanchet ¡Dios mío! 16 de junio. La llegada de un reloj Patek, el último regalo de la señorita, estaba programada para el cumpleaños del duque. Anne miró a Olivia, que estaba sentada mientras la doncella Marie le peinaba el cabello. Dudaba si mencionarlo, pero Marie habló primero. "Conozco a un diseñador muy rápido." Olivia había conversado con Marie para aclarar el malentendido, y acordaron que solo la atendería cuando se lo pidiera. "¿Podríamos reunarnos con él?" "Por supuesto. Enviaré a alguien al amanecer." "Pero, aunque sea rápido, mañana es jueves, y el baile es el viernes. ¿No es muy justo?" Anne preguntó, preocupada. "Si es él, lo logrará." Marie respondió con total confianza. Al día siguiente, el diseñador, en quien Marie confiaba ciegamente, irrumpió como un general liderando una carga en territorio enemigo. "Buenos días, señorita Blanchet. Encantada de conocerte." Una mujer con un sombrero adornado con plumas de pavo real, ladeado, la saludó. Mientras lo hacía, escaneó a Olivia de pies a cabeza en un instante. Su mirada bajó hasta los finos tobillos y volvió a subir, encontrándose con los ojos de Olivia. "Perfecta." La mujer, que se presentó como Madame Loren, curvó sus labios pintados de rojo en una sonrisa deslumbrante. "Bien, ¿empezamos quitándote la ropa?" *** El cielo, que había estado nublado desde la mañana, comenzó a llover por la tarde. Entre el sendero de abetos con flores púrpuras, un carruaje negro avanzaba bajo la lluvia. Era el carruaje que regresaba del Palacio de Leiden tras la audiencia con el príncipe heredero. Maurice, que paseaba ansiosamente junto a la ventana, bajó rápidamente al vestíbulo. En un día como este, cuando debía hacer un informe, el clima no estaba de su lado. Johann Leopold detestaba los días lluviosos, y en esos días, su humor era particularmente sombrío. En otras palabras, Maurice estaba a punto de arrojar un barril de aceite a una casa en llamas. Suspirando profundamente, Maurice salió al pórtico con el mayordomo al ver el carruaje cruzar la entrada principal. "Bienvenido, señor." Johann, bajando del carruaje, asintió brevemente y entró. Maurice caminó a su lado, cruzando el gran salón, observando su expresión. Sus pasos destilaban enojo. Aunque no sabía qué se había discutido con el príncipe heredero, estaba claro que no fueron buenas noticias. Maurice intentó calcular el mejor momento para informar. Como dice el dicho, mejor esquivar un aguacero. "Habla." Pero con alguien tan perspicaz como Johann, no había "mejor momento". Solo existía ahora o después. Dicen que es mejor recibir el golpe pronto, así que Maurice resumió en una frase: "La municipalidad de Litton ha denegado el permiso." El sonido de los pasos resonando en el salón de techo alto se detuvo abruptamente. Como era de esperarse, el rostro de Johann, ya visiblemente molesto, se endureció aún más, exudando una furia gélida. "¿La razón?" Su voz baja se mezcló con el sonido de la lluvia, resonando en el espacio. "Las cosas se han complicado." "¿Está involucrada la familia Lancelot?" "Ayer hubo una reunión con el alcalde de Litton. Los detalles los informaré en el despacho." Edgar no se quedaría de brazos cruzados viendo cómo el Hotel Leopold se construía en el corazón de Litton. No, como lo había hecho el propio Johann. Johann levantó la vista. Sus ojos, irritados, recorrieron lentamente el hermoso fresco del techo, la enorme lámpara de araña y los cristales que destellaban bajo su luz. "He informado que tú recibirás a la princesa Krantz. No hagas esperar a una dama, Johann." La imagen burlona de Christian en la sala de audiencias del palacio esa tarde avivó su irritación. "¡Johan, ayúdame! Si mi compromiso se rompe, acabaré en un ataúd junto a mi padre. Somos hermanos, Johann, por favor, ayúdame." Maldito. Hace apenas tres años, cuando estalló el escándalo con Olivia Blanchet, Christian se arrastró de rodillas suplicando. En ese entonces, necesitaba un título, así que aceptó esa propuesta sucia. Pero ahora, no había razón. No iba a casarse como un semental solo porque Christian lo exigiera sin miramientos. Fui demasiado indulgente con el divorcio. El cielo gris azulado, visible a través de la ventana del balcón que tocaba el techo, le recordó los ojos desesperados de su esposa, siempre anhelándolo. Una mujer patética y humilde. Bajando la mirada, que vagaba sin sentido por el castillo ducal de Great Hill —una de las recompensas por participar en la farsa del príncipe heredero—, comenzó a subir la escalera central alfombrada de rojo. Entonces, se detuvo de nuevo. "¿Qué es eso?" Con un tono gélido, Maurice siguió la mirada de Johann hacia la galería. Era el lugar donde colgaba el retrato de la pareja ducal de Leopold. Pero ahora, en su lugar, dos hombres apuestos con cabello rubio perfectamente peinado miraban hacia abajo con ojos llenos de dignidad. Los ojos de Johann se entrecerraron al ver el retrato del anterior duque de Edimburgo, su padre. "Esto..." Justo cuando el mayordomo comenzaba a hablar, se escucharon pasos rápidos y el sonido alegre de tacones. Diane se acercaba a toda prisa. "Ya llegó." Con el rostro sonrojado, una sonrisa propia de la señora de la casa floreció en su rostro. *** Habían pasado más de un mes desde el divorcio. El retrato de Olivia Blanchet, colgado prominentemente en la escalera central, era algo que cualquiera consideraría inapropiado. Por muy impresionante que fuera su belleza, ya no había razón para que estuviera junto a Johann Leopold. "En lugar de ese cuadro, cuelguen este." Diane, con la espalda recta y un tono elegante, dio instrucciones a los sirvientes. Parecía la dueña del castillo, y nadie se opuso. Johann, un hombre ocupado, no tenía tiempo para los asuntos domésticos, por lo que Diane se había encargado de la gestión de Great Hill. No había nada extraño en eso. La duquesa era incompetente y, más tarde, mentalmente inestable, por lo que, en la práctica, Diane era la verdadera señora de la casa. Olivia no sabía nada. Llegó a la casa del conde a los seis años y no recibió ninguna educación hasta los diecisiete. Solo después de la caída de la familia Blanchet fue apresuradamente instruida para ser vendida en el mercado matrimonial. ¿Cuánto podía haber aprendido? Era ignorante y torpe. Diane la encontraba ridícula. En las raras ocasiones en que Olivia estaba sobria, sin alcohol ni medicamentos, intentaba cumplir con sus deberes como duquesa. Cada vez que intentaba actuar por encima de su posición, Diane se aseguraba de recordarle su lugar. Nadie era más adecuado para ese papel que los hermanos Oscar, los hermanastros de Olivia. Las personas que más odiaban a Olivia Blanchet en el mundo eran ellos. Un padre que tuvo una aventura con la amiga de su madre. Una madre que mató a ese padre a tiros frente a sus ojos. La madre de los hermanos repetía constantemente: "Todo es por culpa de esa maldita." Era natural que su odio retorcido se dirigiera a Olivia. El efecto era contundente. Como un campo arrasado por una tormenta, después de sus visitas, Olivia, con el cabello despeinado y rasguños en el rostro, se encerraba en su habitación hasta que las heridas sanaban, silenciosa como un ratón. En esos días, incluso cuando Johann, a quien esperaba con ansia, visitaba su dormitorio, ella se negaba a abrir la puerta, obstinadamente cerrada con llave. Pobre cosa. Diane sintió una euforia al ver a la elegante y sonriente Olivia siendo retirada por los fornidos sirvientes. Era como si le hubieran arrancado un diente doloroso. Mientras observaba cómo colgaban el retrato del anterior duque de Edimburgo, Diane recordó el baile de debutantes donde conoció a Johann. Se enamoró a primera vista del hombre que escoltaba a la princesa Catherine. Pero, siendo solo la hija de un barón, Diane renunció a sus sentimientos, ya que él estaba con una princesa de Rondos. Sin embargo, que una bastarda insignificante como Olivia se convirtiera en la duquesa de Leopold... Si tú pudiste, yo también puedo, Olivia. Tras admirar satisfecha el cuadro recién colgado, Diane, acompañada por las doncellas, se dirigió a la cocina. Pronto llegaría Johann, que había estado en el palacio, y era hora de la cena. Revisó el estado del venado que se preparaba y dio instrucciones para el montaje de la mesa. Disfrutaba de esta vida que giraba bajo sus órdenes y la consideraba su deber más importante. Pero siempre cuidaba de mantener un equilibrio, consciente de las miradas de los demás sirvientes. Todavía no era la duquesa. El sonido de la campana que anunciaba la formación de los sirvientes resonó en ese momento. Él había llegado. *** "Ya llegó." En ese momento, al recibir a Johann, Diane sentía la euforia de ser su esposa. En Great Hill, ella era la única mujer que no vestía el uniforme negro de doncella, por lo que destacaba sin esfuerzo, especialmente cuando los sirvientes se alineaban como un biombo. Aun así, hoy Diane había elegido un atuendo más atrevido. El corsé, ajustado al máximo, realzaba su busto de manera voluptuosa. La mirada de Johann, sin embargo, estuvo fija en el retrato del anterior duque desde el principio hasta el final. Aunque era una lástima, esa mirada cínica lo hacía aún más atractivo. Y eso la hacía desearlo más. Con las manos entrelazadas delicadamente, Diane observó su perfil, esperando su reacción. "Pregunté por qué está ese cuadro ahí." La voz baja de Johann la tomó por sorpresa. "La señorita Brooke ordenó el cambio." El mayordomo informó. "Vuelve a poner el otro." "Entendido." "¿Hay... alguna razón especial?" Por fin, la mirada de Johann se posó en ella. Diane no podía entender esos ojos fríos y molestos. ¿Por qué insistía en mantener el retrato de su exesposa? "Su cumpleaños está cerca. No se verá bien ante los invitados al banquete. ¿Es necesario mantenerlo?" Sabiendo que se excedía, Diane contuvo el aliento. "¿También debo pedir permiso a los sirvientes para colgar un cuadro en mi propia casa?" Su respuesta fue un reproche gélido. ────────✧✦✧──────── Traducción y Corrección: Snow Snow