
El desenlace de un divorcio inconcluso
Capítulo 3
Capítulo 3. El rey de todas las cosas [El duque Johann Leopold se divorcia sorpresivamente de Olivia Blanchet, ¿a dónde fue la exduquesa?] Con un titular sensacionalista, la foto de bodas de ambos ocupó la primera plana, relegando los escándalos del disoluto príncipe heredero y dominando los tabloides día tras día. El divorcio del duque Leopold, que en su momento causó revuelo al casarse con la hija bastarda de los Blanchet tras un escándalo, era razón suficiente para que la alta sociedad de Layden se viera sacudida. "Así que aquí estaba escondida." Las damas, al ver a Olivia sentada como una pintura bajo la luz primaveral, se sorprendieron. "Vaya, quién iba a pensar que veríamos a la duquesa en un lugar como este..." "¿Duquesa? Ahora hay que llamarla señorita Blanchet." Carol, con una mirada penetrante, bajó la voz. La dama reprendida se sonrojó, titubeante. "Parece que, como dicen los rumores, se llevó una buena suma. Qué descaro, venir al Hotel Lancelot sin conocer su lugar." Las damas, cubriéndose la boca, asintieron y chasquearon la lengua ante las palabras de Carol. "Por cierto, ¿qué hace en Litton?" " Pronto será el baile de las rosas. Tal vez quiera cambiar su destino." El mes de mayo en el reino de Brit era la temporada del Festival de las Flores de Litton. Entre sus eventos, el baile de las rosas del Hotel Lancelot era el segundo en prestigio, solo superado por el baile real. Por otro lado, en el reino de Rondos, mayo era un mes de luto debido a la muerte del esposo de la reina Katrina. Se evitaban los grandes bailes y reuniones sociales. Para los miembros de la alta sociedad, aburridos y ansiosos, el festival al otro lado del mar en Britt era una especie de escape. "Se dice que obtuvo una fortuna con la pensión, y aquí está, disfrutando lujosamente. ¿Cómo, si no, una bastarda divorciada se atrevería a hospedarse en el Hotel Lancelot? No conoce su lugar, ¿verdad?" Ojos llenos de envidia se posaron en Olivia, lanzándole miradas furtivas. Anne fue la primera en notarlo. Anne tomó el brazo de Olivia con rapidez. "Señorita, ¿qué tal si hoy damos un paseo por el jardín? Dicen que el rosedal de este hotel es famoso por su belleza. El clima es perfecto para caminar." Las palabras salieron apresuradamente. Olivia ladeó la cabeza, con una expresión pensativa. "Si aún está cansada, también podemos volver a la habitación." Anne estaba ansiosa. Pero Olivia, sin entender la situación, permanecía tranquila. Mientras tanto, un grupo de damas engalanadas, como pavos reales, avanzaba con la cabeza en alto, acercándose cada vez más. No estaba claro si se dirigían a su mesa guiadas por un empleado o si venían hacia ellas, lo que ponía a Anne en un aprieto. Aunque su señorita había cambiado, si se enfrentaba a una situación que la desestabilizara, podría volver a ser la de antes. "¿Señorita?" Olivia se sumió en sus pensamientos. El folleto mencionaba que el rosedal del Hotel Lancelot, hogar de variedades como la ‘Princesa de Alensia’ dedicada a la difunta reina de Brit, era un paraíso de rosas cuyos nombres le resultaban desconocidos. Probablemente no volvería a un hotel tan lujoso, así que... "Vamos al jardín." Olivia respondió con una sonrisa radiante. Las dos se levantaron y se dirigieron hacia la terraza que daba al jardín. Con un movimiento inusualmente rápido para Anne, guió a Olivia y apenas habían cruzado el umbral de la terraza cuando... "Señorita Blanchet." El nombre de Olivia resonó, atravesando la melodía del piano. El corazón de Anne dio un vuelco. Quiso fingir que no lo había oído y llevarse a su señorita, pero Olivia se giró lentamente. En el restaurante, lleno de la transparente luz primaveral, parecía haber llegado el invierno. El aire helado parecía a punto de romperse en pedazos. Anne temió que los días apacibles en Litton llegaran a su fin. "Así que es usted, señorita Blanchet. Encantada de conocerla. Me llamo Elaine." La mujer se acercó con una sonrisa elegante y la saludó. Las demás damas la siguieron. "Buenos días." Olivia, tras rebuscar en su memoria, respondió con un leve retraso. Era un rostro desconocido. La actitud de la mujer era impecablemente cortés, pero no se molestó en ocultar el desprecio en su mirada. O tal vez no sentía la necesidad de hacerlo. Olivia detectó eso al instante. Había sido objeto de esas miradas desde que nació y estaba acostumbrada a ellas. Las personas que se acercaban sonriendo mientras escondían su desprecio siempre querían algo de Olivia. Y el resultado nunca había sido bueno. Nunca, ni una sola vez. "¿Nos conocemos, señorita Elaine? No lo recuerdo." "No hemos sido presentadas formalmente. Solo la vi en algunas fiestas." "Ah." Olivia esbozó una suave sonrisa y dejó escapar una breve exclamación. En los lugares donde una bastarda concebida en una infidelidad era rechazada, lo único que podía hacer era salir sola a la terraza a beber. Cuando el alcohol la calentaba y se sentía un poco mejor, podía soportar un poco las miradas opresivas. El poder del champán debía limitarse a eso. Ese habría sido el ideal, pero el problema de Olivia era su falta de moderación, lo que siempre la llevaba a incidentes vergonzosos. Si había visto esa versión suya, cercana a la de una bestia, y varias veces, no era de extrañar la mirada de la mujer. "Escuché que el abogado que llevó su divorcio fue extraordinario, ¿verdad?" "¿Es cierto que la pensión que recibió supera la que obtuvo la princesa en su divorcio?" "¿Incluso pidió la isla de Cress?" "¿Cómo puede ser tan desvergonzada? Aunque, si tuviera vergüenza, no habría seducido al duque con métodos tan vulgares ni habría exigido el matrimonio a cambio." A pesar de proclamarse damas, en esa situación renunciaban a su etiqueta y alzaban la voz intencionadamente, atrayendo todas las miradas de la cafetería hacia Olivia. Bajo ojos burlones, las comisuras de sus labios se alzaron descaradamente. Podría haber aclarado que eran solo rumores infundados propagados por la prensa. Pero, ¿la creerían? La verdad no parecía importarles. Para ellas, humillar a Olivia Blanchet era un pequeño entretenimiento en su aburrida rutina, incluso si tenían que inventar historias para lograrlo. Ocultaban su deseo mezquino de pisotear a una mujer que, ocupando un lugar inmerecido como duquesa, se engalanaba con vestidos y joyas más caros que los suyos y gozaba de una posición privilegiada en la alta sociedad gracias a su esposo. Enfrentarse a ellas de manera agresiva sería ridículo. Los detalles de la pensión fueron decisión de Johann. Pero, aun así, era improbable que ellas lo creyeran. Querían que Olivia Blanchet fuera humillada. Entonces, decidió responder con algo de firmeza. "No sabía que mi esposo tuviera una isla. Si lo hubiera sabido, la habría pedido. Qué lástima." Olivia sonrió, como si realmente lo lamentara. "Si alguna vez necesitan un buen abogado, contáctenme. Se los presentaré. Nunca se sabe lo que puede pasar en la vida." "¡Qué maldición es esa!" "Tras el divorcio, me di cuenta de que lo importante en la vida no es un esposo, sino el dinero." Una fría elegancia emanó de la sonrisa de Olivia. No quería darles el espectáculo que esperaban. Como si quisiera demostrarles claramente que la Olivia Blanchet que conocían ya no existía, esbozó una sonrisa aún más confiada. Las mujeres, desconcertadas, abrieron la boca de par en par. ¡Se ha vuelto loca tras el divorcio! La Olivia que siempre habían visto en los salones, encorvada y temerosa por su origen humillante, apenas hablaba y se pegaba a las paredes. Aunque llevara el título de duquesa, en la alta sociedad era tratada como invisible. Que una criatura tan baja y despreciable las humillara hizo que los labios de las damas temblaran de rabia. "Ese collar es muy bonito." Al girarse, como si le hubiera molestado todo el tiempo, Olivia comentó sobre el collar de Elaine. "Te queda muy bien." Ante el cumplido inesperado, las miradas de las damas se dirigieron al cuello de Elaine. Era un deslumbrante collar de diamantes rosados, un regalo de su esposo por su séptimo aniversario de bodas y el orgullo de Elaine. "Tienes buen gusto." Qué atrevida. Elaine alzó la barbilla con altivez y enderezó el cuello. "Pero, si valoras la elegancia, evita las imitaciones. Hacen que la persona también parezca falsa." Dejando atrás a la mujer con el rostro enrojecido, Olivia salió al jardín por la terraza junto a Anne. Entre el embriagador aroma de las rosas rojas que florecían temprano, se oyeron los jadeos de las damas. *** Las dos entraron al rosedal y caminaron silenciosamente por el sendero. El dulce aroma de las rosas grandes rozaba sus narices. Anne miró de reojo a su señorita, que caminaba con pasos serenos. Al ver cómo pisaba la clara luz del sol que caía sobre las losas, Anne comprendió. Su señorita, que se había convertido en una extraña, ya no se escondería en la oscuridad. "No pensé que lo recordaras." Mientras ajustaba la cinta de la blusa que el viento había desordenado, Anne habló. "¿Eh? ¿Qué?" "¡Ese collar!" Un silencio llegó con la suave brisa primaveral. Ambas caminaron sin hablar, recordando el mismo día. Un día, una reliquia de la difunta duquesa desapareció, causando un revuelo en Great Hill. No habían pasado ni diez minutos desde que comenzó la búsqueda cuando el collar apareció, como por arte de magia, en la habitación de Anne. "No fui yo, lo juro por Dios. Por favor, créeame." Era una acusación evidente, pero nadie creyó a Anne. Ni siquiera su señorita. "Lo siento, Anne. Por hacerte pasar por eso." "No, señorita. No lo mencioné para que dijera eso. Solo que, en ese momento..." Anne detuvo sus pasos. No pudo pronunciar las palabras que le quemaban la garganta. Debería haberle advertido que no confiara en Diane Brooke, que tuviera cuidado. Que la secretaria de su señorita albergaba sentimientos indebidos hacia el duque. "Debes agradecer la misericordia del duque. Si vuelves a hablar sin cuidado, no serás tú, sino tu señorita, la que estará en problemas. ¿Entendiste?" "¿Por qué ese momento?" "No, no es nada, señorita." Anne decidió guardar silencio. Temía que la relación con su señorita, que Diane Brooke había envenenado, volviera a romperse. No era una historia agradable, y ya era cosa del pasado. "Vamos por ahí, señorita." Como si escapara, Anne encaminó sus pasos hacia el jardín, que, fiel a un hotel urbano, desprendía una elegancia refinada. Aunque no sabía quién era el dueño, debía ser una persona muy romántica. Las rosas florecían por doquier. En el centro, una gran fuente lanzaba chorros de agua refrescante, y a su alrededor, patrones intrincados bordados con boj resultaban exóticos. Bajo el cálido sol, Olivia y Anne caminaron por el sendero. Sin hablar, llegaron al final del parterre bordado, donde apareció un camino de setos bien recortados. Entre los setos, el sendero conducía a una cancha de tenis. A medida que se acercaban, se oían respiraciones agitadas y gritos de entusiasmo. En la cancha de césped, dos caballeros jugaban un partido. Vestidos con camisas blancas de traje y pantalones de franela, blandían sus raquetas con movimientos que captaban la atención incluso desde lejos. Olivia detuvo sus pasos y los observó. Su mirada se fijó en un hombre alto y llamativo. Sus movimientos ágiles y fluidos, persiguiendo la pelota, se mezclaban con el brillo de su cabello negro bajo el sol, haciéndolo parecer una elegante fiera. El hombre, recuperando el aliento, lanzó la pelota al aire. Olivia siguió la pelota verde con la cabeza inclinada. Sobre el deslumbrante cielo azul, se desplegó el verano de Han Jian. El sol ardiente del verano, cuando jugaba al tenis con él como excusa, y el canto ensordecedor de las cigarras resonaban vívidamente. Sunbae. ¿Por qué se había enamorado de él con una pasión tan dolorosa? Con callos en las palmas por sostener la raqueta y ampollas en los pies, lo amaba. Aunque él no supiera de su desesperada lucha. Aun así, todos esos momentos fueron felices. Para él, probablemente no era más que la nieta de la persona que cuidaba su casa, pero para Jian, fue su primer amor. Como si despertara de sus pensamientos, un breve rugido acompañó el golpe de la raqueta, que alcanzó la pelota a una velocidad impresionante. En ese momento, los espectadores estallaron en vítores. Las jóvenes damas aplaudieron con entusiasmo. Los espectadores que rodeaban la cancha aplaudían al ganador del partido. "¡Es increíble!" "¡Que mire hacia aquí una vez!" Las damas susurraban tímidamente, incapaces de apartar la vista del hombre. Con gotas de sudor cayendo de su cabello bien peinado, el hombre cruzó la cancha con pasos relajados. Su andar, propio de un vencedor, era arrogante, como el de un rey de todas las cosas. ─────────✧✦✧───────── Traducción y Corrección: Snow Snow