El padre del protagonista se rehusa a separarnos

Capítulo 117

—... —Antes de que eso suceda, sólo necesitamos encontrar evidencia de que la Reina usa magia negra —dijo Ibelia para calmar a Samuel. —Enviaré a alguien a las aguas termales Kafu inmediatamente —dijo Lionel. —La Reina nos invitó a mí y a Aria a tomar el té en dos días. Tal vez intente algo. Samuel apretó los puños. —Protegeré a Aria a toda costa. —Yo también. Ibelia miró a Samuel y asintió. —Protegeré a Aria y Lu. Las manos de Ibelia temblaron. Cassis entrelazó su mano con la de Ibelia. —Príncipe. El asistente de Lionel entró corriendo y le susurró algo. De inmediato, el rostro de Lionel se puso rígido. —¿Hay algún problema? —La Reina... —dijo Lionel con voz fría—. Se fue a las aguas termales. Clarice, encapuchada, bajó lentamente las estrechas y oscuras escaleras. Cuando finalmente llegó a la última grada, vio varias cajas con barras de hierro con niños delgados atrapados en el interior. Los niños que no habían comido adecuadamente en mucho tiempo, se encontraban tirados sobre el suelo sin siquiera poder abrir los ojos. Los ojos de Clarice brillaron bajo su capucha y, después de señalar a un chico de cabello dorado con su larga uña, su subordinado agarró la cabeza del chico y lo arrastró. —Lo haremos con este niño hoy. Tiene el poder mágico más fuerte de todos aquí. Es un día importante, así que necesito un niño hábil. —Está bien. El hombre arrojó al niño delante de Clarice. Clarice se arrodilló sobre una rodilla y agarró brutalmente la cara del niño. —Es una pena. De haber sido criado bien, podría haberse convertido en un mago bastante útil. —¿No es mejor conservarlo? —No. Si crío a un niño así, eventualmente me apuñalará con un cuchillo por la espalda sin reconocer la gracia que le di. En ese caso, es mejor usarlo ahora. —Está bien. El hombre sacó una daga de su pecho. Al instante, el niño apenas abrió los ojos y se humedeció los labios secos. —Sálveme... Ayúdeme... No quiero mori- Pero antes de que el niño pudiera terminar de hablar, el hombre le hundió la daga en el pecho. 4