
La agotadora realidad de la transmigración a novelas
Capítulo 68
Capítulo 68 Llovió durante unos días, pero el cielo había vuelto a despejarse. La mansión, que momentáneamente buscaba la paz, se vio recientemente envuelta en actividad: Hoy era el día del duelo entre el plebeyo amigo de la hija ilegítima del Duque y la estrella emergente de la cuarta orden de caballeros. —¿Has oído las noticias? Dicen que el plebeyo acabó con todo un gremio turbio por sí solo. —Sí. Esos miembros del gremio estaban todos ensangrentados cuando los guardias los apresaron. —¿Crees que es verdad? —Sí, creo que lo es. Conozco a alguien de la tercera orden que fue enviado junto con los guardias. Dijo que él mismo lo vio. Já, mi palabra. Fue horas antes del comienzo del duelo. Tomándose el día libre para el evento especial, los caballeros se reunieron de dos en dos o de tres en tres y hablaron de "Maxwell". Lo que circulaba era la historia sobre la rata callejera ignorada, que aniquiló solo a múltiples enemigos. —Entonces, el duelo de más tarde... ¿Tal vez valga la pena verlo? —Lo sé bien. Pensé que Maxwell sería vencido en menos de un minuto. —A este ritmo, tal vez... ¿David va a perder? Después de que alguien pronunciara cuidadosamente su conjetura, se extendió un momento de silencio. Entonces, tras esa pausa, la gente empezó a reírse una a una. Sus carcajadas eran de incredulidad o de alegría ante la idea de que pudiera ocurrir. Estas carcajadas y risitas se contagiaron entre la multitud. Todos siguieron su camino en busca de asientos para el duelo que comenzaría en unas horas. Mientras tanto, detrás de un árbol, había una persona en particular que escuchó toda la conversación. Es decir, el propio sujeto de la conversación. David. —Este... maldito… Maldijo furiosamente mientras reprimía el volumen de su voz. Un puño cerrado golpeó el tronco en el que estaba apoyado detrás de él. Había un brillo en sus ojos marrones. “¿Por qué demonios estoy oyendo estas ridículas tonterías?” Aunque sólo dijeran que podía perder contra esa rata callejera a modo de broma, David estaba enfurecido. Quería salir de las sombras y poner el lugar patas arriba, pero tenía que guardar su energía justo antes del combate. —Esos imbéciles sólo oyeron rumores estúpidos como ese y vinieron aquí, pero… No importa quién lo mirara, eran tan desagradables con cómo creían en falsos rumores tan fácilmente. Estos tipos no tienen carácter, por eso se lo creen. Sin embargo, por otro lado, también es cierto que David sintió cierta ansiedad. ¿Y si esos ridículos rumores eran ciertos? ¿Y si las habilidades de Maxwell eran mejores de lo que él suponía? Entonces, si es como esos tipos dijeron... y él es quien perdería… “No. Imposible.” Mientras especulaba y llegaba a esta conclusión, la aprehensión le inundó. Intentó calmarse, apretando y soltando los puños. —He oído que el nombre del gremio turbio es el Gremio León Negro… Ahora que lo pensaba, el nombre le resultaba familiar. Puede que lo hubiera oído en alguna parte. Pero cuando hurgó en su mente, no se le ocurrió nada exactamente. “Tal vez sea sólo una sensación.” Aún faltaban unas horas para que empezara el duelo. Para deshacerse de esta extraña sensación de déjà vu y de su creciente ansiedad, David se dirigió a los campos de entrenamiento. Pensaba relajarse allí. Pasara lo que pasara, una condición mental y física perfectas le conducirían a la victoria limpia que necesitaba. Para acallar esos rumores crecientes, tenía que tirar al suelo la cara de ese plebeyo y ocupar ese lugar junto a la princesa ducal. Sin embargo, en contra de sus expectativas, ni siquiera pudo alcanzar su condición perfecta antes de llegar al campo de entrenamiento. Mientras sus labios se crispaban mientras pensaba codiciosamente en ello en el camino hacia allí, se encontró con la persona que no quería encontrarse. “...Rata callejera.” Al ver a Cassion caminando hacia él, David rechinó los dientes. Sus piernas se detuvieron oblicuamente a medio paso. Cassion también se detuvo al ver que David le miraba fijamente. Cassion, un poco más alto que el otro, miró a David sin decir palabra. En el silencio que reinaba entre ellos, sus miradas se encontraron en el aire. El primero en apartar los ojos fue Cassion. Apartó la mirada como si nada y pasó junto a David. —Ja. Sin embargo, este acto sólo encendió la ira de David. “Sólo por esos rumores, ¿crees que puedes menospreciarme?" Sentía como si la despreocupación y la actitud relajada características del otro hombre eran deliberadamente para burlarse de él. —¡Eh! —gritó David de inmediato y le agarró bruscamente la muñeca de Cassion. Cassion dejó de caminar pasivamente y se dio la vuelta para mirar a la persona que le había llamado. Sus ojos negros miraron directamente a la mano que tenía sobre su muñeca, agarrando con fuerza. —¿Qué pasa? Al formular la pregunta en voz baja, David rió en vano. —He oído un rumor muy interesante sobre ti. —... —¿De qué se trataba? Que acabaste con un gremio criminal tú solo, o algo así... Ja, ni siquiera tiene gracia. —¿Eso es todo lo que tienes que decir? Después de escuchar los comentarios sarcásticos de David sin palabras hasta ahora, Cassion preguntó con calma. Y las cejas de David se distorsionaron de repente. Como si fuera alguien importante, como si no hubiera pasado nada; no soportaba ver a aquel tipo actuar con tanta despreocupación. Con su indignación aumentando aún más, la respiración de David se hizo más agitada. A medida que el sonido de su respiración se hizo más fuerte, también lo hizo su voz. —¿Eso es todo lo que tengo que decir? ¿Quién no se va a enfurecer cuando circula un rumor ridículo? Furioso, David rugió a Cassion mientras retorcía el brazo del otro hombre para tirar de él. Aunque era un poco doloroso, Cassion no mostraba el menor atisbo de agitación. Sus ojos negros, totalmente tranquilos y serenos, alternaban la mirada entre la mano y el rostro de David. —Está prohibido ponerle la mano encima a tu oponente antes del duelo. —¿Qué? ¿Ahora me amenazas? Cassion habló en voz baja, pero David resopló como si hubiera oído un chiste aburrido. Mientras miraba a David sin decir palabra, Cassion acabó poniendo una mano sobre la muñeca de David. —No. Te lo advierto. Al mismo tiempo que decía esto, la muñeca de David quedó atrapada en un fuerte apretón. —Uh-ack. —El agarre era tan fuerte que David soltó un gemido de dolor. La mano que sujetaba la otra muñeca de Cassion se aflojó sin poder evitarlo. Pero la muñeca de David continuó agarrada por Cassion. La mano agarrada por Cassion intentó forcejear en el aire, pero antes de que David se diera cuenta, se puso roja y blanca. —Su... Suéltame… —David lo dijo mientras sentía como si estuvieran a punto de partirle la muñeca. Con los labios apretados, miró el rostro de Cassion, donde una sombra se proyectaba sobre él bajo el sol. A juego con las sombras, los ojos negros del hombre le devolvieron la mirada. La mirada inmóvil y el dolor en la muñeca le entumecieron los miembros. Sintió que la piel se le ponía de gallina. Un escalofrío le recorrió la espalda. David tragó saliva por un momento. —Por favor... suéltame... Justo después de decir esto, es como si la siguiente acción fuera la consecuencia natural. Cassion le miró fijamente y relajó su agarre. La mano de David cayó como si se hubiera hundido. Mientras su flujo sanguíneo volvía de repente, sintió una sensación de entumecimiento y hormigueo que le recorría la mano. —Tú... Hijo de... David se agarró la muñeca y tartamudeó. Luego, estirando su propia muñeca con calma, Cassion respondió. —Es un intercambio. ¿Ah? David se sintió agraviado. Intercambio, dijo. Pero había una clara diferencia entre la muñeca de aquel bastardo y la de David. Había una clara marca roja en la suya, pero ¿no estaba bien la muñeca de aquel tipo? David se mordió el labio inferior. Era la diferencia en sus fuerzas innatas. Sintió otro escalofrío. Y estaba ese rumor que había oído antes. Con los nervios a flor de piel, lo juntó todo en su mente. Mientras David estaba preso del pánico, Cassion volvió a abrir los labios. —Ya hemos ajustado cuentas una vez, así que, por favor, sigue las reglas a partir de ahora. —...¿Esto también es una advertencia? —David preguntó con los labios temblando, acunando su muñeca dolorida. Incluso ante el miedo, su insignificante orgullo no podía extinguirse. Cassion negó ligeramente con la cabeza. Luego, con los mismos pasos pausados que David había dado antes, Cassion se acercó a David. La diferencia de altura se hizo más clara porque la distancia entre ambos se acortó. El hombre, que ya miraba hacia abajo, bajó más la mirada, el que miraba hacia arriba inclinó más la cabeza. La atmósfera que les rodeaba era como hielo fino. Sentía como si incluso un trago seco fuera a ser demasiado fuerte, así que tuvo que contener la respiración. Los labios del hombre más alto se abrieron lentamente. —Sí. Es una advertencia. Las reglas existen para que se cumplan. Para poder evitar cosas peligrosas. El tono de su voz era excesivamente cortés, pero David sabía que era nada menos que una amenaza. Una advertencia de que si intentaba hacer cualquier tontería una vez más, algo peligroso realmente podría suceder. —Ah, y… —Cassion no había terminado de hablar. Había un destello amenazador en sus ojos negros. —Por favor, ten cuidado con tus palabras, con esa mirada en tus ojos. Es decir, si quieres seguir teniendo los sentidos de la vista, el oído y el gusto en el futuro. Un sentimiento de mortificación apareció en la mirada de David. Quiso replicar algo, pero se sintió tan humillado por aquel bastardo que ni siquiera pudo abrir la boca. —Ah, esto es una amenaza. Después de añadir esto, Cassion dio un paso atrás. Con un saludo casual, pasó junto al atónito David. Nadie le detuvo esta vez. La persona que había quedado atrás se limitó a quedarse allí con los dos pies pegados al suelo, resoplando. —Ese maldito bastardo. ¿A quién te atreves a advertir, exactamente? Y, ¡¿una amenaza?! Espera y verás. Haré que te arrepientas. Su voz, mientras murmuraba en voz baja, temblaba. Sus manos, cerradas en puños, también temblaban severamente. —Ptui. —David escupió bruscamente al suelo y pronto se dirigió a otra parte. Su intención original era dirigirse hacia los campos de entrenamiento, pero esa ya no era la dirección que tomaba. Unas llamas rojas de indignación e indignación se encendieron en sus pupilas marrones. Sin importar qué, ganaría el combate. El único pensamiento que llenaba su mente era un retorcido deseo de ganar. Traducción: Arkonte