La Belleza De Tebas

Capítulo 17

La belleza de Tebas Traducido por: Suni ??? — Déjame ayudarte, princesa. Apolo besó las mejillas hinchadas de Eutostea. Sus labios estaban fríos como el hielo, pero pronto, el fuerte dolor punzante desapareció. — Esta es la especialidad de Asclepio. Aprendí algunos trucos de él en el camino de la medicina. Soy bueno curando huesos rotos y músculos desgarrados. – dijo. — Eso es inesperado. — ¿Qué? – preguntó Apolo. Eutostea tocó la mejilla donde una vez estuvo el dolor punzante. — No pareces el tipo que trataría o sanaría a alguien. El dios sol era conocido por ser un hombre arrogante y versátil que vivía su vida en base a su gusto macabro. — Hay muchas cosas que no sabes sobre mí, princesa. — Yo podría decir lo mismo. — Pero sé mucho sobre tu cuerpo… Eutostea no estaba fría a pesar de las ventanas abiertas. El cuerpo de Apolo, que contenía el calor del sol, la calentó. Apolo podía sentir los dedos de Eutostea clavándose vívidamente en su hombro. Su olor se instaló por completo en su cuerpo. — Princesa… Apolo la ansiaba y anhelaba conocer cada centímetro de ella. De la forma más directa posible, él la deseaba. Nunca esperó que pensaría muy bien en ella, y mucho menos pasaría la noche con ella regularmente. Había algo en ella, algo que lo atraía hacia ella... algo... Y luego tuvo un sueño, un sueño profético. Él, el dios de la profecía, consideraba su sueño como un dispositivo importante que daba atisbos del futuro. Y en ese sueño, apareció Eutostea. No era un sueño fragmentado, sino detallado. Ella estaba entretejida en su futuro... Apolo la arrastró hasta la cama y pasó el dedo por su piel lustrosa. — Príncipes. Era como una mariposa que venía a visitar a su flor, la flor que estaba empapada. Amaba el sabor de su néctar, el dulce fluido que producía la flor. Se ahogó en éxtasis tocando esa flor. Y entonces… cerró los ojos. Eutostea miró la silueta del apuesto dios. Estaba ansiosa y se sentía como si estuviera pecando. No, no había tiempo para pensar. Ella estaba en un límite de tiempo. Dejó de dudar y con cautela salió de la cama, se volvió a vestir y caminó hacia la puerta. El sonido de los pies descalzos aferrándose al suelo era innecesariamente alto. Lentamente empujó su lazo para el cabello debajo de la puerta y esperó tensamente. Se sintieron como horas hasta que… La puerta se abrió lentamente. — Eutostea, ¿está dormida? – una voz susurró muy suavemente. Askitea y Hersia, con el pelo suelto y en pijama, sostenían una vela. Parecían ladrones. Hersia acercó la luz de la vela a ella para evitar que la luz se extendiera. Mientras tanto, Eutostea asintió, su rostro muy tenso. Se hizo a un lado y dejó entrar a sus hermanas. La luz se deslizó hacia la cama. Las gruesas cortinas oscuras se levantaron y la sábana blanca emanaba cierta calidez. Un gran pie sobresalía de la manta. Su pie era liso y sin callos. Sus tendones eran atractivos... su tobillo también. Los ojos de Askitea recorrieron sus piernas y vieron sus muslos a la mitad. Ella gimió por lo bajo. — … Eutostea –- suspiró. “¿De verdad vas a hacer esto?” Askitea movió la luz de las velas. El hombre se tumbó boca abajo. Tenía el cabello rubio y desgreñada que descansaba sobre su ancho hombro. Su piel aceitunada brillaba. — No puedo ver su rostro… – susurró Askitea. Las tres mujeres se inclinaron y miraron el rostro del hombre, pero las tinieblas las dominaron. — Dámelo. Eutostea le arrebató el candelabro a su hermana y se agachó junto a él. Mientras se acercaba a su figura, movió el candelabro para iluminar su rostro. Desde un lado de su cara… hasta el puente de su nariz… hasta sus labios carnosos… hasta su barbilla… y su pecho… las luces mostraban su figura completamente. Hersia y Askitea tomaron una bocanada de aire. Él era... divinamente hermoso. Parecía más femenino que masculino, sus ojos caídos cómo cachorros resplandecientes. Su rostro era fuerte y definido, sus rasgos moldeados en granito. Sus cejas se inclinaron hacia abajo en una expresión seria. Sus largas pestañas eran como alas de mariposa y su sonrisa generalmente juguetona ahora estaba descansando y ahora parecían labios perfectos presionados firmemente juntos que estaban listos para besarse. Tenía mandíbulas prominentes que se curvaban alrededor de su cuello con gracia y tenía un pecho y músculos firmes. Eutostea, quien había pasado las noches con él, lo miró fijamente, incapaz de decir una palabra. El hombre que la había besado, abrazado, abrazado y provocado sus lágrimas se reveló bajo la luz de las velas. Él era... sin duda... Apolo. Las tres mujeres lo sabían en el fondo de sus corazones mientras permanecían en su lugar distraídamente. No había cómo negarlo. Era un dios, era Apolo. — ¿Qué hacemos ahora…? Pero ellos no sabían. Mientras tanto, la cera de la vela goteaba y caía sobre los hombros del dios durmiente. Apolo abrió los ojos asustado. — ¡! Eutostea rápidamente retiró la vela, sus ojos se encontraron. ???