La Villana divorciada hornea pasteles

Capítulo 10

La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 11 “¿Entonces por qué lo hace? ¿Acaso le falta dinero? Porque si es así…” “No necesito de su dinero. Solo quiero tener mi propio negocio, es algo que siempre he añorado, nada más.” Raymond le dedicó otra mirada inexpresiva. No parecía comprender una sencilla palabra de lo que Erin estaba diciendo. Él era un hombre inhumanamente guapo y perfecto. Siempre mejor que todos en cualquier aspecto, cualquiera sea el día de la semana. Sin embargo, era demasiado perfecto, al punto en que no había nada “humano” en él. Por ello Raymond nunca sería capaz de entender algo tan simple como un anhelo. Nunca comprendería por qué ella deseaba ‘Tener una pequeña cafetería y vivir en paz.’ Erin estaba sorprendida consigo misma, pues tiempo atrás creyó que podría ser feliz junto a un hombre como ese. ‘Era tan joven, pero al mismo tiempo tan patéticamente ciega con la gente.’ La dama atinó a voltear, intentando ocultar la lástima que sentía por sí misma. “Si no tiene nada más que decir, me retiraré.” Tras esas palabras, la fémina trató de alejarse. Pero un repentino asir sobre la muñeca diestra lo evitó. Incapaz de moverse, ella giró sobre su eje para ver al culpable. “Sé que no hemos tenido una gran relación entre ambos durante los nueve años de matrimonio, y que el divorcio no fue algo agradable tampoco.” Él expresó, manteniendo su férreo agarre en la muñeca de Erin. “Pero no quiero que sufra, así que te pagaré. De esa manera podrá hacer lo que desea y estar confortable al mismo tiempo.” “……” ‘Antes, hubiese estado encantada por aquella declaración. Hubo momentos donde mi inocente corazón revoloteaba ante el sonido de su ronca voz. Ahora sólo eran meras memorias de antaño que preferiría olvidar.’ ‘Ya no me aferraré más a tales emociones tontas. Estoy harta de ser engañada por las palabras sin esperanza de este hombre.’ Erin gesticuló una gélida sonrisa en dirección a Raymond. “Todo lo que deseo es abrir una cafetería, vender postres, y no volverlo a ver más su alteza.” Con ello, la mujer sacudió su brazo para romper el asir a la muñeca. Luego miró a los ojos de su ex esposo y dijo. “Manténgase lejos de mis negocios.” Al finalizar su sentencia, ella se retiró sin mirar atrás, dejando atrás a Raymond en la soledad del pasillo donde mantuvo un semblante patidifuso ante lo ocurrido. “…Esto es ridículo.” Raymond pensó en lo que estaba haciendo antes de su reencuentro con Erin. Él estaba aguardando por Jed en su habitación cuando escuchó el escándalo que estaba produciéndose en el pasillo. Normalmente lo hubiese ignorado, pero sonaba demasiado familiar para su gusto, por lo que quiso investigar. Era una voz que nunca creyó escuchar en un lugar como lo era la casa de apuestas. ‘¿Erin? ¿Qué hace ella aquí?” Él se cuestionó si había oído mal, por lo que salió al pasillo. Solo para descubrir que sí se trataba de ella. Erin, quien no había visto en varios días, estaba de pie en el corredor mientras flirteaba con otro hombre. Era una escena extraña de apreciar en dicho lugar, principalmente con ella presente luciendo un elegante vestido azul. ‘¿Ella vino hasta aquí…para apostar?’ De hecho, los juegos de cartas era algo que se practicaba también en el palacio. Pero la dama de argentados cabellos nunca mostró interés en ello. Aquello llevó al duque a preguntarse si ella lo hacía por dinero, no obstante la respuesta resultaba ser aún más extraña. Todo se debía a una cafetería o algo similar. ‘¿Qué rayos está mal con ella?’ Ella expresó algo relacionado a un deseo, pero Raymond optó no por creerlo. “¿Su Alteza, por qué está aquí?” En el otro extremo del pasillo Jed, el subordinado del duque, avistó a Raymond segundos antes de acercarse con cautela. “Descuida, no fue nada.” El ex esposo de Erin replicó, regresando al interior de su recámara. Un acogedor fulgor áureo, emitido por las velas hechas con cera de abejas, abarcó cada centímetro de la habitación. “¿Has enviado el dinero?” “Sí. Debería tener las armas dentro de un mes.” Raymond asintió satisfecho. No tenía tiempo para pensar en Erin o Serena ahora mismo. “Okay. Asegúrate de que no hayan errores.” *** Erin se abrochó el cuello de su vestido a medida que alcanzaba la puerta de salida. Era medianoche, ergo una brisa fría soplaba desde el oscuro cielo. Las calles estaban inquietantemente silenciosas. Lucían tan desérticas en la oscuridad, que obligaron a la fémina a caminar presurosa hasta su tienda. Luego de una larga marcha, ella consiguió llegar hasta la Calle Viltrout, donde vio una pequeña luz parpadeando cerca de un penumbroso callejón. Pese a estar aún sin marcar y las vitrinas daban un vacuo espectáculo, la antigua duquesa tuvo un cálido sentimiento en su interior que fue incrementando a medida que cerraba la brecha con la tienda que poseía. “Melly, ya regresé. Todo fue resuelto, por lo que pronto tendremos nuestros granos…” Erin abrió la puerta de entrada con el fin de ingresar, mas terminó deteniéndose. “Ah, Srta. Erin. Ya está de vuelta.” Un hombre estaba frente a Melly, la cual había alzado la vista para saludarla. Dicho sujeto era alto, y tenía un corto cabello castaño claro. Además estaba enfrentado a la antigua criada. Solo la parte posterior de la cabeza le permitió a Erin saber quién era, ocasionando que segundos luego pronunciase su nombre mientras un súbito aturdimiento la invadía. “¿Einz?” Einz von Levnin era el actual Capitán de los Caballeros de la Espada Santa. Y también un amigo de la infancia de quien fue la esposa de Raymond. ‘¡Erin!” Un pequeño niño de cabello castaño claro sonrió ampliamente, en un tropel de memorias que se difuminaron entre sí. Pelo castaño y ojos violetas. Era un niño inusualmente lindo con rasgos demasiado finos para alguien de su edad. Ese era Einz. El amigo de la infancia de Erin que vivía en la residencia contigua a la de ella, con el cual compartió la mayor parte del tiempo mientras fueron pequeños. Poseían una procedencia similar, siendo hijos de grandes y poderosos caballeros, por lo que sus crianzas tuvieron mucho en común. Incluso fueron juntos a la escuela en la capital, comportándose como mejores amigos. Tenían alrededor de 9 años en aquel entonces, cuando Erin lució un infantil vestido que le llegaba a los tobillos debido a que era su cumpleaños. La niña, que agarraba con sus manos la falda adornada con encajes, disfrutaba de su tiempo jugando en un pequeño jardín de flores que su casa tenía. En simultáneo que Einz aparecía corriendo desde la cocina. ‘Erin, quiero enseñarte algo.’ El muchacho extendió la mano en dirección a la niña. Puede que solo tuviese nueve años, pero había sido criado para siempre ser educado. La muchacha, sin dudarlo, aceptó el ofrecimiento. Para luego ser guiada hasta la cerca que delimitaba el jardín. ‘Feliz cumpleaños, Erin.” Tras caminar juntos a la par hasta la cocina, Einz le tendió un plato con pastel. Era el favorito de ella. Ligeramente menos esponjoso que uno habitual, con fresas y crema batida arremolinada en la parte superior. ‘Einz me pidió que le mostrara cómo hacerlo. Quería que tu regalo fuese especial, Erin.’ Su madre esbozó una tenue sonrisa vergonzosa, pues si bien el pastel lucía un poco horrendo su sabor compensaba todas las falencias. De hecho, la joven Erin amaba todo lo que fuese dulce, por lo que no hubo problema alguno y tomó asiento para saborear el postre. ‘¡Está delicioso! Gracias.’ ‘Erin, de ahora en adelante te prepararé un pastel cada vez que sea tu cumpleaños.’ El niñato prometió, con sus orejas tornándose rojizas. Mas aquel juramento nunca se cumplió. A la edad de 16 años, los dos se separaron en el momento que Einz entró a una academia con el fin de tomar lecciones de caballeros. Si bien intercambiaban ocasionalmente cartas, nunca volvieron a verse de nuevo. Luego, Erin se mudó a la mansión del marqués, provocando que su relación con aquel muchacho de cabello castaño se debilitara aún más debido a la distancia. Los Levnin eran también una vieja familia, siendo vasallos del Imperio durante cientos de años. Pero la marea había cambiado paulatinamente desde la época de su bisabuelo, provocando que, para cuando Einz hubiese nacido, ellos fuesen realmente una estirpe de nobles pobres y decadentes. Pocos caballeros se alzaban de manera prominente de la noche a la mañana, como solía suceder en la ficción. Los hidalgos más prominentes tenían algo para respaldarse, ya sean sus familias o conexiones. El padre de Einz había mantenido una serie de trabajos despreciativos a lo largo de su vida, afectando directamente a su hijo pues no tenía forma alguna para ascender más allá del rango de un sencillo caballero. No obstante, Einz era un espadachín prodigioso. Ya siendo caballero, fue enviado a las peligrosas regiones del norte. Sin conexiones o respaldo que le fuesen de ayuda, terminó yendo de manera forzosa. Sin embargo, acabó siendo una oportunidad para él. Hace un año, hubo una masiva masacre demoníaca. En dicha batalla, Einz salvó a toda la Orden. Lo que lo convirtió en un héroe de guerra. Aquello lo llevó a ser reconocido por sus deberes, estableciéndose como Gran Maestro de los Caballeros de la Espada Santa a la edad de 29 años. A partir de allí, fue capaz de ejercer su cargo en la capital, al servicio del Palacio Imperial. Durante un baile de salón, un pulcro Einz que lucía manto repleto de medallas se acercó hasta donde Erin se localizaba, inclinándose respetuosamente. Ocasionando que el resto de los nobles volteasen a ver tal radiante figura. ‘Su Alteza.’ ‘¿Einz? ¿Realmente eres tú, Einz?’ Erin, deleitada, prácticamente saltó de su asiento segundos previos a cerrar la brecha con su viejo amigo. ‘Dios mío, cuánto tiempo ha pasado…’ Un adulto Einz vestía el uniforme correspondiente al de un Capitán de los Caballeros, con una dorada medalla prendida a su pecho. Aquel pequeño niño que jugaba con ella había crecido para convertirse en un guapo hombre bien arreglado y de rasgos delicados. De cabellera castaña clara y ojos violetas, que reflejaban un toque de sinceridad. Sin hablar de su fisionomía, cubierta con un uniforme militar que expresaba pulcritud y fuerza. ‘Realmente te has vuelto un hombre guapo.’ Erin estaba absolutamente encantada con la llegada de Einz al palacio. Exudaba absoluta felicidad porque durante toda su estadía allí nunca tuvo a su familia o amigos para que le hicieran compañía. Pero ahora, ella tenía alguien con quien compartir risas, incluso si solo fuese por poco tiempo. Algo que sucedió ocasionalmente. Mas nunca ella hizo algo que pudiese malinterpretarse. Siempre se encontraban en público, donde hubiesen testigos. Incluso cuando Einz visitaba la residencia de Erin, las criadas estaban presentes. No habían malentendidos. De hecho, nadie malentendía la relación. ‘Nadie, hasta que aquello sucedió.’ Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas