
La Villana divorciada hornea pasteles
Capítulo 12
La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 13 Al inicio ella pensó que así fue el caso, pero dado que nadie había reportado aún la condición de Einz al templo, era posible que solo fuese una coincidencia que la droga causara tal reacción. El veneno demoníaco era bastante sensible, e incluso con una droga, existía una gran chance de que él convulsionara por momentos. La corta duración de los espasmos también favorecían a la última opción. ‘¿Fue alguna clase de afrodisíaco entonces?’ ‘¿Acaso trataban de atrapar a Einz mientras aún estaba conmigo?’ “Einz, estoy bien.” “Pero Erin…” “Nada cambiará si dices la verdad ahora, porque nunca regresaré al palacio.” La antigua duquesa observó al afligido caballero, para luego declarar con firmeza. “No regresaré aún si el Duque sabe la verdad y me ruega para que vuelva. Así que, incluso si revelas lo que en realidad ocurrió, tú serás el único en ser sacrificado y nada cambiará. ¿Eso es lo que quieres?” “Quiero que tú…seas exonerada.” “¿De qué me vale ser exonerada por ese idiota?” Durante nueve años, Raymond había vivido con su amante en el palacio. Ella, por su parte, durante la misma cantidad de tiempo había sido una sensible duquesa que al final se hartó de todo. Era mejor que él creyese que Erin había tenido un amorío, pues le haría preocuparse más por su hipotético orgullo desmoronado. “¿Segura que estás bien?” “Sí, Einz. Estoy bien, y tengo esta tienda gracias a ti. Estoy realmente feliz.” En lo que se preparaba para la apertura del negocio, Erin ya estaba apegándose al lugar. Era agradable que el establecimiento estuviese en una calle tranquila, lejos de la poblada urbe donde vivían los nobles. Como resultado, ella nunca tendría que cruzar caminos con aquellos que la conocieron. “¿Te sientes bien ahora?” La antigua duquesa optó por cambiar de tema, provocando que el caballero suspire antes de colocar una mano en el hombro de la dama. “Sí. Me siento mucho mejor, la medicina que obtuve en el norte ayudó bastante.” “Eso es maravilloso.” El veneno demoníaco poseía una cura. Si era tratado con meticulosidad y de manera constante, era posible obtener una mejoría. Einz estaba saludable, por lo que sus chances de recuperación aumentaban. Él solo quería mantenerse fuera de vista durante el tratamiento. La fémina de argentados cabellos colocó su mano izquierda en el hombro derecho de su amigo y habló sin tapujos. “Si quieres ir y decirles la verdad, tendrás que esperar hasta que tu tratamiento haya acabado. Una vez conseguido eso, puedes hacer lo que quieras.” No existía problema alguno con desmentir los rumores una vez que la toxina de origen demoníaco estuviese curada. Puede que él sea castigado por ocultar su condición, pero sería degradado como mucho, no condenado a muerte. “¿Te parece bien? Prométemelo.” La duda podía verse en los ojos del caballero, pero ante la presión de su amiga, terminó rindiéndose. “Está bien, lo prometo.” Aquello dejó satisfecha a Erin. “Espera. Te prepararé algo delicioso. A pasado bastante tiempo desde la última vez que te hice algo.” Dicho eso, la fémina fue hacia la cocina con el propósito de prepararle un estofado de tomate al caballero. Antes de siquiera poder iniciar su tarea, ella necesitaba conseguir los ingredientes necesarios, por lo que marchó en dirección al jardín que había más allá de la puerta trasera. Una blanca luna se cernía sobre el oscuro firmamento, bañando con su luz el oscuro vergel en un tono nacarado. Erin caminó hasta donde las plantas de tomates se ubicaban, las cuales habían sido descuidadas por su antiguo dueño por demasiado tiempo al punto que muchos otros vegetales estaban muertos al momento de la compra. Aun así, todavía quedaban algunas con vida. Desde su llegada, la antigua duquesa se había dedicado a extraer las plantas marchitas para luego regar diariamente aquellas sobrevivientes y sembrar con nuevas semillas en los lugares vacíos. Ahora, con vegetales predispuestos a crecer fácilmente como lechugas y tomates, el jardín rebosaba de frescura. De cuclillas y estirando las manos a través de los arbustos, la dama de platinados cabellos sujetó un regordete tomate, procediendo luego a continuar seleccionando aquellos que estuviesen maduros uno a uno. Cuando ella trató de tomar una más, en lugar de sentir la frescura del fruto pudo percibir unos cálidos dedos. Einz, quien ahora estaba próxima a ella, había sujetado el tomate antes de que Erin pudiese. Lo que le hizo sonreír levemente. “Deja que te ayude.” Para que así juntos escogiesen los tomates necesarios en el pequeño jardín. Un sucinto recuerdo apareció en la mente de la fémina. Era de cuando ambos aún vivían cerca. Ella también, de niña, sembraba vegetales en su casa como lo hacía actualmente. Y los dos solían jugar juntos en un jardín parecido al que ahora intentaba cuidar. Mientras Erin disfrutaba de las memorias por un instante, volteó la cabeza en dirección a su amigo con el fin de interpelarlo. “¿Einz, recuerdas nuestro noveno cumpleaños?” “Sí, me acuerdo de ello.” Él contestó. “¿Cómo podría siquiera olvidarlo?” No importaba cuántas memorias se mezclaran entre sí para opacar los momentos felices, él sabía muy bien que nada sería capaz de hacerle olvidar un singular minuto compartido con Erin. ‘Nunca serían olvidados.’ ‘¡Einz!’ La muchacha de argentadas hebras reía libremente, y esa era una memoria que perduraría vívidamente en su ser como si hubiese ocurrido el día anterior. La misma niña risueña, sosteniendo con ambas manos un plato con pastel. ‘¡Feliz cumpleaños, Einz!’ Ella, inocentemente y llena de vida, sonrió. Fue la primera vez que Einz se percató que una de la misma edad de su amiga podía ser tan feliz. Sobre el plato se hallaba una circular pieza de pastel cubierta con crema rosada, y en la parte superior había una inscripción hecha con chocolate blanco. {¡Feliz cumpleaños, Einz!} No era un pastel gigante, sino uno pequeño. De hecho, hasta podría decirse que apenas alcanzaba el tamaño de una mano adulta. Pese a ello, un joven Einz le restó importancia a tal detalle y procedió a cortar una pieza del pastel para después comerlo junto a su amiga. ‘Está delicioso.’ Fue el pensamiento que el niño tuvo, vehemente en la creencia de que nunca olvidaría el sabor de aquel postre. En retrospectiva, no fue la gran cosa – solo se trataba de un esponjoso pastel con una gran cantidad de crema de fresas. No obstante, para el joven Einz, quien vivía solo con su padre y la mayor parte del tiempo la pasaba solo, el postre hecho por Erin brindaba un dulce confort a su alma. La antigua duquesa solo pudo sonreír por aquellas memorias. “Ese mismo año también me diste de regalo un pastel para mi cumpleaños.” Unos meses después, en la celebración del natalicio de Erin, aquel que luego se convertiría en caballero le retribuyó el obsequio con un postre propio. Ese recuerdo hizo que Einz riese. “Sí, incluso creo haberle pedido a tu madre algunas instrucciones, pero aun así el pastel no se elevó. Fue realmente difícil y un completo desastre.” Esa confesión hizo que Erin soltase una risa, la cual reverberó claramente en todo el jardín. “Aun así, fue delicioso.” La antigua duquesa era una bella mujer, que poseía una actitud tanto inocente como dulce. Una cabellera platinada, cuya tonalidad era símil a la luz emitida por la luna llena. Blancos y finos rasgos faciales, en conjunto a unos labios rosáceos y ojos tan verdes como las hojas del césped. Si bien su fisionomía delgada aparentaba fragilidad, su entero ser exudaba gracia y fortaleza. Aún si ella había crecido para ser una dama de la realeza, todavía persistían algunas trazas de ingenuidad infantil en sus hermosos y agraciados gestos. Los mismos que alguna vez tuvo aquella niña que solía jugar con Einz cuando eran infantes. ‘Si tan solo hubiese nacido en otra…’ A medida que él crecía, soñó más de una vez en casarse con Erin. Mas como el hijo de un pobre caballero, Einz no tenía recursos que le respalden. Fue por ello que se ofreció voluntariamente para marchar en dirección al peligroso norte. Él sabía a la perfección que si conseguía distinguirse en el campo de batalla, ganaría fama y fortuna, lo que le permitiría proponerse formalmente a ella. Desesperado estudió el arte de la espada, y una vez cumplido su objetivo fue a la batalla. Sin embargo, la noticia de que su vieja amiga se había convertido en duquesa llegaron a los oídos de Einz. Y sus mundos rápidamente se vieron de nuevo apartados. ‘…Me esforcé para entrar al palacio.’ Pese a que él obtuvo la posición anhelada, la perseveración inhumana hizo que se infectara con veneno demoníaco, el cual terminó afectando a Erin de una forma u otra. Generándole un asfixiante sentimiento de arrepentimiento. ‘Si puedo curarme, entonces podré revelar toda la verdad.’ ‘Y si aun así no puedo ser sanado, mi propósito por confesar lo que en realidad ocurrió seguirá en pie.’ El caballero nunca permitiría que su amiga de la infancia viviera con el estigma que los rumores fabricaron. Tras regresar a la cocina con una canasta repleta de tomates, la mujer divorciada procedió a lavarlos, pelarlos y cortarlos. Acciones que emuló con patatas y cebollas, a las cuales también fritó antes de agregarles algo de cerdo marinado y caldo, para después introducirlos en una olla donde se cocinaría todo lentamente hasta que estofado burbujease. Un delicioso aroma se desprendía en forma de vaho helicoidal, acarreando consigo el sabor de los tomates y la carne. Una vez finalizado, ella sazonó la comida con sal y pimienta. Para consecuentemente llevar todo hasta un pequeño comedor, donde Melly apareció segundos luego para acompañarlos. Ya sentados todos alrededor de la mesa, Erin inmediatamente sirvió a cada uno sus respectivas porciones de comida. Quien tiempo atrás fue una criada en el palacio imperial miró con curiosidad el estofado frente a ella, quedando luego embelesada con el sabor que se propagaba en toda su boca al probar un bocado. “¡Wow, esto está realmente bueno!” Exclamó Melly mientras devoraba toda la comida en su plato. Einz, por su parte, tomó cuidadosamente una cucharada luego de dejarse cautivar por el vapor cargado con el olor a los tomates. Comprobando así el apetitoso sabor del estofado que Erin había hecho. La frescura proporcionada por los tomates caseros, junto al profundo sabor de la carne y las patatas, creaban una perfecta armonía. “Está realmente bueno.” “¿Verdad que sí? Después de todo la comida que hace Erin es la mejor.” Mientras rellenaba su plato con más comida, Melly alabó a la ex duquesa. “Puede que hagas comida deliciosa, pero hay que admitir que tu especialidad son los postres. Creo que los rumores sobre los Erdans y sus impecables paladares son ciertos.” La ex sirvienta continuó halagando a Erin, lo que la hizo bosquejar una sonrisa incómoda antes de murmurar. “De hecho, creo que los Erdans tenemos un diente dulce.” La mayoría de los platos que su madre realizaba eran dulces. Quizás el hecho de que su madre, quién había vivido en las Montañas de Erdan antes de migrar hacia el Imperio, optase por la carrera de pastelera tuviese algo que ver con la idea del diente dulce. Alguna vez, hace tiempo, Erin pensó en ello. Ella no podía estar segura, pues los Erdans eran uno de los grupos étnicos más oscuros del continente. Ergo, poco se sabía de ellos. Una llovizna estaba efectuándose en el exterior, humedeciendo el jardín poco a poco ante la expectante vista del trío desde el ventanal. “Por cierto, ¿ya has decidido qué nombre ponerle a la tienda?” “Sí.” Tanto la nueva colega de la marquesa, como el capitán de los caballeros, fijaron sus miradas en Erin al instante. La última mencionada depositó su vació plato en la mesa y respondió, “He pensado en ello durante bastante tiempo.” El nombre en cuestión era, “Lemon Tree.” Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas