
La Villana divorciada hornea pasteles
Capítulo 15
La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 16 Otros clientes tenían historias parecidas para contar. Ellos llegaron de pura curiosidad, ordenando postres debido a lo impresionados que estaban con el sabor de los scones que recibieron como cortesía después de pedir una bebida. Y todos parecieron llegar a un mutuo acuerdo de que eran deliciosos. Nada mal para el primer día de trabajo, ¿verdad? Cambiando de lugar con Melly, la antigua duquesa regresó a la cocina para hacer más masa de galletas. Una preparación compuesta por manteca y huevo, espolvoreada con azúcar y esencia de vainilla. Erin procuró mezclarlo profusamente, para luego introducirlo en una manga pastelera que utilizaría segundos después en la formación de numerosas galletas del tamaño de monedas. Una irresistible fragancia a mantequilla poco a poco empezó a emanarse gracias a las cálidas llamas del horno. Luego de un rato, unas doradas galletas de explosivo sabor estaban listas. Permitiéndole a Erin darle un pequeño bocado a una de sus recién horneadas creaciones, sintiendo consecuentemente cómo se desperdigaba en cada recoveco de la cavidad bucal el sabor de la manteca endulzada. “Creo que a la tarde serviré estos en lugar de los scones.” Dicho aquello, la antigua duquesa se hizo de la bandeja con las galletas y se encaminó hacia la tienda. En el preciso instante en que ella abrió la puerta trasera que conectada el jardín a la entrada del negocio, se detuvo tras ver a unos hombres llegando desde el exterior. Lo que le hizo detenerse con sorpresa. “Señorita Erin.” El rostro familiar de un hombre de mediana edad le avistó, para luego acercársele. Tal cara era una que Erin habían visto día tras día durante los años que obró como duquesa imperial. Se trataba del chambelán del Emperador, quien se inclinó respetuosamente frente a la fémina de argentados cabellos. “Señorita Erin, Su Majestad el Emperador desea verla.” *** Nueve años atrás. Los rayos del sol traspasaban los vitrales ornamentales. Había un extenso pasillo que comunicaba a un pequeño anexo con una capilla en el lado oeste del palacio. Erin estaba de pie allí junto a un altar, donde una estatua de una deidad se posaba y a un costado descansaba un candelabro además de un cáliz dorado. La capilla estaba prácticamente desierta y en silencio, mas solo dos siluetas humanoides se podían atisbar. ‘Lo siento.’ El Emperador le dijo a la fémina de argentados cabellos, disculpándose con sinceridad. ‘Sabía que Raymond no sentía apego por este arreglo matrimonial. Pero nunca esperé que fuese tan malo. Lo siento, ni siquiera sé cómo verla a la cara.’ Aquello ocurrió alrededor de tres meses después de su matrimonio, cuando todos murmuraban cómo la nueva Duquesa era alguien aburrida, y que debido a ello Raymond estaba actuando de manera elusiva para con ella al punto de no querer siquiera compartir la noche de bodas. Ergo, el Emperador convocó a Erin hasta la capilla para disculparse. ‘Todo esto es mi culpa.’ Ella recordaba haber estaba tan sorprendida en ese momento que ni siquiera podía respirar. No podía creer que el Emperador, quien siempre lucía gigante y poderoso, estuviese postrado frente suyo, impidiéndole así el pensar en cualquier cosa. ‘Su-Su Majestad, todo está bien, no necesita mortificarse demasiado. Créame, está todo bien.’ Ella pronunció. ‘Estoy bien.’ Pese a ser la receptora de tales disculpas, Erin estaba avergonzada y luchaba por tranquilizar al viejo líder. Para ese entonces, ella creyó que era lo correcto. Había estado casado por tres meses ya, por lo tanto era capaz de seguir soportándolo. ‘Yo…Yo estoy profundamente agradecida con su Majestad por todo lo que ha hecho por mi padre.’ Aún si ella sabía sobre la falta de sinceridad de Raymond, como así la realidad por la que transcurría su vida matrimonial, la fémina de cabellos platinados se hallaba satisfecha con el hecho de que sus padres estuviesen en paz. Por un resultado final como ese, Erin estaba dispuesta a soportar cualquier humillación venidera. No obstante, el emperador no opinaba lo mismo, demostrándolo al sacudir la cabeza y decir, ‘Mientras viva, te protegeré sin importar qué.’ *** El viejo emperador mantuvo su promesa. Fue reticente a inmiscuirse demasiado en la vida personal de su nieto, mas se puso del lado de Erin cuando la situación lo ameritaba. Incluso cuando la situación se fue de las manos con Einz, él confió en ella y le dio todo su apoyo. Y ahora, la pequeña tienda de la antigua duquesa estaba repleta de sirvientes imperiales. Más allá de la puerta de entrada había un carruaje, lo que generó una total respuesta atónita por parte de los clientes que bebían té mientras Erin y el chambelán estaban presentes aún. “Su Majestad ha pedido que la lleve de regreso al palacio, Su Al- Lady Erin.” El sujeto de mediana edad, al servicio del líder que poseía el Imperio, informó educadamente. Su Majestad había regresado finalmente. La ex esposa de Raymond sabía que aquello ocurriría tarde o temprano. Sin embargo nunca esperó que fuese tan rápido, pues incluso si se trataba de una breve visita, ella no tenía deseos de regresar al palacio. “¿Es una orden?” Erin, calmada, cuestionó al chambelán. “¿El Emperador dio la orden de que regresara al palacio?” El hombre al servicio del imperio miró impasible a la mujer antes de contestar. “No. Su Majestad dijo que solo la estaba invitando a ir si quería.” “Ya veo. El Emperador es un hombre cortés y culto. Nunca habría forzado a alguien para hacer algo. Gracias por buscarme…” Asintió Erin, previo a enfocar y clarificar sus intenciones. “Pero no regresaré al palacio en el futuro próximo. Me disculpo por los inconvenientes que tuvo que pasar para hallarme, pero por favor hágaselo saber al emperador.” “Así será, Lady Erin.” En ese instante, la mente de la antigua duquesa recordó la bandeja de galletas que acababa de hacer y trajo a la tienda. “Oh, espera.” La fémina expresó, tomando un pequeño frasco de la tienda con el fin de llenarlo con galletas, envolviéndole luego la tapa con papel y atándole un lazo para evitar que quede suelto, dándole como toque final un decorativo moño. Lucía bastante bien una vez terminada la preparación, lo que contentó a Erin ya que de inmediato se lo dio al chambelán. “Es poco, pero por favor entrégueselo a Su Majestad.” *** Raymond caminaba por el extenso corredor interior del palacio imperial. El abuelo del anteriormente mencionado había estado lejos debido a la guerra y finalmente optó por regresar tras una larga ausencia. En los corredores que conectaban la recepción con la recámara de los empleados, Raymond deambulaba con su calma usual en dirección a los jardines. Provocando que, con cada paso, la gente empezara a inclinarse en una muestra de respeto. El palacio del Emperador era la parte más opulenta y lujosa de todo el territorio, con pisos de mármol y terrazas pintadas, corredores repletos con jarrones ornamentados y bellas esculturas que serían inimaginables para cualquier otro país. El imperio ya era rico desde antes, pero fue gracias al emperador actual que el nivel de prosperidad alcanzó metas impensables. “Su Majestad aguarda por usted.” La sala de té del emperador se ubicaba en el primer piso, frente a los jardines, y la esencia de las frescas flores revoloteaba placenteramente a través de los abiertos ventanales. A medida que Raymond se aproximaba a la mesa, las miradas de dos hombres que disfrutaban sus respectivas tazas de té se voltearon hacia donde él estaba. Se trataba del emperador y su canciller. El avejentado asesor se irguió de su lugar, para posteriormente inclinarse frente a Raymond, quien le ignoró con el fin de ser él quien se incline. “Me postro ante Su Majestad el Emperador.” “Sí. Bienvenido.” A diferencia del entrecano canciller, el líder del imperio lucía como un anciano amable y gentil con orbes azul grisáceas, las cuales eran inusualmente limpias para alguien de su edad, que observaban de manera fulminante a su nieto. Raymond, por su lado, tomó asiento frente a su abuelo. Era la primera vez que se veían en meses. El duque desvió la mirada en dirección al canciller, mas sus ojos permanecían sin emoción alguna en simultáneo que guardaba silencio. Sobre la mesa había una taza y una tetera hechas de porcelana fina, de la clase que solo podría hallarse en exóticas tierras más allá del mar. Ambas creaciones presentaban áureas filigranas que se entrelazaban a las pálidas flores cerúleas en el fondo blanco. Patrón que se repetía en todo el set completo de tazas de té. El emperador, quien amaba dicha infusión, tenía como hobby el coleccionar juegos de té. Algo perceptible cuando un sirviente vertió tal líquido en una de las tazas de Raymond. Diversos aromas atrayentes se plasmaban a través de un vaho que emitía el negro té que llenaba la inmaculada taza nacarada. “De seguro tuviste un duro momento reemplazándome.” “Nunca me podría comparar con usted Su Majestad, quien lideró la guerra en el Sur por cuenta propia. Mi inexperiencia es muestra suficiente para que usted esté aquí.” Expresó el duque, suministrando un leve tono de admiración en sincronía que le daba un sorbo a la infusión antes de asentar la taza sobre la mesa. El canciller, quien tácito oía todo, estuvo encantado con tal comentario. “Su Majestad ha liderado esta nación de forma más competente que yo.” Después de que las formalidades fueran declaradas, el emperador inmediatamente fue al grano. “Regresé más temprano de lo planeado porque ocurrieron algunos sucesos poco agradables en el palacio.” Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas