La Villana divorciada hornea pasteles

Capítulo 17

La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 18 La antigua duquesa cortó la humeante tarta en porciones, colocando una a una las rebanadas en una bandeja para luego ir hasta la tienda. Sin embargo, antes de que siquiera pudiese abrir la puerta, un estruendoso grito pudo oír. “¿Acaso esta cosa piensa que soy un mendigo?” “¡Ack…!” La dueña de la cafetería atisbó a un hombre de mediana edad empujando de manera brusca a una mujer, derribándola al suelo sin cuidado alguno. Esto ocasionó que Erin dejase la bandeja y corra de inmediato. “¡Melly!” “Srta. Erin, él está de vuelta.” La mencionada alzó la vista en dirección al enojado varón. Se trataba de un hombre de aspecto gruñón. Un cliente que visitó la tienda mientras Erin estaba de compras. La verdad del dilema recaía en que él solo insistía en haber pagado algo con diez monedas de oro cuando en realidad había pagado con monedas de plata. Y como si fuese poco, exigía su vuelto. Él había escuchado por parte de uno de los clientes habituales que la tienda era medianamente famosa en el área, por lo que se dispuso a verificarlo. Se trataba de un mal hábito de su parte. Visitar negocios nuevos, preferentemente conducidos por mujeres o ancianos, y crear disturbios como el actual. Para detenerle de causar más conmociones, solo se requería darle el dinero que tanto reclamaba tan pronto como fuese posible. Y la verdad es que para ella no era tanto dinero. El nieto de una mujer sentada en una mesa aledaña lucía absolutamente confundido. Después de todo se trataba de un cliente regular que estuvo presente desde el primer día. “Mire, puedo jurar que lo vi, y usted le dio diez monedas de plata.” “¿Qué? ¿Acaso eres el dueño? ¿Por qué interrumpes a un cliente?” “Yo soy la propietaria.” “¿Qué?” Erin contestó, irguiéndose frente al ruidoso hombre. “Soy la propietaria de esta tienda.” El sujeto acortó la brecha que les separaba. Era alguien corpulento, y a medida que se aproximaba, más grande parecía. “¿Usted es la dueña de este lugar? ¿Así es cómo entrena a sus empleados? ¿Acaso ni siquiera puede contar el dinero?” “Como usted ya lo vio, claramente fueron monedas de plata.” “¡Cállese!” Antes de que él pudiese terminar, algo brilló frente a sus ojos. Erin instintivamente volteó la cara. Un puñado de monedas de cobre cayeron al suelo. El hombre solo se burló de ella, pues había sido el culpable de aquella acción inesperada. “Es obvio que vine aquí con monedas de oro y un mero puñado de cobre. ¿Es capaz de ver alguna moneda de oro aquí? Quiero que las cuentes.” “¡Trata a la gente como mendigos, y les falta el respeto cuando usted solo posee una pequeña tienda como esta!” Era demasiado para un insulto. Las monedas se habían dispersado por el suelo. La tensión en el interior de la tienda era palpable. La ira y la conmoción invadieron el rostro de Melly, y los clientes observaban al hombre con disgusto. Erin no pudo evitar sentir lástima por Melly, pero aun así no estaba enfadada. A medida que la gente la observaba con expresiones tensas, ella de forma casual recogió todas y cada una de las monedas tiradas en el suelo. Para luego arrojarlas con ahínco al rostro del sujeto. “¿Cómo te atreves a lastimarme?” El varón, quien previamente se ponderaba con su altura, rápidamente cayó al suelo paralizado, alzando ambos brazos para cubrirse el rostro. “¿Qué demonios es esto?” Él clamó sorprendido. Erin, por su parte, solo volteó y expresó apática. “¿Por qué no los cuenta usted? Incluso si carece de modales, creo que al menos debería saber contar. Pero dudo que sepa siquiera lo más básico de las matemáticas.” “¿Qué?” Aquello conmocionó al hombre, pues nunca ningún propietario había reaccionado de dicha forma antes. Principalmente porque ellos intentaban evadirlo debido a su aspecto sucio. Por lo que ver cómo alguien se oponía a su modus operandi era nuevo. “¿Esta mujer está loca?” Fue en ese momento que el sujeto alzó su puño con el propósito de golpear a la antigua duquesa. Sin embargo la reacción de Erin fue mejor, haciéndose de una pequeña daga que siempre mantenía en su bolsillo. Algo que aprendió de su difunto padre, quien fue un caballero, ya que era hija única. Un poco de defensa personal para, fácilmente, apuñalar a su oponente. ‘En una situación como esta, es defensa personal. ¿Verdad?’ Eso fue todo lo que ella pudo pensar al respecto. No dudo ni un instante, pero antes de que ella pudiese hacer algo, el hombre ya estaba gritando. “¡Ack!” Sangre se deslizó desde la parte posterior de la rodilla del sujeto hasta el suelo. Detrás del buscapleitos, otro hombre se hallaba con blandiendo su espada. De azabache cabellera que emitía un sutil brillo cerúleo bajo la luz. Rasgos faciales delicadamente hermosos y unos vívidos ojos azules. Era alguien familiar. “¿Su Alteza…?” El hombre de aspecto sucio continuó exclamando de dolor en lo que caía al suelo tras recibir una patada en la cabeza. Sin perder ritmo, Calix estampó su pie derecho en la nuca del sujeto que poseía un grueso cuello. “¿Cuñada, debería matarlo?” El nieto adoptivo del Emperador movió su pie hasta la garganta del hombre caído, para posteriormente presionar con ahínco. Esto hizo que la tienda se llenara con sonidos de ahogo y agitación. Erin rápidamente lo detuvo. “¡No, no lo mate!” ‘¿Quién vendría a comer pastel en una tienda donde sucedió un asesinato?’ Calix, persuadido por la fémina, removió su extremidad inferior diestra de la frágil zona. “Como usted ordene, señora.” El golpeado sujeto huyó despavorido de la tienda, arrastrando su pierna herida en pánico. La antigua duquesa, por su lado, se disculpó velozmente con sus clientes. “Lo siento tanto por los inconvenientes.” No obstante, ninguno de los clientes se fijó en ella. La razón de ello era porque todas las personas eran mujeres. Mujeres que miraban ávidamente a Calix. Y con buena razón. Después de todo, se trataba de un bello espectáculo con sus rasgos atractivos. Sin perder tiempo, Erin limpió todo lo que estaba en el suelo para después llevarse al Archiduque al jardín. “¿Qué lo trae aquí?” “Cuñada, ¿cómo puede tratarme así? No eras así cuando me fui.” ‘¿En serio?’ Calix soltó una sonora carcajada. “Solo vine de visita, y estoy encantado de haberlo hecho.” Erin había pasado nueve años interpretando a la silenciosa y paciente Duquesa, por lo que no podía recordar cómo era antes. Quizás vivir en el palacio había cambiado su personalidad. “De cualquier manera, ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos.” Bastante tiempo transcurrió desde la última vez que ambos se habían visto. Él, por lo general, estaba siempre en su propiedad o fuera del país, lo que hacía que ella no pudiese verlo mucho a excepción de cuando fue joven. Pensando en compensar el tiempo perdido con él, la ex esposa de Raymond volteó ante la repentina aparición de Melly. “¡Señorita Erin, tenemos una orden!” La mencionada quiso disculparse con Calix, pero él ya se había adelantado. “Debes de estar ocupada. Volveré luego entonces.” “¿Solo te irás?” El archiduque volteó como si no se tratase de algo importante. “Ya he visto suficiente de tu tienda por hoy.” Alegó él. Acto seguido, marchó por todo el negocio y cruzó el umbral de la puerta, dejando a Erin con la intriga de que si era verdad lo que dijo antes. Aun así, ella todavía quería ofrecerle una taza de té. ‘Estoy segura de que no volverá más. Estoy divorciada, y nosotros no somos más familia.’ Quien poseía una cabellera argentada ocultó su decepción e ingresó nuevamente a la tienda. Un joven cliente apareció en la entrada del negocio. Se presentó como alguien que venía de parte de la familia Levonce. “Lady Caterina desea ordenar un pastel.” El pedido era una torta sacher para Caterina von Levonce, la cual necesitaba como tentempié luego del té. “¿Caterina…? ¿Lady Caterina?” Se trataba de una linda y segura mujer joven, hija de un duque y al mismo tiempo nieta del canciller. La torta sacher, por otro lado, era un pastel agridulce hecho a partir de un esponjoso bizcochuelo de chocolate cortado en rebanadas delgadas, con mermelada de damasco intercalado, y recubierto con una capa externa de chocolate. Algo complicado de hacer, pero no imposible. La única pregunta radicaba en, ¿por qué una joven Duquesa con la capacidad de poseer su propio chef familiar para que le cocine pasteles suficientes por toda una vida, busca realizar un pedido en la tienda de Erin? “Su Alteza Caterina también desea que el pastel hecho por la Señorita Erin sea enviado por ella misma en persona.” Incluso con esas instrucciones, Melly vio de reojo con incomodidad a la dueña de la cafetería. Existía una gran posibilidad de que estuviesen urdiendo algo. Por ello mismo, ella le transmitió tácitamente la sugerencia de que tuviese cuidado. ‘Por supuesto, sé que ella no ordenaría un pastel por el simple hecho de solo querer eso.’ Pese a eso, ya que ella hizo un pedido por un motivo especial, negarse estaba fuera de opción. La ex esposa de Raymond dudó por un instante, aceptando segundos luego. “Está bien, tomaré esa orden.” *** Finas hebras argentadas se mecieron de izquierda a derecha mientras una blanca crema con granos de vainilla eran batidos momentos previos a ser hervida. Al mismo tiempo que la crema empezó a burbujear, un sabroso aroma se emitió por todo el aire, como una mezcla perfecta de leche y vainilla. Batió la clara de los huevos y el azúcar que agregó a la crema que hervía suavemente. Luego, procedió a volcar la mezcla en un pequeño tazón, el cual cocinó hasta que la parte superior adoptase un pálido tono dorado. Tras remover la dorada crema, espolvoreó un poco de azúcar encima y lo derritió con fuego hasta crear una sólida capa de caramelo. Los níveos gránulos de azúcar, convertidos hasta emanar un dulce aroma empalagoso. Se trataba de crème brûlée, hecho a partir de crema cocida. Era algo simple, pero al mismo tiempo un postre deliciosamente sofisticado. “¿Será lo bastante bueno?” Cuando ella empujó con su cuchara el caramelo, la gruesa capa que recubría la crema se quebró, revelando el amarillento relleno. Calix estaba sentado en la mesada de la cocina. Curioso, recogió un poco de la crème brûlée y la admiró. Erin solo pudo ver cómo su finalizado postre se desvanecía en un parpadeo, consiguiendo solo al cabo de unos minutos preguntar. “Su Alteza, ¿qué le trae aquí hoy?” Habían transcurrido dos días desde el fatídico accidente con el hombre de aspecto sucio. El Archiduque, quien ayudó a la dueña de la cafetería aquel día, había regresado hoy. ¿Por cuánto tiempo estuvo sentado allí? Las mujeres, hipnotizadas con su presencia, no dudaron ni un segundo en seguirlo hasta el interior de la tienda. Todo solo para poder observarlo. A Erin le agradaba la idea de tener más clientes, pero no a costa de generar rumores extraños. “Vine a ver cómo trabajaba mi cuñada, y mientras estoy en ello, desearía que me vendieras algunos de los postres que haces.” La antigua duquesa estuvo a punto de recordarle que ya no era más su cuñada, y que los postres del palacio eran lo suficientemente buenos. Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas