
La Villana divorciada hornea pasteles
Capítulo 18
La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 19 ‘Bueno, él siempre fue un niño solitario.’ Calix perdió a su madre luego de dar a luz, y al cabo de un año le siguió su padre. Ambas figuras paternas difuntas, el Gran Duque y la Gran Duquesa, eran amigos del príncipe heredero. Por defender en el campo de batalla al heredero del imperio, falleció el padre de Calix. Fue debido a esto que el príncipe imperial se ofreció para cuidar al hijo huérfano de su amigo, adoptándolo luego como propio. Si se tratase de cualquier otra familia noble, la posibilidad de represalias hubiesen sido claras. Pero la familia del Gran Duque hace generaciones se había separado de la Familia Imperial, por lo tanto no hubo problema alguno. Después de todo, incluso se habían roto relaciones con la familia del emperador, continuaban siendo parientes que poseían la capacidad de heredar el trono. Sin embargo, dos años después de la adopción de Calix, el príncipe heredero enfermó y murió. Entonces él creció siendo mimado por el Emperador, quien a su vez era el padre de su difunto padre adoptivo. Calix tenía trece años cuando Erin llegó por primera vez al palacio. Desde ese momento él dedicó todo su tiempo a seguirla como una sombra, molestándola sobre su familia. Como una recién llegada, ella lo toleró porque él no era gruñón o incisivo. Él siempre tenía una gran sonrisa en su rostro, siguiendo a Erin por todos lados preguntándole. ‘¿Cuñada, qué estás haciendo?’ ‘¿Cuñada, a dónde vas?’ ‘¿Cuñada, jugarás conmigo?’ ‘¿Cuñada, quieres comer pastel?’ Aún si ella le respondía negativamente o le ordenaba irse, él no mostraba señales de molestia o enfado, dedicándose únicamente a sonreír y continuar detrás suyo. Con honestidad, era algo irritante, pero como era un niño tan jubiloso y lindo todo aquello quedaba en segundo plano para ella. ‘Aun así, han sido nueve años viviendo de esa manera, está claro que no podría vivir sin ti…’ Ella meditó. Afortunadamente, el Emperador lo detuvo. Ergo, él no estuvo al acecho de Erin durante varios meses. Él no solo dejó de seguirla a todos lados. Él simplemente dejó de ir al palacio. ‘Desapareció tan repentinamente que fue un poco desconcertante.’ Al poco tiempo se supo que él había dejado el palacio para aprender cómo manejar sus propios bienes. “¿Por qué no va a jugar a algún lado? Usted sabe, donde los nobles se reúnen.” Erin vocalizó en un susurro, a lo cual él respondió, con una pequeña cucharilla de té en la boca, de manera mal gestada. “Estoy muy seguro de que eres la única persona capaz de hablarme así en todo el imperio.” “No es divertido ir a otro lado, la capital es tan aburrida.” Los nobles preferían la capital, con su esplendorosa escenografía social, en lugar de las monótonas ciudades periféricas. Vivir en la capital representaba un costo importante, pero los representantes de la alta alcurnia desconocían de las diferencias económicas en la zonas aledañas. Calix, por supuesto, era la excepción a la regla. Él siempre permaneció en su propiedad. Pero por ahora, él solo frunció el ceño. “La capital es aburrida, con sus veladas diarias y fiestas, y bailes…Mi propiedad es un centenar de veces más divertida, y no hay nadie que me moleste allí.” “Eso es cierto.” Erin concordó sin problema alguno. De hecho, el joven archiduque era casi un emperador en su pequeño dominio. El Archiducado de Royten estaba tan lejos de las autoridad imperial, que podría considerarse fácilmente como un estado independiente. La falta de sanciones impuestas demostraban la extensión del afecto que el Emperador tenía para su adorable nieto, lo cual generó rumores como el posible cambio de heredero al trono. Mas al final eran puras sandeces. “Llevaré estos a la tienda.” Dijo Erin, reuniendo velozmente los postres terminados en una bandeja antes de irse. “Si desea algo más, en la alacena hay galletas de reserva. Puede tener tantas como usted quiera.” “¿A dónde vas?” El Archiduque lucía como si fuese a decir algo, pero Erin sabía que no terminaría de trabajar si permaneciese allí por más tiempo. Debido a ese pensamiento, ella cerró la puerta de la cocina y se marchó a toda prisa. Hoy era un día de franco en la tienda. Una jornada de descanso, pero la mujer de platinados cabellos tenía que asegurarse de que todo estuviese listo para que la cafetería no padeciera pérdidas. ‘Tengo que hacer esa torta sacher que me ordenaron para hoy.’ Erin pensó, ‘Y mañana es el día en que debo enviarla personalmente.’ La propietaria de la tienda se dispuso a ir de compras antes de que anocheciera, pues su regla principal era siempre tener todas las órdenes finalizadas la noche anterior a la entrega, o en su defecto también la mañana del mismo día. Melly, por otro lado, estaba sentada con una montaña de ingredientes en el interior del negocio. “Hey, Erin.” “Hey, Melly. ¿Cómo va todo?” La antigua sirvienta solo le dedicó una mirada fugaz a los materiales de artesanía que le rodeaban, los cuales incluían bolas de algodón, yeso, arcilla, y pinturas. Todo para recrear modelos de postres, los cuales usaría de exposición en las vitrinas de la tienda. Ella esculpió y coloreó cada uno de ellos con arcilla o yeso, recubriéndolos luego con pintura y una delicada capa de esmalte para otorgarles una textura brillante. El proceso definitivamente lucía desalentador, pero el resultado final era bastante convincente. Pues el macaron frente a ambas lucía muy parecido a los verdaderos. “Hiciste un buen trabajo. Luce real. Definitivamente eres buena en esto.” Escurrir café a mano y preparar té requiere de una personalidad meticulosa y diestra, algo que Erin asumió en Melly pues ella era buena haciendo tragos. Por lo tanto, también debería ser buena en artes manuales. “Hehe. De hecho, los macarons fue los más fáciles, solo debía darles forma y pintarlos.” Erin puso la crème brûlée en una jarra de vidrio y asió su manto. Melly, quien estaba entretenida fabricando una tarta con yeso, la vio y preguntó. “¿A dónde te diriges?” “Voy hasta la calle Bay Yard, debo conseguir ingredientes necesarios para el pastel que Lady Caterina ordenó.” Erin cerró la puerta y desapareció de inmediato. Melly continuó en la tienda, luchando con el yeso para realizar distintos modelos de postres. Y Calix, que fue dejado en el interior de la cocina que la casa de dos plantas tenía, se dedicó a observar el jardín a través de una pequeña ventana. Los vegetales lucían tan verdes contra el azul del cielo despejado. La casa era pequeña y acogedora, modesta incluso con su tienda y utilidades. ‘Ah, es un lugar tan pacífico.’ Él había ido al negocio el día previo a merodear, pero apenas llegó una extraña situación le recibió. Era la presencia de la antigua duquesa enfureciéndose al punto de usar ironías frente a un bullicioso sujeto. Nunca la había visto tan enojada antes. Cuando ella aún vivía en el palacio, se caracterizaba por ser silenciosa y solitaria. Él no solía verla demasiado, pero en cada ocasión que sí lo hizo, ella lucía más y más depresiva con el pasar del tiempo. Calix, en la actualidad, decidió sabiamente tomar asiento y esperar por el regreso de la dama con argentados cabellos. No tocó ninguna de las galletas que Erin había mencionado, esperanzado de que regresara. Pero sin importar cuanto tiempo transcurriese, ella no daba señales de volver. Tras una larga espera, el archiduque se irguió, cruzó todo el jardín que separaba la casa de la tienda, y abrió la puerta que se separaba de esta última. “¿Dónde está mi cuñada?” La criada, absorbida por su trabajo, se sobresaltó antes de responderle. “Erin ha salido de compras, necesitaba algunos ingredientes.” “¿A esta hora?” “Así es. Ella los necesita para el pastel que debe enviarse mañana.” Observando cómo el cielo se oscurecía más allá del ventanal, Calix abrió la puerta de la tienda y puso un pie en el exterior. *** A medida que el sol se ocultaba en el horizonte, Raymond dedicó una tranquila mirada a través de la ventana que su carroza tenía. El ocaso teñía en tonalidades carmesíes el sereno paisaje de la capital, algo que las calles desiertas acompañaban a medida que las horas transcurrían. Con cada traqueteo del transporte, el entrecejo del duque se fruncía más y más. Había pasado una semana desde que recibió la orden de llevar a Erin de regreso. Mientras tanto, el Emperador le había negado su presencia, al punto de declinar repetidas peticiones de trabajo. Estaba claro que Raymond no sería escuchado a menos que acatase la expresa orden de su abuelo. “¿Qué espera él de mí? ¿Por qué tengo que llevarla de regreso siquiera?” El ex esposo de Erin musitó irritado. “Su Alteza, no debe desobedecer las órdenes del emperador.” Jed, quien estaba sentado frente a él, advirtió preocupado. Raymond, por su lado, continuó observando el exterior y replicó ofuscado. “Nunca dije que lo desobedecería.” Era obvio lo que el Emperador pensaba. Él quería que su nieto se reconciliara con ella. Él quería que Erin regresara, pero ya que no podía poner presión en ella, Raymond era la segunda opción viable. Este último rememoró la primera vez que se conocieron. La última vez que vio a Erin, ella le dijo que ansiaba dirigir una cafetería y nunca más verlo. Y definitivamente él estaba seguro de que eso fue lo que ella dijo. ‘Una cafetería.’ Por un breve instante creyó que solo se trataba de una rabieta por parte de la fémina. No obstante, la cafetería fue inaugurada y vendía a diario. Incluso corría el increíble rumor de que ella misma horneaba los postres. “No hay forma alguna de que eso sea cierto. Por supuesto que no.” Raymond suspiró y volteó en dirección a Jed. “¿Dónde dijo mi ex esposa que quedaba su tienda?” “Sobre la calle Viltrout.” Meditándolo por un momento, el duque ordenó. “Vamos allá.” Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas