La Villana divorciada hornea pasteles

Capítulo 19

La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 20 Lucía demasiado pequeña la tienda de Erin a un costado de la tranquila calle. Cuando él oyó la palabra pequeña, pensó que se trataría de una minúscula casa de café. Pero lo que tenía delante era diez veces más diminuta de lo que se imaginó. Antes de que Raymond pudiese siquiera ingresar al negocio, ordenó que el carruaje aparcara no muy lejos de allí. “Aguarda aquí.” El lugar parecía estar cerrado, pues las luces estaban apagadas. Sin embargo la puerta estaba abierta. El duque abrió la puerta del negocio y se adentró. Rápidamente se dio cuenta de lo engañosas que pueden ser las apariencias, ya que rápidamente notó como la cafetería era más grande por dentro, pese a que todavía siga siendo pequeña bajo sus términos. Pues las que acostumbraba a visitar eran armerías o tiendas de ropas que eran capaces de abarcar todo un edificio completo. La tienda de Erin, por otro lado, era una ratonera. “Es increíble que ella viva en un lugar como este.” Bajo una mayor inspección, el nieto del emperador se percató que pese al tamaño, todo estaba sumamente limpio. Habían mesas, cubiertas con blancos manteles, y sillas sobre el alfombrado suelo. También divisó un cúmulo de yeso y arcilla desperdigado sobre la mesa central, acompañado por montañas de bolas de algodón y misceláneas. Entretanto observaba toda la tienda, el hombre detuvo por un instante su merodeo al ver la vitrina de exposición junto al aparador. Numerosos y coloridos pasteles, tortas y muffins estaban allí. Incluso algunas tartas y crème brûlée estaban también. ‘¿Segura de que tú los hiciste?’ Él había receptado rumores, pero se negó a creerlos pues sonaban demasiado ridículos. ‘No, por supuesto que no. Una mujer, que antes fue una Duquesa, jamás se rebajaría a realizar su propia comida.’ La Casa Briscia estaba ahogada en deudas, y él había escuchado cómo la gente hablaba de las habilidades que Erin tenía para hornear y vender pasteles en el pasado. Alguien una vez le envió a ella una pila de cortezas de masa como regalo solo para mofarse. Se trataba de un obsequio anónimo, ergo nadie pudo hallar al culpable. Fue en su cumpleaños, Erin abrió la caja, y se topó con aquel peculiar presente. Se mostró tan disgustada que inmediatamente lo desechó. Ella no se enfureció o demandó que el culpable fuese atrapado. Sencillamente pidió a las sirvientas que se lleven el regalo, para luego pretender que nada ocurrió. No pasó mucho tiempo para que todo el palacio se enterase de lo sucedido. Todos y cada uno de los presentes en aquel establecimiento cuchicheó sobre el tema, llegando al punto de burlarse de Erin por venir de una familia pobre. En aquella época a él no le importaba lo que la gente pensaba de su esposa. Excepto por el hecho de saber si era cierto que ella realizaba y vendía pasteles. Tomando una postura retrospectiva, no sabía nada de ella. Algo totalmente comprensible si se tenía en cuenta que casi nunca cruzaron palabras en los últimos nueve años. Absorto del mundo exterior por culpa de sus introspectivos pensamientos, Raymond reaccionó tarde cuando una mujer ingresó a la tienda a través de la puerta trasera y se inclinó sorprendida. “¡Su Alteza…!” “Creo que te reconozco.” La fémina que acababa de ingresar era Melly, la comerciante. No obstante, el duque no la reconocía. Él tenía una vaga sospecha de que ella era una empleada de Erin, y con buenas razones. El nieto del emperador rara vez estuvo en el palacio de la Princesa de la Corona, lugar donde la antigua duquesa vivía, por lo tanto era comprensible que no reconociese a Melly, quien había trabajado allí. “¿Dónde está Erin?” La ex sirvienta lo pensó por un momento. Erin no desearía tener a Raymond en su tienda. De hecho, le gustaría que desapareciera. Después de todo ella había visto con sus propios ojos cómo la antigua duquesa vivió en el palacio. Debido a esto, se aferraba a la idea de que Raymond no volviese a mostrar su rostro en la tienda. No si su propósito es hacer sufrir a Erin. “Ella salió a comprar ingredientes. Tal vez le tome algunas horas, así que por qué no regresa después…” Melly mintió descaradamente, solo para hacer que se marche. Sin embargo, el nieto del emperador no era alguien que cediese tan fácil. “Está bien. Esperaré.” *** Le tomó menos de una hora caminar desde la calle Viltrout hasta el distrito comercial de la calle Bay Yard. Estaba localizado en la parte sureste de la capital, bordeado por un pequeño río que poseía un puente encima con la finalidad de guiar a una ciudad aledaña. La cual era lúgubre y peligrosa. En tres áreas principales estaba dividida la calle Bay Yard. La primera se trataba de una bulliciosa sección con un bazar, la segunda se caracterizaba por un grupo de pequeñas tiendas, y la última zona era donde los suburbios se hallaban. Lugar donde gente sospechosa entraba y salía a diario. Como cualquier otro lugar en la capital, la calle Bay Yard poseía pulcras y bien cuidadas aceras. Sin embargo, acercándose al final uno era capaz de toparse con sucias callejuelas de ladrillo con poco pavimento. Estos últimos eran angostos y sucios callejones con tiendas de mala calidad abarrotadas una con otra. ‘No debería ir por zonas abandonadas.’ Una joven señorita de la nobleza normal nunca vendría a lugares como ese. Pero Erin había hecho el mismo recorrido tiempo atrás con sus padres, por lo general para ir de compras. El mercado era un grandioso lugar para conseguir comestibles debido a su precio barato. La antigua duquesa ingresó a una tienda con un letrero familiar. Allí mismo vendían ingredientes de pastelería como chocolate y mermeladas. Inmediatamente una enorme caja fue abarrotada con dulces. Las tortas sacher eran un tipo de pastel que requería mucho chocolate. Naturalmente esto indicaba el primer ingrediente necesario. Acto seguido, la fémina de argentados cabellos hurgó en su cartera y compró bastante de este mismo, para después repetir el proceso con la mermelada de damasco. Una vez finalizada, ella regresó por donde vino. Fue notorio, gracias al oscurecido cielo, cuán tarde era ya. Complementándose casi de inmediato con la carencia de gente a su alrededor. El sol se había ocultado detrás de una casa de ladrillos con un letrero en mal estado. Más pronto que tarde, algunas luces desperdigadas enseñaron cómo las tiendas cerraban, invadiendo toda la zona en penumbras. Lo que antes era una calle bulliciosa, ahora estaba inquietamente silenciosa. La calinosa bruma de la noche empapaban los maltratados caminos. Erin apresuró el paso tanto como pudo a través de las oscuras calles. Solo necesitó de unos instantes para que ella percibiese una presencia familiar. Ella sabía que alguien le estaba siguiendo. Inmediatamente volteó la cabeza en dirección a donde receptó aquella sensación. Momento exacto en que un ladronzuelo emergió de un callejón y se abalanzó sobre la antigua duquesa. “¡Ack!” Afortunadamente, ella volteó justo a tiempo para evitar ser arrastrada al suelo. Un contundente golpe Erin le propinó al sujeto en la cara con el canasto de compras. “¡Argh!” El chocolate en el canasto se destrozó, y la bolsa que contenía chispas de chocolate terminaron emulando una lluvia sobre el cuerpo del derribado ladrón. Se vertió todo cual explosión, deteniendo momentáneamente al sujeto por el pánico, y permitiendo así que Erin se aleje del lugar corriendo. Desconocía hacia dónde iba, pero aun así continuó esprintando en angostos callejones que tenían a cada lado pequeñas tiendas y casas en ruinas. Observó a todos lados en busca de ayuda, sin embargo todos los negocios tenían las cortinas cerradas. La fémina de argentados cabellos, pese a ese detractor, siguió corriendo a través de las sinuosas calles sin detenerse. Ella portaba una vestimenta simple, compuesta por una enagua y un vestido presentable. No obstante, mientras corría ella no podía evitar pensar que el borde inferior de la falda flameaba alrededor de sus piernas como si fuese un espectáculo delicado. Si hubiese vestido un corset, ella no había sido capaz de correr como ahora. Sin embargo, la falda por sí sola ya era peso suficiente. Erin estaba ahogada por la falta de oxígeno. Pese a su cuerpo cansado, ella no corría imprudentemente, pues reconocía la geografía de la zona hasta cierto punto. Aún mientras huía frenéticamente, ella rebuscó en su mente una manera de hallar el siguiente callejón. Se dio cuenta que el callejón era complicado de recorrer debido a los constantes giros que presentaban antes de alcanzar una encrucijada. Desde ese punto, ella podía esconderse en una de las calles laterales y aguardar con el fin de contraatacar. Realizó su intento, mas la enagua se interpuso en el camino, empeorando aún más su situación cuando se dio cuenta que la larga falda que cubrían las piernas le impedían movimientos fluidos. La antigua duquesa continuó escapando desesperadamente hasta donde el camino se dividía en tres, no obstante el ladrón atinó a sujetarle el vestido desde atrás. “¡Ouch!” Cayendo de inmediato, el hombre se abalanzó rápidamente sobre ella, sujetándola contra el pedregoso suelo. Erin trató de empujarlo con sus pies en un afán de librarse, pero todo ello fue en vano ya que no tenía fuerza suficiente. Se removió de forma constante, ignorando la suciedad que se adhería a ella con cada segundo que transcurría. Una vez que pudo tener las manos libres, abofeteó y lanzó puñetazos hasta el hartazgo, haciendo caso omiso a la fatiga de los músculos. Aun así, el ladrón era más fuerte que ella, haciendo gala de su fuerza al someterla y evitar que escape. Sin darle tiempo a reaccionar, el malviviente extrajo un pequeño cuchillo de su bolsillo. Específicamente se trataba de una daga con un filo bastante pronunciado pese a ser chico. Ante aquel objeto, la fémina se apresuró en morder la mano que intentó cubrirle la boca, hundiendo lo suficiente los dientes para generar una reacción en su agresor. “¡Ow!” El sujeto clamó afligido, sujetándose la extremidad afectada y, en consecuencia, permitiendo que Erin rompiese su asir antes de ponerse de pie. Y una vez más, antes de que pudiese dar el primer paso, una mano le sujetó del tobillo. “¡Ack!” Nuevamente Erin cayó de bruces al piso. Aunque aquello no restringió la poca maniobrabilidad que tenía todavía la fémina, pues había conseguido alcanzar la pequeña daga que cargaba en su cinturón. A medida que el hombre acortaba la brecha que los distanciaba, Erin giró para enfrentarlo en simultáneo que asestaba una contundente puñalada en el hombro del ladrón. “¡Oof!” Sangre brotó como si de una fuente se tratase, permitiéndole tiempo necesario a la actual pastelera de intentar huir. Algo que no pudo concretar, pues el ladrón atinó a extraer el arma blanca de su hombre momentos previo a sujetar de nuevo la falda de la fémina y aprisionarla. “¡¡Tú…!!” El varón alzó la mano que empuñaba el arma blanca con el propósito de apuñalarla. La afilada hoja, brillando salvajemente en medio de la oscura noche, hizo que Erin se removiera en su lugar con frenesí. En ese preciso instante, un extraño sonido inundó los callejones. Siendo poseída por una amalgama de cautela y temor, la ex esposa de Raymond vio por encima del hombro izquierdo cómo un afilado objeto emergía desde el torso del ladrón. Una espada específicamente. La hoja azabache, atravesando de lado a lado el pecho del hombre mientras la sangre goteaba lentamente a lo largo de todo el filo hasta llegar al extremo, para consecuentemente tener intenciones de caer al suelo. Los ojos del ladrón se voltearon, indicando cómo su fuerza vital le abandonaba poco a poco. Swoosh. La hoja que había acabado con una vida se retiró en un instante, provocando que el difunto hombre se tambalease sobre Erin. Asustada, ella empujó del camino al ladrón, cuya sangre acumulada en la herida mortal comenzó a empapar en tonalidades carmesí todo el suelo. El sujeto estaba realmente muerto. La dama de platinadas hebras alzó de forma prudente la cabeza, siendo lo primero que vio una afilada y ensangrentada espada. Un hombre alto, de pie mientras sostenía una espada bajo el cielo nocturno, con orbes cerúleas que brillaban gélidamente debido a las parpadeantes luces del callejón. Dio un paso hacia delante, acercándose a Erin. “¿Cuñada, estás bien?” Se trataba de Calix. Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas