La Villana divorciada hornea pasteles

Capítulo 8

La villana divorciada hornea pasteles Capítulo 09 “Pese a que pasó bastante tiempo aún me reconoce, Vizconde.” Erin trató de rememorar alguna ocasión en la que hubiese estado cerca de ese hombre, incluso como invitado. Sin embargo, aquello nunca había ocurrido, ni siquiera por un mero momento. Después de todo él era un bastardo bastante notorio, sin olvidar que también un mujeriego en la capital. Habiendo reconocido el rostro de la fémina, el heredero de la familia Arndt volvió a sentarse al mismo tiempo que sus ojos parecían recobrar un dejo de sobriedad. Atinó a emular vagamente la mueca facial que ella realizó, para después hablar. “¿Por qué ha venido hasta aquí? Duquesa… No. ¿Ya no es más duquesa, verdad? ¿Es una marquesa ahora? Entonces Señorita Erin, ¿vino buscando apostar o algo por el estilo? Porque si es así lamento informarle que eligió el piso equivocado. Debería dirigirse escaleras abajo.” Acomodándose en el sofá, el hombre llenó su apagada pipa con una especie de polvo. Antes de exponerse a más de aquel humo raro que trasminaba toda la habitación, Erin decidió explicar los motivos de su visita. “No estoy aquí para apostar. Vine a verlo porque tenemos que hablar sobre algunos productos que me ha enviado.” “¿Por qué? ¿Acaso no fueron de su agrado?” El vizconde soltó una pequeña risilla ante la palabra ‘productos’. Él sabía claramente el motivo de la visita de Erin. Le había enviado basura adrede. Pero las protestas de la mujer parecían no molestarle ni siquiera un poco. ‘¿Qué importa si no le gusta el envío? El duque se deshizo de ella.’ Eso era lo que él pensaba sobre ella, y claramente se plasmaba en su comportamiento. “¿Qué ocurre con ellos? Estoy bastante seguro que le envié lo mejor que tenía.” Erin bosquejó una inocente sonrisa, como si no supiese sobre el tema. Para consecuentemente hablar de manera tranquila. “Yo también pienso lo mismo. Por eso hice que lo envolvieran y enviasen como un regalo al emperador.” “¿Espera, qué?” El Vizconde, quien disfrutaba de su adicción, arrojó a un costado la pipa y se puso de pie otra vez. Observando la expresión atónita de su oponente, Erin pronunció ingenuamente. “Su Majestad siempre ha preferido el té negro, pero pensé que le gustaría probar el café ahora. Es un furor hoy en día, y oí de un médico que una taza de café al día es bueno para la salud. ¿Qué ocurre? ¿Acaso algo malo con ello?” “¿Huh? ¿No lo ordenó para su tienda? Srta. Erin, escuché que estaba por abrir una cafetería. Envíe a alguien de inmediato al palacio y dígale que regresen con la orden. Aquellos granos fueron todos lo que se pudieron transportar, por lo que sería imposible para mí conseguir más…” “La verdad es que pensé en vender café en mi tienda, pero tras pensarlo mejor, el local se especializa en postres. Y el té negro sabe mejor con los postres a comparación del café, por lo que decidí enfocarme en lo que más convenía.” La inocente explicación de la ex duquesa causó que el Vizconde la observase estupefacto, procediendo a tartamudear confuso. “Bueno, sí, pero esos…Esos granos eran…” “¿Qué ocurre con esos granos? Obviamente ordené los más costosos, incluso tengo el registro del pedido para confirmarlo.” Erin extrajo dicho papel de su pechera y lo sacudió frente al hombre para que pudiese apreciar los detalles de la transacción. Feliz consigo misma, la fémina bosquejó un semblante repleto de virtud. “Pagué trescientas monedas de oro por esos granos. ¿No me lo habrá enviado en malas condiciones, verdad?” “……” Boquiabierto quedó el vizconde en simultáneo que su expresión facial se petrificaba, como si finalmente se hubiese dado cuenta de la situación en la que estaba metido. “Ha. Eso es asombroso. No tenía idea de que reaccionaría así. Pensé que era una muchacha estúpida a quien expulsaron por tener un amorío con un caballero de alto rango.” Tomó asiento el heredero Arndt, soltando un suspiro de admiración por la mujer frente a él. Aunque todo ese respeto se desvaneció en el instante que él recogió la pipa caída con el propósito de encenderla nuevamente. El humo amargo del opio ascendió un poco en el aire antes de caer en una hipnótica danza helicoidal hasta el suelo. Tras darle una profunda bocanada a ese venenoso vaho, el vizconde se burló. “¿En serio creyó que me pondría de rodillas para suplicarle, mi querida señora? Si soy reprendido por el emperador, sencillamente rogaré por su perdón alegando que todo se debe al error de un sirviente. Pero incluso si eso es mentira, el emperador es alguien piadoso y perdonará de un modo y otro a ese falso culpable.” “……” “Luego la recompensaré con un nuevo lote de granos, cerrando así el problema. Le pagaré con dinero, para que pueda tomarlo. Pero ni siquiera piense en ordenarme más cargamento, pues nunca más le venderé a usted.” El hombre espetó en simultáneo que portaba un rostro gruñón. Erin estaba segura de que múltiples tiendas habían sido receptoras de amenazas similares antes. Incluso si se trataban de negocios diferentes, ellos no tendrían más opción que acceder al cargamento de granos en mal estado. Este hombre, extendía su monopolio en base a la venta de los granos de café, obligando así a que el resto fuese receptora de las meras sobras que él les brindaba por capricho. Si el heredero Arndt sentía disgusto por un cliente, sencillamente decidía no venderles el mes siguiente. Ante todo aquello, la única fémina presente en aquella recámara asintió de manera dócil. “Por supuesto, Vizconde. Si usted admite que fue un error, ruego perdón y ofrece una compensación, seguramente Su Majestad lo dejará pasar.” “Exacto.” “¿Pero cree usted que los demás serán tan indulgentes como el Emperador?” Esta vez fue el turno de Erin para reír. “Usted no es capaz de diferenciar algo de calidad con basura podrida, pero aun así la vende por dinero. Me preguntó qué dirán los otros comerciantes cuando sepan que aquel con los derechos exclusivos para la venta de granos de café estuvo estafándolos.” La antigua duquesa parló serena, regalándole una tenue sonrisa. “Aún si Su Majestad le otorga un perdón, dudo que una compañía tan desastrosa como la suya sea absuelta con tanta facilidad. ¿Acaso no cree que los demás comerciantes reclamarán por el trato preferencial?” El Vizconde Arndt le había vendido a la exiliada duquesa por trescientas monedas de oro un cargamento de granos podridos. Si esa noticia quedase expuesta al público general, todos pedirían su cabeza, incluso si dijese que todo se debía a un simple error. Muchos negocios anhelaban ser capaces de importar y vender los tan ansiados granos de café. Era obvio que consideraban a la familia Arndt, quienes poseían ese monopolio, como una espina en el costado. Por ello, para hacerse de los derechos exclusivos de un producto, es necesario seguir correctamente algunas reglas. Uno debe comerciar de la forma más justa posible con el fin de evitar quejas en relación al producto en cuestión. Sin embargo, si uno tiene un monopolio y envía cargamentos de basura en lugar de buenos productos, está claro que serían llevados con el emperador… Las otras tiendas que deseaban vender granos de café definitivamente atacarían a la familia Arndt con esa justificación. Aprovecharían la oportunidad, incitando a sus conexiones en los ministerios para perturbar de todas las maneras posibles hasta el punto de quiebre al monopolio Arndt. El Emperador sería capaz de aceptar que solo fue un desliz si se lo dijesen, pero definitivamente se lo tomaría como algo personal si fuese el receptor de un regalo compuesto por granos defectuosos y en camino a la putrefacción. Si uno de los ministros a su disposición sugiriera, “No es buena idea confiarle un monopolio, tan importante como el de los granos de café, a una persona incompetente cuando se trata de administrar las cargas.” Los derechos exclusivos serían revocados al instante. Y eso era lo que Erin tenía en mente exactamente, pues el semblante del vizconde se tornó trémulo. “Bueno, eso es…” El hombre tartamudeó confundido, incapaz de coordinar sus pensamientos. Era definitivo que estaba avergonzado. ‘¿Se atrevió a desafiarme? Bueno, él nunca hubiese sido capaz de imaginar esta reacción.’ Él nunca esperó que Erin respondiera de tal manera ante su envío, creyendo que le rogaría por un reembolso antes de rendirse y marcharse. Después de todo, él era un noble acaudalado. Uno que asistía a los eventos imperiales, dónde conoció por primera vez a la fémina de platinados cabellos. Etiquetándola de inmediato como una mujer tan tímida que aceptaría sin rechistar toda clase de humillación. Cualquiera que la conociese en aquellos días sabría que ella era una persona débil. Porque así lo fue. “Deme el cargamento correcto.” Erin cerró la brecha entre ambos, extendiendo la mano derecha a modo de exigencia. “Definitivamente ordené y pagué por los granos de mejor calidad, así que entrégueme los productos apropiados. Una vez que los tenga, me contactaré con el palacio imperial con el fin de solicitarles la devolución del cargamento, alegando que accidentalmente envié el regalo equivocado a Su Majestad.” “……” Ante la clara amenaza de la marquesa, el hombre optó por permanecer en silencio. Sumergido en sus pensamientos mientras el vaho de la pipa parecía desintegrarse a su alrededor, Erin podía prácticamente escuchar los engranajes de su mente trabajando a doble velocidad. Después de un momento, el vizconde alzó su mano derecha. “Muy bien, le enviaré los mejores granos que tengo por el equivalente a trescientas monedas de oro como usted ordenó. De esta forma estaremos a mano.” “Seiscientas monedas.” “¿Qué?” “Me enviará un cargamento equivalente a seiscientas monedas de oro. Fue su culpa, por lo que deberá pagarme por los daños cometidos, además del costoso trabajo que me tomó venir hasta aquí.” “Hey, hey…¿No piensa que es demasiado pedirme el doble?” “Usted tomó mi dinero y a cambio me dio basura que ni siquiera vale la mitad.” “……” Sin palabras se halló el vizconde contra la calma amenaza de Erin. “Si no me escucha,” ella pronunció, “solo me abstendré a escribirle una petición al Emperador y todos los ministros, diciéndoles que fui estafada por usted.” Después de un breve momento donde el ambiente se tornó tácito, se pudo visualizar cómo las manos del vizconde se elevaron más allá de su cabeza previo a rechinar los dientes y gruñir una contestación. “……Okay, haré lo que usted me pida.” Traductor: Hitsuzen278 Scan: Gremio de Hadas