Llora, aunque mejor si suplicas

Capítulo 29

Capítulo 29 Un deseo fallido La sonrisa que se formó en el rostro de Matthias se desvaneció en un santiamén. Cuando la miró con un brillo frío en los ojos, Leyla sintió que el corazón le saltaba a la boca. —Me iré entonces. Mientras hablaba, Leyla clavó su mirada en la taza de té que tenía delante, ignorando por completo su presencia. —... ¿Perdón? —No me quedaré más allí. Me iré y no seré una molestia en tu finca. —¿A dónde vas? —A cualquier sitio. Apretó el puño que empezó a temblar, junto con el frío que sentía. No te asustes- se tranquilizó Leyla, aunque sabía que era una tontería. —Arvis no es el único lugar de este mundo donde puedo hacerme un hogar. Sus palabras no perdieron nada de su veneno, escupiendo una espina tan afilada como el golpe que él le escupió. Pero Matthias simplemente le dio la espalda, tomando su queja como un capricho pasajero. Leyla quería huir de su asiento y salir de allí cuanto antes, pero lo que había sucedido el verano pasado -el día que perdió el sombrero y cayó a un río helado por negarse a comer lo que él le ofrecía- se había presentado en su mente y le había clavado los pies firmemente en su sitio. No quería volver a pasar por ese trauma. Mientras fijaba la vista en la taza de té, Leyla sorbió su café caliente a toda prisa. Estuvo a punto de atragantarse, pero Leyla consiguió terminárselo de un trago, hasta que la taza de té dejó ver su fondo. Entonces, aspiró un largo suspiro para calmarse. —Leyla /sibilinó Matthias, señalándola. Lelya se puso rígida y se apresuró a sacar el dinero del bolso y ponerlo en el borde de la mesa. Matthias se burló: /—¿Qué es esto? —Es dinero para pagar el café que me he tomado. /Leyla abrió los labios y se esforzó por pronunciar las palabras. Su mirada seguía clavada en el dedo de él. —¿Crees que soy el tipo de persona que necesita a alguien como tú para pagar una taza de café? —No lo sé, pero no quiero recibir nada de ti. Con esa frase, Leyla sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. El temblor comenzó de nuevo mientras sus manos se empapaban de sudor frío y sus dedos adquirían un tono más pálido. Aun así, su curiosidad acabó por vencerla. Porque este lugar no era Arvis, donde Leyla Lewellin solía vivir la vida de una pobre huérfana bajo su mundo. —Levanta la cabeza. —No quiero. —Levanta la cabeza, Leyla. —Deja de darme órdenes. La creciente exasperación le apretó la garganta. Miró a Matías con una llamarada de indignación ardiendo furiosamente en sus ojos. —No soy tu sirvienta. Una repentina oleada de valor temerario había borrado las ondas de temor que habían estado agitándose en su interior durante algún tiempo, calentando su respuesta. —¿Sirvienta? —Obviamente fui criada por el tío Bill en Arvis, pero eso no significa que sea tu sirvienta. —¿Es así? ¿Qué eres, entonces? —... No soy nadie. El rabillo de sus ojos se sonrojó débilmente —Lo he sido y siempre lo seré. Un dolor agudo atravesó sus sentimientos justo en ese momento. Sus ojos esmeralda se humedecieron con lágrimas mientras miraba a Matthias. Pero aun así, ella todavía lo agarró e incluso se aventuró a enfrentarse a él. Matthias se limitó a sujetar el asa de su taza de café sin decir palabra. Pensaba en el día en que quiso estrangular a Leyla Lewellin y deseaba volver a hacerlo ahora mismo. El calor sofocante de una tarde de verano, cuando se sentía tan sucio como sus ropas desordenadas después de revolcarse por el suelo de tierra. Cuando enloqueció ante los actos de una simple mujer despreciable. “¿Y si te hubiera estrangulado entonces...?” En su mente, Matthias llegó a la conclusión de que lo que sentía en ese momento no era tan malo como lo que estaba sintiendo ahora. Ahora mismo, se sentía como un bicho raro. La sensación de dejarse llevar por un deseo inexplicable y una obsesión compulsiva por una mujer sin nombre era lo que más le repugnaba. Matthias cogió el dinero que ella había dejado sobre la mesa y se levantó de su asiento. Luego, lo dejó caer uno a uno sobre el regazo de ella. —Cógelo. Leyla le fulminó con la mirada. Mirándola a los ojos, que se volvieron de un rojo lívido, Matthias le arrojó algunas de sus monedas de oro por la falda. "Y esto también". —¿Qué estás...? —Gracias, es lo que deberías decir, Leyla. Matthias se burló en tono ridículo. —Similar a cómo recibes el dinero de Claudine. Con gratitud. Con cortesía. Los ojos de Leyla se nublaron cuando él se burló, pero ella no dejó caer sus lágrimas. Movió los labios para contrarrestar su severidad, pero las palabras resbalaron y se deslizaron de su lengua. —Te he quitado tu tiempo, aunque no seas mi criada, así que te pagaré tus honorarios de trabajo. Un gran temblor se apoderó de ella. Leyla apretó los dientes, pero por su cara ya corrían torrentes calientes de dolor. —Si no te gusta, piensa que me compadezco de la pobre huérfana. Las lágrimas empezaron a hacerle cosquillas en la mejilla. Profundas emociones se agitaban sin otra salida que a través de sus prolongados sollozos que goteaban como una joya. —Le lames las botas a un tipo que quiere casarse contigo por compasión, y sin embargo deseas mantener tu orgullo por unas monedas. Qué divertido. La mueca de desprecio de Matthias era como un hilo invisible que tiraba de ella. Leyla le frunció el ceño con gallardía, pero su total disgusto ya se había convertido en lágrimas que seguían lloviendo por sus mejillas como un río al salir de una presa. Matthias salió del café con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. Leyla Lewellin era una mujer que ni una sola vez sonreía en su presencia, pero también era la mujer que, cada vez que entraba en contacto con ella, rompía a llorar desconsoladamente. “Si no puedo hacerte sonreír, te haré llorar". Su risa o sus lágrimas, Matthias la amaba en todas sus manifestaciones. Si sólo pudiera darle dolor, la lastimaría tan profundamente como pudiera. “Por lo menos, no me verías como una pequeña mancha en tu vida.” Antes de salir del café, Matthias se dio la vuelta y la miró fijamente a la cara. Leyla se limpiaba la mejilla cada pocos segundos mientras lloraba; sus gafas descansaban en el borde de la mesa. Matthias pidió un deseo mientras sus largas zancadas le llevaban lentamente a abandonar el Museo de Historia Natural. “Que Leyla se case pronto con el hijo del doctor y desaparezca de mi mundo". “Y que las lágrimas y heridas que yo había esculpido, perduren para siempre en su memoria.” *** El sol ya se había ahogado en el cielo del oeste, pero Leyla aún no había regresado a su hotel. Kyle, que buscaba a Leyla en su hotel para cenar con ella, salió del vestíbulo con cara de preocupación. Aunque ya no era una niña, esta ciudad le resultaba extraña; podía haber gente mala por todas partes. —Bueno, ella no tiene miedo, pero aún... Kyle dio una zancada vacilante por la calle. Su mente iba más rápido que sus pies. Había supuesto que estaría en el museo, pero cuando él llegó ya había cerrado. La había buscado por toda la ciudad, pero Leyla no aparecía por ninguna parte. “¿Se ha perdido?” Kyle pasó entre la gente, los edificios y los árboles. “Si no es así, ¿se ha encontrado con un tipo malo?” Kyle quería enterrar todos los pensamientos negativos que se le habían pasado por la cabeza; ni siquiera quería considerar esa posibilidad. Fue entonces cuando la encontró. Leyla estaba delante de una fuente en la plaza del parque, al final de la calle de los museos, y lanzó dubitativamente una moneda hacia la estatua de la fuente. —¡Leyla! Sus ojos se dirigieron con naturalidad hacia la dirección de la voz que la llamaba por su nombre. —Uh, ¿Kyle? Leyla parecía desconcertada, como si no tuviera ni idea de que había asustado a alguien. —¿Qué haces aquí? Kyle se acercó a ella, apartándose el pelo empapado en sudor de la frente. —Kyle, ¿qué haces aquí? ¿Qué tal la preparación de tu examen? —¿Acaso importa ahora? De verdad... En serio, tú... Kyle le agarró el hombro. Tomó aire lentamente y lo soltó con un fuerte suspiro. No pasó mucho tiempo antes de que sus jadeos desalentadores se calmaran un poco. —¿Estás bien? ¿Quieres sentarte? /preguntó Leyla; sus ojos se clavaron en su rostro con preocupación. “¿A quién le importa quién ahora?” Kyle apretó las palmas de las manos calientes sobre el rostro de Leyla y lanzó un largo suspiro que sonó más como una risa lastimera. Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus ojos se habían hinchado y enrojecido un poco. —Leyla, ¿estás llorando? —No, no lloro. Leyla respondió a su pregunta con tanta prisa como si se hubiera quedado sin palabras, lo que sólo hizo que Kyle estuviera aún más seguro de que había estado llorando. —¿Por qué lloraste? —No lloré. —¿Quién te ha hecho llorar? —Nadie, no es nada de eso. /Leyla sonrió y apartó suavemente su mano. /—Yo sólo... eché un vistazo al museo. Di un paseo por el parque y pedí un deseo. —¿Un deseo? —Sí. Vi a todo el mundo hacerlo. Leyla señaló con el dedo hacia la fuente que había en medio del parque. La gente, muy sonriente, lanzaba monedas a la fuente y pedía deseos. —Yo también pedí un deseo para que entraras en la facultad de Medicina. —¿Seguro que lo has tirado con precisión? Kyle comenzó a reírse mientras señalaba el cuenco de agua que sostenía la estatua. Los gemidos de decepción de los que no habían conseguido echar sus monedas en el recipiente resonaron entre la multitud. —Claro que lo he conseguido. /dijo Leyla con una sonrisa orgullosa en la cara, /—se me da muy bien esto. —Lo sé, ya me lo imagino. —Ya es hora de cenar. ¿Tienes hambre? Vamos a pedir un deseo más antes de irnos. Leyla se dirigió hacia la fuente, con una brillante moneda de oro en la mano. Kyle, para su sorpresa, le pisó obedientemente los talones desde atrás. —¡Leyla! ¿En serio quieres tirar tus monedas de oro ahí? ¿A esa fuente? ¿Una tacaña como tú? En lugar de responder, Leyla lanzó la moneda con todas sus fuerzas. Por desgracia para ella, la moneda de oro golpeó el borde del cuenco y rebotó hacia otro lado. Jadeó y frunció el ceño, la consternación envolvió su rostro. —Leyla, ¿de verdad eres buena en esto? —¿Por qué no me crees? Acabo de lanzar todas mis monedas de un solo golpe. —¿Cuántas monedas de oro has tirado? /preguntó Kyle con una risita ante su hazaña que no era propia de ella en absoluto. —Bien. Como hoy ya he dado un gran donativo a la fuente de Ratz, echaré una moneda más. —¿Vas a tirar otra? ¡Ya basta! ¡No lo hagas! Kyle arrebató la moneda de las manos de Leyla, dejando que ella frunciera el ceño y arremetiera contra su mano, molesta. /—¡Hay que gastarla! —Puede que digas eso, pero ¿cuántas monedas de oro has echado ya ahí dentro? —Es el valor del dinero. —¿Hay dinero que haya que malgastar para nada como esto? —¡Lo hay! /chilló Layla. —¡Basta ya! No tires más dinero. Es un despilfarro. Si quieres despilfarrar dinero, vamos a tomar un helado. —Realmente te pareces a Leyla Lewellin cuando dices eso. —Da igual. /Kyle se encogió de hombros y volvió a guardarse la moneda en el bolsillo. /—Vámonos. Sabía que Leyla rechazaría su mano, pero aun así Kyle le tendió la suya. Leyla le dio una ligera palmada y tomó la delantera adelantándose un pequeño paso. Kyle se movía rápidamente para alcanzarla —Oye, ¿qué has deseado? —Deseé el bienestar y la felicidad del tío Bill. Luego que tú entraras en la universidad y te convirtieras en un buen médico. Y deseé ser un adulto decente. Esos son todos los deseos que tenía para nosotros. —Entonces, ¿cuál es el último? —¿Hmm? —El último deseo de tu intento fallido. —Eso es... El rostro de Leyla se agrió de repente. —Es un secreto. /Sacudió bruscamente la cabeza con disgusto y ensanchó el paso. Kyle se limitó a reír alegremente, con el rostro iluminado por el interés. —Vamos a comer algo delicioso, ¿bien? He estado corriendo frenéticamente buscándote y ahora me muero de hambre. *** El doctor Etman lanzó un suspiro antes de abrir la puerta del dormitorio. Cuando encendió la luz, vio que su mujer ya estaba tumbada en la cama. Llevaba así desde que Kyle y Leyla se habían marchado a Ratz para hacer los exámenes. —Querida, la cena está lista. Vamos. —No me hagas caso. Su voz sonaba gélida, lo que contrastaba con su deslucida apariencia. —Entiendo cómo te sientes, pero... —No. No lo entiendes. El generoso y benevolente Dr. Etman nunca lo entendería. Sus ojos ardían de ira. —Pero querida, a ti también te gusta Leyla, ¿no? —Sí. Lo sé. Leyla es una buena chica. Si no fuera por ti y por Kyle, me seguiría gustando. —Casarte con Kyle no cambiará a Leyla, querida. Es sólo que Kyle se casará con esa buena chica a la que ama de verdad. —Puedes pensar que soy una desorbitada, pero el matrimonio es una realidad. ¡Este matrimonio está degradando a nuestro hijo, y tú lo estás permitiendo! —Querida, el mundo seguirá cambiando. El estatus social de alguien pronto se convertirá en un valor anticuado. La Sra. Etman se recogió el pelo largo y suelto en un moño antes de levantarse de la cama. Se quedó mirando a su marido con cara de disgusto; no parecía precisamente alguien que llevara días pasando hambre. —En un mundo donde la gente vive, el estatus social no desaparece. Aunque el título ya no se use, algo más separará las clases sociales de la sociedad en el futuro. —Querido... —Y cualesquiera que sean las normas, el hecho de que Leyla no encaja bien en nuestro Kyle nunca cambiará. Jamás. Rematando la charla con esas amargas palabras, la señora Etman pasó junto a su marido. El doctor Etman observó la espalda de su esposa, que se había marchado hacia el jardín, y sonrió débilmente a la criada, que estaba de pie con cara de confusión. —Lo siento, señora Becker. Por favor, limpie la mesa. Con un suspiro, el doctor Etman siguió a su esposa al jardín sin luz a esas horas de la noche. [Traductor: V]