Princesa revolucionaria Eva

Capítulo 4

Mikael llevó el cuerpo de Eva a la cámara del emperador. Desde el centro del salón, una luz emanaba cautivadoradoramente desde un obelisco rojo hecho de un mineral único. La piedra filosofal–un artefacto alquímico todopoderoso que solo respondía ante aquellos que poseían sangre Hadelamída. Desesperado por un milagro, Mikael se acercó casi instintivamente hacia la piedra. Bajó a Eva suavemente, y dejó que su cabeza se posara sobre su regazo. Las ondas de luz roja se movían sobre ellos como plantas submarinas. Para un observador casual, Mikael y Eva podían simplemente ser un par de amantes descansando en un campo soleado, de tinte rojo. Mikael habló con un tono vacío. “Nunca permitiste que estuviera a tu lado…” Mikael se negó a comer y a beber agua durante tres días, jamás dejando el interior de la cámara del emperador. Uno de sus más devotos seguidores, preocupado por su salud, le pidió una audiencia dentro de la cámara. La magia de la cámara había detenido el paso del tiempo, evitando que el cuerpo de Eva se descompusiera. Mikael todavía tenía a Eva entre sus brazos cuando el jefe de su consejo de asesores vino a verle. Ella todavía se veía como si estuviera con vida. Antes de que el hombre pudiera decir siquiera una sola palabra, Mikael le ordenó. “Reúne a todos los magos y alquimistas del imperio. Alguien debe poder revivir a Eva. El dinero no es problema. No me importa lo que haya que hacer o el tiempo que tome.” “P… pero su majestad, no es posible revivir–” “La piedra filosofal hace que lo imposible se vuelva posible, ¿No es así? Oh, y por supuesto… Necesitaremos sangre imperial para poder utilizar su poder. Que me traigan a Rosenída inmediatamente. Le cortaré la cabeza y le quitaré hasta la última gota de su sangre.” “¡S… su majestad!” Los ojos morados de Mikael se estaban llenos de algo que cada vez se asemejaba más a la locura. El jefe de su consejo de asesores lo miraba horrorizado. “¡Le ruego que desista, su majestad! La octava princesa es el último miembro con vida de la familia Hadelamída. ¿No era acaso su plan, mantenerla con vida hasta que usted obtuviera el control total sobre la piedra filosofal?” “¿Por qué habría de hacer eso?” “¿Por qué…?” “Eva está muerta. ¿De qué me sirve la piedra filosofal–o el imperio todo–si ella ya no está aquí?” “¡...!” Mikael hablaba muy en serio. El hombre comenzó a darse cuenta que la obsesión de su señor con Eva era mucho más profunda de lo que nadie había imaginado. Hasta pensó que era posible que fuera esta princesa rebelde, Evianrosa, la que había motivado a Mikael a rebelarse en primer lugar. “Ya escuchaste mis órdenes.” Pronto, Rosenída fue llevada a la cámara del emperador, aprisionada en una jaula para animales. Estaba tan sucia y desaliñada que era difícil darse cuenta de su elevada posición. Ella lloraba mientras entraba en la habitación. “¡Todo esto es culpa de Evianrosa! ¡Esa niña me lo quitó todo! ¡Arruino mi única oportunidad de ser feliz! ¡Esto es tan injusto!” se lamentaba. Rosenída, el monstruo sin corazón que había envenenado a su propia hermana, no lloraba por arrepentimiento sino por autocompadecerse. Sus ojos llenos de lágrimas, destilaron veneno cuando vieron el cadáver de Eva. “¡Mikael! ¡Mikaelis Agnito! ¿Cómo…? ¿Cómo pudiste? ¿Te atreves a tenerla entre tus brazos en mi presencia? “...” Le gritó, “¡Quita a esa mujer de mi vista y ruega por mí perdón de rodillas! ¿Te das cuenta del enorme error que estás cometiendo? ¿Quién crees que hizo posible que te volvieras emperador? ¿Y de quien piensas que es este niño que llevo en mi vientre?” Pero en realidad, ya no había nada dentro del vientre de Rosenída. Después que la sacasen arrastrando de la celda de Eva, había hecho un enorme alboroto, moviéndose descontroladamente y demandando la atención de Mikael, hasta que cayó y se lastimó. La caída hizo que la semilla de homúnculo que llevaba dentro de sí, fuera destruida. Rosenída, perdida en su resentimiento, era la única que ignoraba esto. Gritó, “¡Tu hijo está dentro de mi vientre! ¡Yo estoy embarazada con tu hijo, no ella!”. Su voz se volvía cada vez más ronca. “...” Mikael se rehusaba a contestarle. No había ninguna calidez en sus ojos. Rosenída fue amordazada y la depositaron en un rincón de la habitación. La cámara del emperador quedó en silencio, ahora solo ocupada por el emperador homúnculo, un cadáver que no descomponía, y una antigua princesa imperial enloquecida por los celos. * En menos de una hora, se pusieron anuncios en todo el reino, reclutando a todos los magos y alquimistas aptos. Multitudes de ellos llegaron a palacio, atraídos por la posibilidad de hacer lo imposible–devolverle la vida a alguien que estaba muerto. La mayoría en realidad, tenía motivos ocultos, como el poder saquear los archivos imperiales de conocimiento mágico y alquímico, o acceder al poder de la piedra filosofal, que la familia imperial había controlado de manera estricta. La única persona que parecía tener un interés genuino era una misteriosa alquimista que ocultaba la mayor parte de su rostro detrás de una máscara de búho. Se refería a sí misma como la “Sabia del Bosque de las Píceas”. Mikael se dirigió a ella. “Me han dicho que sabes de un método para devolverle la vida a Eva.” “Su majestad, a riesgo de incurrir en su enojo, debo informarle que devolverle la vida a un muerto no es lo que usted imagina–en el mejor de los casos, tan solo tendrá una muñeca que respira. El alma de la séptima princesa ya se ha separado de su cuerpo y se ha fragmentado. Está fuera de las posibilidades de la magia y de la alquimia, reunir esos fragmentos y ligarlos nuevamente a su cuerpo. La resurrección que usted desea, su majestad, es en efecto imposible.” “Así que no me ofreces nada distinto que los otros idiotas que vinieron a verme. ¿Has venido simplemente a malgastar mi tiempo?” “No, su majestad. Me gustaría sugerirle una opción diferente.” “¿Y cuál sería esa opción?” “Volver el tiempo atrás.” La mención de una nueva posibilidad, le devolvió la luz a los ojos muertos de Mikael. “¿Es eso posible?” “Por supuesto. Pero el costo es enorme. Consumirá la mitad de la piedra filosofal.” “No me importa el costo.” dijo firmemente Mikael. La alquimista inclinó su cabeza. “Entonces comenzaré con los preparativos, su majestad.” A la Sabia del Bosque de las Píceas le tomó una semana entera dibujar su círculo alquímico dentro de la cámara del emperador. Al comienzo rellenó el suelo con sus diseños, luego los muros, y eventualmente el techo. Cuando finalmente terminó, el ritual estaba listo para ser realizado. “Ah, su majestad,” dijo súbitamente la alquimista, posando una mano sobre la piedra filosofal. “Olvidé mencionarle un aspecto importante de este ritual. Como sabe, la magia y la alquimia que estamos por efectuar sacrificará la mitad de la piedra filosofal. Como la piedra está ligada a la sangre de la casa Hadelamída, el eje central de la manipulación será la línea temporal de la séptima princesa–no la suya.” “¡...!” No se debe confiar nunca en alguien que esconde su rostro detrás de una máscara. Mencionar justo ahora que Eva sería la única enviada al pasado… La alquimista lo había engañado. Recibir esta información justo cuando el ritual estaba por comenzar, dejó estupefacto a Mikael. Pero recuperó la compostura y dijo con calma, “¿Quieres decir que no podré seguirla hasta el pasado, pero ella podrá encontrarme nuevamente en su propia línea temporal?” “Si, es correcto.” “¿Y qué pasa si con esta segunda oportunidad vuelve a rechazarme, volviendo a llevarme a la desesperación y a tomar tan estúpidas decisiones?” “Eso no puedo saberlo, su majestad.” Mikael prontamente, llegó a una decisión. “No me importa. Procede con la ceremonia.” “Si, su majestad.” Mikael sostuvo estrechamente a Eva en sus brazos mientras que la alquimista evocaba los conjuros que activarían su círculo mágico. Él sabía que esta podía ser la última vez que la tuviera en sus brazos, su corazón dolía de solo pensarlo. Mikael acercó sus labios a los de Eva hasta que casi se tocaron. Le susurró, “Eva, cuando vuelvas a estar viva, elígeme o mátame–no puedo vivir de ninguna otra manera.” Mientras pronunciaba estas últimas palabras, una niebla roja llenó su visión. Era el milagroso poder de la piedra filosofal, lapis philosophorum. Traductor: Johnnie Matchlock Proofreader: Melinoe INVICTUS