
Princesa revolucionaria Eva
Capítulo 8
“Ya veo.” No era normal convocar a un caballero homúnculo en específico para ser escoltada al palacio principal. Todavía no lo ha seleccionado como su caballero personal, pero ya está haciendo que realize pequeñas tareas personales. Debe gustarle mucho. Quizás fue hasta la misma Rosita que le dio la información a esa revista de chismes. Mientras Eva consideraba esto, Silvestiano dio un paso adelante e hizo una reverencia. “¿Cómo se encuentra usted, su alteza?” “No es necesario tanto decoro. Puede levantar la cabeza.” Aunque Silvestiano se encontraba actualmente siendo el centro de la atención de Rosenída, ella lo abandonaría trágicamente en tan solo unos años. Eva no se sentía bien al recordar esto. “Sir Milardo, he escuchado mucho sobre usted. Es usted muy talentoso con la espada al igual que con la magia, ¿no es así? No tengo dudas de que es uno de los mejores caballeros del reino, y que cuidará excelentemente a quien quiera que termine sirviendo. Espero sinceramente que encuentre a un buen señor o señora.” “...” A pesar de que había pocas esperanzas de que se pudiera cambiar su desdichado destino, Eva le dijo las palabras más amables en que podía pensar. Sin embargo, Silvestiano no respondió. Eva se cuestionó si quizás se había excedido en sus halagos. Levemente avergonzada, le preguntó, “Em, ¿Sir Millardo?” “Le ruego disculpe mis malos modales, su alteza. Sus amables cumplidos me dejaron sin palabras por un momento.” “Pero a menudo escucha tales comentarios, ¿no es así?” “Al verme por primera vez los miembros de la familia imperial, sólo comentan sobre mi cabello plateado.” “Ah.” Eva asintió comprensivamente. Rosenída, por otro lado, hizo una mueca. Claramente ella había sido uno de esos miembros de la familia imperial. “Oh, hm, ya veo.” “Si…” Cuando el tema de la conversación era algo bochornoso o avergonzante para una persona, era cortés evitar mirarla directamente, así que Eva mantuvo sus ojos sobre el rostro inexpresivo de Silvestiano durante un silencioso e incómodo momento antes de volverse hacia Rosenída. “Llegaremos tarde, Rosita. Dirijamonos al palacio.” “Si, hermana.” dijo Rosenída en un tono ligeramente bajo. Eva estaba bastante segura del porqué. Dejaron que el caballero las guiara mientras que el resto de sus sirvientes las seguían por detrás. Eva y Rosenída caminaban lado a lado por un sendero de mármol, manteniendo una cierta distancia de sus acompañantes. Por casualidad, mientras avanzaban, el césped a ambos lados del sendero estaba siendo regado. Dispositivos golem habían sido colocados a través del jardín, diseñados para verse como estatuas corrientes. Cuando se les proveía de maná, los golems rociaban agua en todas direcciones. Los así llamados “golems aspersores”, eran creados utilizando magia y alquimia, y se los consideraba como tecnología de vanguardia. Recibían su energía de piedras mágicas, y automáticamente regaban el jardín en intervalos predeterminados. Los chorros de agua también creaban bonitos arcoíris. Más allá de los golems aspersores, existían otros incontables diseños de golems, creados para la comodidad del imperio. La alquimia y la magia eran una parte esencial de la vida diaria. De hecho, la mayoría de las personas veían al palacio imperial como la meca de la alquimia. Sus pasos hacían eco en el mármol mientras caminaban. Aproximadamente a la mitad del recorrido hacia el palacio, Rosenída comenzó a quejarse. “Ugh, el palacio está tan lejos. ¿No podemos simplemente teletransportarnos hasta ahí? Tu eres maga, después de todo.” “La magia de ataque y las teletransportaciones sin autorización están prohibidas en el palacio imperial.” Respondió Eva. “Pero somos princesas.” princesas.” “Si, y somos princesas del emperador, ¿no es así?” emperador “Hmph… pero, ¿qué tal si nos teletransportamos a algún lugar donde nadie nos vea?” “Golems de vigilancia observan cada rincón del palacio.” Dijo Eva, apuntando al cielo. Golems con la forma de pequeños renacuajos color gris plateado flotaban en el aire por encima de sus cabezas. Eran una versión modificada de los “golems guardianes” que a veces los alquimistas tenían de mascota. Su deber era vigilar el palacio entero. Eso debería haber sido razón suficiente, pero Rosenída siguió insistiéndole a Eva que las teletransportase hasta su destino. ¿Y por qué no aprendes magia tú misma? Las palabras estaban en la punta de la lengua de Eva. Pero por supuesto, si de hecho las pronunciaba, probablemente terminaría mañana en la portada del Tiempo de Hadelún con algún escandaloso titular como: “Princesa altanera mancilla a la rosa blanca del imperio”. Mantener la paciencia requirió un gran esfuerzo, y mientras, la caminata parecía durar para siempre. Al llegar al palacio, Eva finalmente se vio libre de los quejidos de Rosenída. Al palacio propiamente dicho, se le conocía como Palacio de la Gracia Real. Una vista familiar para las princesas, este gran salón había sido construido para ser supremamente imponente y elegante, una representación física de la grandeza del emperador. “¡Finalmente llegamos! Volveré pronto, Silvestiano.” “Si, su alteza.” Solo se permitía ingresar al salón central del palacio principal a ciertos sirvientes específicos y a los caballeros personales. En lugar de permitirle volver a sus deberes, Rosenída haría que Silvestiano quedara esperando de pie por ella. Uno de los caballeros homúnculo que estaba de guardia se les acercó y respetuosamente les dijo, “La tercera princesa, el cuarto príncipe, y el quinto príncipe ya han arribado.” “Debemos apresurarnos, entonces. ¿Dónde se llevará a cabo el saludo en el día de hoy?” “En el Salón Esmeralda, en el séptimo piso.” El palacio imperial tenía la forma de una torre extremadamente alta, la cual era posible gracias a elaborados métodos de construcción que utilizaban magia y alquimia avanzadas. Existían escaleras en espiral que cubrían todos los distintos niveles, pero Eva no se dirigió hacia ellas. Siguiendo al guardia que las recibió en la puerta, se dirigió a una plataforma circular en el centro del salón. Circuitos de maná cobraron vida, y levantaron a la plataforma en el aire. Subió por varios niveles, hasta depositar a dos princesas y tres sirvientas en el séptimo piso. Magnificas puertas de color verde se abrieron a su paso. Eva respiró hondo. Se sentía como una guerrera dirigiéndose a la batalla. Aquí vamos. Como su nombre lo sugería, el Salón Esmeralda era una habitación altamente ornamentada donde el color verde figuraba en cada rincón. Como era de esperarse, Brígida, Rubéns e Icalio ya se encontraban ahí. Como los saludos matinales con el emperador eran a la hora del té, estaban sentados en una mesa que había sido preparada para la ocasión. Por supuesto, el orden de los asientos dependía del orden de sucesión. Los ojos de Eva se dirigieron hacia la persona sentada en el segundo asiento más importante, justo al lado del emperador. Allí estaba sentada una mujer de cabello rubio platino, trenzado y arreglado hacia arriba; usaba un elegante vestido camisola hecho de seda blanca, acentuado con adornos azules. Brígida era de una belleza fría pero distinguida. Una firme candidata a convertirse en princesa heredera, el emperador ya le había asignado varios proyectos administrativos en la capital. A pesar de que Brígida ciertamente se encontraba ocupada con sus responsabilidades políticas, siempre hacía tiempo para mantener su apariencia. Brígida, yo siempre te admire por eso. Creí que lo harías bien como princesa heredera… oh hermana, ¿cómo pudiste arruinar así a nuestro país? Por supuesto, no obtendría respuesta. Eva dejó a un lado estos pensamientos e hincó levemente sus rodillas en reverencia. “Saludos, hermana, hermanos. Confío en que se encuentren bien.” “¡Bri, Rubéns, Ica, buenos días!” saludó radiante Rosenída, usando los apodos de Brígida e Icalio. Como el emperador todavía no había llegado, Brígida era la persona de más alta posición en el orden sucesorio, así que tenía el derecho de responder a los saludos. “Ambas, tomad asiento.” dijo. “Gracias.” Tan pronto se sentaron, Rubéns e Icalio comenzaron a hablar animadamente, pero por supuesto, dirigiéndose sólo hacia Rosenída. “¡Ah! ¡Rosita! ¡Hace tanto tiempo que no nos veíamos!” “¡Te he echado de menos, Rosita!” Si bien Rosenída no poseía mucha influencia política dentro de la familia imperial, era adorada por todos dentro del palacio. Ganó su popularidad gracias a una consistente exposición en las revistas de chismes y a una imagen pública muy cuidada; en realidad, a su modo, tenía una cantidad significativa de influencia. Los dos príncipes estaban decididos a quedar bien parados frente a Rosenída. “La rosa blanca del imperio está muy colorida el día de hoy. En ese vestido, te ves como una hermosa flor.” “Ah, Rosita, las hojas y el césped del jardín imperial solo están ahí para magnificar tú floreciente belleza natural.” “¡Oh, y no solo las plantas del jardín! ¡Fíjate en todo este verdor que nos rodea en el Salón Esmeralda! ¡Todo lo verde aquí, existe solo para acentuar tú encanto!” Rubens e Icalio levantaban sus voces a medidas que declaraban sus halagos. Sus comentarios escondían sutiles ofensas hacia Eva. No solo estaban hablando del verde papel tapiz y la decoración del Salón Esmeralda que acentuaban la belleza de Rosenída, ellos también se referían sarcásticamente al color del cabello de Eva, que estaba sentada al lado de Rosenída. Los miembros de la familia imperial tenían el cabello rubio platino o miel, pero el cabello rubio de Eva tenia un toque de color verde lima. Cuando las personas desairaban a Eva, a menudo mencionaban el color de su cabello, diciendo que esto era evidencia de que ella no era de sangre imperial pura, o que nunca podría compararse con verdaderas bellezas como Rosenída o las otras princesas. Esto era lo que hacían los dos príncipes ahora, aprovechando el tono verdoso del cabello de Eva para poder alabar a Rosenída. Mira las cosas que dicen. Eva no reaccionó. En este momento, tenía oponentes mucho más poderosos en los cuales enfocarse; Brígida y Rosenída. Después de un minuto, las puertas del Salón Esmeralda se abrieron. “¡Su majestad, el emperador, ha arribado!” Los príncipes y las princesas se levantaron de sus asientos. Un hombre de mediana edad, de brillante cabello rubio platino peinado hacia atrás, entró al salón seguido por un enorme séquito de guardias y sirvientes. La vista recordaba a un pavo real arrastrando sus plumas detrás de sí. Desmondo II, ahora a mediados de sus cincuenta años, era una figura tan imponente que a primera vista parecía más bien ser un guerrero que un alquimista. Padre… Tan pronto comenzó el golpe de estado, su padre había sido el primero en morir. La luz de sus ojos ámbar se oscureció al recordarlo. Interiormente, le gritó, ¡Oh, padre! ¡Tuviste tantos hijos! ¿Por qué de entre todos ellos tuviste que elegir a Bri para que fuera la futura emperatriz? ¡Muchas cosas estaban saliendo bien durante tu reinado, pero ella deshizo toda tu labor y nos trajo la ruina. Traductor: Johnnie Matchlock Proofreader: Melinoe INVICTUS Traductor: Johnnie Matchlock Proofreader: Melinoe INVICTUS